27 de octubre de 2021
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Religión y convivencia

12 de septiembre de 2010

-Casi dos mil kilómetros al norte, en pleno corazón de Manhattan, el Imam de los Sufistas Feisal Abdul Rauf anuncia su intención de construir la mezquita Park 51 a 180 metros de donde estuvieron las Torres Gemelas. Y otra vez, del presidente Obama para abajo, todo mundo ha tomado partido en este caso.
Esas controversias no son tan frívolas ni tan hipócritas como dicen algunos de nuestros “analistas”. Por el contrario, y precisamente porque se trata de dilemas simbólicos, estas historias develan lo más hondo de una sociedad de veras pluralista y donde los valores y principios de la ética se toman muy en serio.

En el caso de la mezquita el valor en cuestión es evidente: el Imam Abdul tiene todo el derecho a construirla porque la Constitución inequívocamente garantiza la libertad de cultos y porque esta libertad es consustancial al pluralismo. La derecha y, más aun, la mayoría de los neoyorquinos- opinan sin embargo que levantar un templo musulmán en ese sitio es profanar la memoria de las víctimas del 11 de septiembre. Tal ha sido la ira que el propio Obama, ex profesor de derecho constitucional y que al principio defendió al Imam, optó por sugerir que el proyecto se cancele por consideraciones “de prudencia”.

Esa sería una triste concesión al populismo y la ignorancia. Sería aceptar que el Islam es terrorista o que los 1.300 millones de musulmanes son militantes de Al Qaeda; con esta lógica tendría que prohibirse la construcción de iglesias por el recuerdo de la Inquisición o de la Noche de San Bartolomé y la de sinagogas por las masacres de Sabla y Chatila.

Sería además ignorar los motivos de la acción, que en la ética de la modernidad (por lo menos en Kant) son esenciales para juzgar una conducta: el Imam no está tratando de ofender a nadie (de hecho es un promotor reconocido de la tolerancia y el ecumenismo) y su argumento es todo lo contrario del odio que resuma el reverendo Jones.

Al pastor Jones le asiste el derecho a la libre expresión que igualmente consagra la Constitución y que también es connatural al pluralismo. “Quemar libros” -dice Jones- “no es un delito, y no es asesinar a alguien, como hicieron los islamistas”. Un liberal tipo Obama podría haber replicado que esa quema sin embargo es “imprudente” porque propicia los crímenes de odio (hate crimes) contra los musulmanes en Estados Unidos.

Esta sería la otra ética de la modernidad, la de sopesar las consecuencias (no simplemente los motivos) de las acciones humanas. Es la ética de Bentham y es sumamente respetable, en especial cuando se trata de los actos de un jefe de Estado. Sucede sin embargo que Obama optó por el consecuencialismo, pero en la versión que lo hace menos ético: la de medir las consecuencias que el acto tenga… para uno mismo y para sus amigos.

Obama, Clinton, Gates y el general Petraeus han condenado la quema de El Corán, no porque siembre odio contra los musulmanes, sino porque los terroristas musulmanes la usarán como pretexto para reclutar adeptos, ejecutar más atentados y “asesinar” más soldados en Iraq y Afganistán.

Jones ha propuesto cancelar la quema si el Imam desiste de la mezquita: sería aceptar que ambos actos tienen el mismo valor moral, que odiar y rezarle a Dios son la misma cosa. Donald Trump ha propuesto otro trueque: comprar el lote de Manhattan por el 125% de su precio original; esta es la ética del pragmatismo, la de creer, como diría Oscar Wilde, que los hombres no tienen valores sino precios.

Y la fuerza de Estados Unidos consiste en que las decisiones grandes o pequeñas se debaten a la luz de la ética.

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