20 de octubre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Ocho mil voces del silencio

16 de septiembre de 2010
16 de septiembre de 2010

Al conocimiento del número de regiones afectadas y del número también de cementerios donde reposan los esqueletos de los compatriotas desmembrados, con tiros de gracia en la sien, o en la base del cerebro, con ene puñaladas; unos imberbes, es decir empezando a vivir, otros labriegos que solo hablaban el lenguaje del campo y la naturaleza, trabajadores sin descanso, paradigmas del cumplimiento llueva, truene o relampaguee; mujeres llenas de encanto y bondad, sencillas, obedientes y luciendo quizás dentro de su vientre otro ser que no pudo nacer; hombres guapos que aún obedecían el canto de las campanas de las iglesias; hombres militares con la disciplina propia para acatar y hacer cumplir la ley  y defender la Patria, a quienes oralmente llamamos héroes, de esta misma Patria. El cuadro es dramático, pero real. Faltan las víctimas de los sonados y repugnantes falsos positivos, aún en proceso de esclarecimiento.
Con el permiso debido, surge de inmediato la tristeza, los recuerdos oscuros, las lágrimas, los sollozos de las familias abandonadas a su suerte. Surge espontáneamente el rechazo, la ira, ligada a la impotencia frente a ellos y sus dolientes. Hay dolor y vergüenza ciudadana, pena ajena. Dice el alma: no hay derecho a tanta insolidaridad e indiferencia. Ellos ya se fueron y los que quedamos qué…Seguimos sumidos en el silencio cohonestador y por lo tanto cobarde y ruin.
A la manera de un consuelo parcial a este impacto humano, más no sentimental o demagógico, o llorón como los tangos y las canciones que no dicen nada, recorrí con ansias a los muchos escritores de LAS VOCES DEL SILENCIO. Unos abordan la filosofía de los duelos, la sicología infantil, la pedagogía de los mismos duelos, y las técnicas del lenguaje y la comunicación alternativa. En otros encontré normas y técnicas y avances científicos sobre la voz y el silencio y hasta poetas y sociólogos, invocando la manera de superar las tragedias. Ciertamente fue solo un consuelo parcial, porque la tragedia y el desconsuelo y desconcierto siguen latentes. En muchos cementerios, convertidos por la ignominia de un ser humano cualquiera, en fosas comunes, hay ocho mil colombianos sin identificar. Están convertidos en cosas, estorbos. En muertos inútiles, en otro tipo de desechables. Ya no importan a nadie.
Renuncio con vehemencia a saber la localización del, o de los cementerios, no me interesa, y con la angustia de un ciudadano conmovido, por las fosas comunes, que los desnaturalizados guerrilleros y criminales  han sembrado con sevicia al igual que las bombas antipersonales en lugares inhóspitos y con la esquizofrenia y conducta antisocial en sitios relativamente centrales de nuestras ciudades, reclamo acción, determinación y eficiencia por parte del gobierno nacional para acabar pronto con la maldita estadística de los NN, que integran además el grupo insondable de familias colombianas sumidas en la Voces del Silencio.  Se brinda la impresión de un total desprendimiento por el mal y la tragedia del otro, bajo un criterio tan vacio y tan yermo como aceptar que: mientras no sea conmigo, o con mi familia, poco me importa. Allá ellos. Qué frialdad y qué desesperanza. Nos llegó la hora de asumir una posición de acompañamiento, de solidaridad práctica denunciando con valentía tantos despropósitos criminales. No olviden esta invocación; esta invitación ciudadana, para que las voces del silencio se conviertan al menos en reclamos y denuncias que generen la condena drástica a estas descomposiciones sociales de hoy, porque somos mucho más los buenos que los malos. Pero lo que más duele, es el silencio y la pasividad de los buenos, frente a los asesinos de la guerrilla y el narcotráfico. Basta ya.