25 de octubre de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

«No hay silencio que no termine»

29 de septiembre de 2010

De tanto folletín publicado  con avidez comercial sobre el drama del secuestro, solo dos publicaciones tienen emocionante dimensión: “Años de Silencio” de Oscar Tulio Lizcano y éste de Ingrid Betancourt.

Conocemos un corto periplo de esta excandidata presidencial. Luego de haber ocupado asesorías importantes  en la administración pública, buscó su ingreso al parlamento. Consiguió la Cámara repartiendo condones en la ciudad de Bogotá. La Iglesia capitalina despotricó en su contra en todos los púlpitos por las implicaciones de orden religioso de ese mensaje electoral. Ya elegida,  promovió una publicitada huelga de hambre. Posteriormente llegó al senado. Allí adelantó una serie de debates contra la corrupción que crisparon los sentimientos éticos de los colombianos. Ella es agria en la presentación de sus argumentos, despectiva y mordaz, sabe destrozar al adversario, amén de ser una eficaz oradora. Esos antecedentes singulares le permitieron lanzarse en busca de la presidencia. Cuando cumplía un compromiso con sus seguidores de San Vicente del Caguán, fue secuestrada por el grupo irregular. Sufrió un errátil martirologio por cerca de siete años.

El libro hace una desalmada radiografía  de la subversión. Descubre cómo los cautivos reciben una alimentación de piaras, los hacinan como cosas que se amontonan, duermen a la intemperie sobre terrenos cenagosos, desprotegidos de los diluvios,  se cobijan con remiendos de plásticos, recorren travesías  por semanas o por meses, en una movilidad desesperante. Acosada la guerrilla  permanentemente  por las fuerzas militares, no puede afincarse en sitio alguno. Sus comandantes  son ignorantes, rudos y déspotas con los plagiados a quienes encierran  en reducidos e insufribles  espacios, cercados con  alambre de púa.                 

Asi como Lizcano, lindando en la demencia, estrangulado  por el silencio, convirtió en alumnos unas matas de rascaderas a las que diariamente les dictaba un curso de economía, cuenta Betancourt que Luis Eladio Pérez  “había pasado dos años  hablándole , como un loco, a un perro, a los árboles , a los espíritus”.

Sentimentalmente hay un retablo de contrapuestas emociones. Desde un comienzo  hasta el final de la obra aflora la mala química con Clara Rojas, quien había sido su fórmula vicepresidencial. Nunca se entendieron absolutamente en nada, y surge su amiga como un ser estéril e insensible, antipática e inabordable. Jamás menciona el nombre de quien en ese momento era su esposo. Adivina el lector una profunda relación con Pérez, su tierno y solícito enfermero y su compinche en las fugas. Sin embargo, aparece  relegado de su corazón  en los últimos capítulos por el gringo Marc  Gonsalves quien aparentemente lo desplaza, desliz amoroso que poco perduró. Es enternecedor  el proclamado  cariño por su madre; su estampa surge en todos los capítulos como paliativo en su insondable desventura.

  Dramática es la historia sobre la hostilidad envidiosa y agresiva  entre los mismos confinados.  Guerrean por todo. Cada uno defiende con las uñas su microespacio, muchos se arrodillan ante los carceleros buscando harinas de complacencia, se forman bandos que se enfrentan, se pellizcan y se insultan en un carnavalesco aquelarre de odios. Hacen melodramas por un confite. En la conscripción humana de la Farc, muy pocos saben leer y escribir, y es el hambre el imán de tanto bisoño que cae en las redes  de la subversión.  

Es excelente el trabajo literario de Ingrid Betancourt. Enfoca recuerdos penumbrosos, todos desoladores, con afortunada brillantez.Experta en el manejo de los diálogos, con divagadoras introspecciones, capaz de autoanalizarse con objetividad, lírica en las descripciones de los encerramientos selváticos. La historia  es apasionante, con plácido estilo descriptivo, y una aplaudida habilidad para rumiar evocaciones dolorosas.

Muchos quieren cobrarle a Betancourt la desafortunada demanda contra la nación, promoviendo un boicot contra su libro. Se equivocan.  Es imposible enclaustrar la inteligencia.