18 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El deber de Fenster y el nuestro

3 de octubre de 2010

Se pueden ver las exhibiciones en los museos del país que promueven la memoria histórica; leer la novela Los Ejércitos, de Evelio Rosero; o ver la obra de teatro “El Deber de Fenster”, de Humberto Dorado y Matías Maldonado, en la sede original del Teatro Nacional, en Bogotá. Merece el viaje a la capital y debería presentarse en todas la ciudades, para que la gente se enorgullezca del talento teatral colombiano y se avergüence de lo que le ocurre aquí a quien no puede defenderse.
El deber de Fenster es divulgar, veinte años después, los repugnantes detalles de la masacre de Trujillo, Valle, para que la gente no escude su indiferencia en la ignorancia de crímenes impunes como este. El deber nuestro es reaccionar a estas revelaciones y promover o apoyar acciones políticas encaminadas a impedir que continúen repitiéndose estos hechos, castigar ejemplarmente a los protagonistas y compensar el daño a las víctimas.
Como estas atrocidades ocurrieron mayoritariamente en el campo, y la mayoría de las víctimas han sido familias humildes, dos de las leyes propuestas por el gobierno al Congreso, la de víctimas y la de tierras, así como el Plan Siembra, son adecuadas para resarcir parcialmente a la población campesina por lo que ha soportado. Está plenamente justificada, por razones morales, como lo estaría también un programa más amplio de reforma agraria. Pero la justificación de estos programas no es sólo ética.
Estas reformas tendrían sentido económico aun si no tuvieran este valor moral y no fueran aplicadas para reparar o resarcir parcialmente lo perdido. Su principal justificación es económica. Usar tierra de ganadería extensiva para que familias campesinas produzcan comida y bienes exportables es poner a producir mejor a un factor escaso, la tierra, y emplear otro que está subutilizado
El campesino mediano y aún el pequeño, empoderados y con mercado, crédito y asistencia técnica adecuados, producirán más eficientemente que la gran plantación. Esto no ocurre en el caso de la caña de azúcar o de la mayoría de los cereales, pero sí para muchos productos tropicales como la palma de aceite, el cacao o el caucho, por ejemplo, o los árboles frutales.
Estas afirmaciones contradicen los argumentos usuales de que se necesitan grandes plantaciones para aprovechar las economías de escala. Es válido en ciertos casos, como ya se señaló. En otros, son eficientes las dos formas de producción. Está claro que no se puede generalizar y que la agricultura comercial no es la única forma de hacer rodar la locomotora agropecuaria.
Antes de la contrarreforma agraria se gestaba una clase media agropecuaria exitosa. La restitución de tierras, los cambios que se proponen del uso de la tierra y programas de promoción de la producción campesina, son indispensables para restablecer esa clase media rural e imponer formas de producción eficientes a cargo de familias campesinas. Ese es un camino que debemos recorrer, por razones de justicia y de eficiencia.