25 de octubre de 2021
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Aranzazu: Nostalgias del ayer

14 de octubre de 2010
14 de octubre de 2010

Estas festividades que han dejado hondas huellas en el alma Nacional y en el corazón de los Aranzacitas, por el calor humano de sus gentes y la belleza de sus mujeres, que son en todo su esplendor, el bello paisaje de admiración, amor y poesía;  empezaron a celebrarse por la década de los años cincuenta, con una interrupción de más de 20 años.  
Quienes nos encontramos ya en la cumbre de nuestras vidas, y ubicados en el mirador de nuestra ya lejana juventud, las miramos a través de los binóculos del tiempo y la distancia, para recordarlas con denodado regocijo. Ellas y nuestro pueblo, son la estación en nuestras noches de desvelo y quisiéramos retroceder el reloj biológico de nuestra existencia, para volver a vivirlas y disfrutarlas como un verdadero manjar de los dioses de antaño, pero, que solamente se aparecen haciéndonos piruetas y cabriolas en las limitaciones del tiempo y del espacio.    
Regresar a nuestra tierra para disfrutar de las tradicionales fiestas de la cabuya, es reencontrarnos cincuenta años atrás, con los más deliciosos tesoros de nuestra niñez y  adolescencia, en ellas están grabados un conjunto de historias y leyendas que han mantenido viva la actividad cultural, cívica y social de nuestro pueblo. Fueron años en que las jornadas cívicas se ejercían con pundonor y prestancia, sin mirar atisbos politiqueros y rencillas personalizadas. En ese pueblo de antaño que aún se conserva en nuestra memoria, para el presente y la posteridad, se ha despertado en los últimos tiempos las eras de la modernidad y la ciencia tecnológica, pero, bien vale la pena guardarlos como un tesoro y almacenarlos como referencia para presentes y futuras generaciones.
Como no recordar las hermosas carrozas engalanadas con nuestras reinas, que a decir verdad, eran mujeres primorosas, las cuales empezaban a cultivar su aspiración con el visto bueno de sus padres desde comienzos de año, bajo la batuta del inolvidable Aníbal Salazar Soto y Tomás Botero Peláez. Recordemos, como por el año de 1.956, se celebró con verdadero derroche de señorío y belleza, el reinado interdepartamental del Norte de Caldas, el cual fue ganado por la hermosa representante de Aguadas.  
En toda esquina y en cada calle, nos parece reencontrarnos con la figura patriarcal de nuestros antepasados. Pero también, todos sus sitios están engalanados con el recuerdo de la conquista de nuestras bellas y tímidas quinceañeras, que solo se dejaban coger la mano, con la  vigilancia de la presunta suegra, que resguardada detrás de una puerta  nos miraba con ojo inquisidor, y al mínimo intento de propinarle el primer un beso a nuestra enamorada, recibíamos tremenda reprimenda, furiosa nos tiraba la puerta en las narices, so pena de tenerle que confesar al cura los intentos de nuestros  desvaríos pecaminosos a tan temprana edad.   
Como no hacer reminiscencias también de las 37 veredas que conforman su comarca rural, todas ellas habitadas por gentes pacíficas, honradas, trabajadoras y hospitalarias. Es hermoso visitarlas y descubrir en cada rostro de los campesinos, la imagen ya lejana de nuestros antepasados. Todas las veredas en su conjunto son un remanso de paz y de ejemplo para Colombia; cada una de ellas, son  una estación del cielo en los confines de la tierra.
Nuestro pueblo goza de un embrujo, que, se siente y se percibe a la distancia, sus hijos son querendones de él; desde cualquier lugar del mundo donde se encuentran le rinden tributo de admiración y de grandeza. Cuando la voz del clarín suena para la convocatoria a obras de desarrollo comunitario, siempre se manifiestan con holgura y desprendimiento.
Aranzazu, con su inmenso y valioso recurso humano, debería ser  una fuente en constante y permanente de desarrollo. Lamentablemente esto no se ha dado. Hemos visto emigrar aranzacitas, que después de llevar varios años anclados en la penumbra del la inactividad laboral, logran salir a cosechar triunfos profesionales, como industriales, comerciantes y expertos en todo tipo de actividades, con una facilidad que estremece a todos los mortales de la tierra.
Una vez hablando con algún comerciante extranjero, muy conocedor de la idiosincrasia Aranzacita me lanzó tan lacónica sentencia: “Sí quereís salir de los rezagos de vuestro mercado, acudid a un Aranzacita, venden hasta lo que no tienen y cuando terminan, continúan vendiendo, con la seguridad que les lloverá mercancía de todas partes”

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