7 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Contra la pared

6 de septiembre de 2010

Me quedé mirando una foto de hierros retorcidos, y pensé que los terroristas debían estar celebrando esa primera página que difundía su triunfo. En efecto, la prensa no ha podido ignorarlos, la sociedad tampoco.

Al día siguiente la noticia apareció macabra: en la frontera se habían encontrado 72 cadáveres de migrantes. Eran personas de cinco nacionalidades distintas, campesinos y trabajadores desempleados que habían entrado clandestinos. Las fotos de ese reguero de cadáveres son acusadoras: ¿quién los asesinó?, ¿por qué?, ¿cómo?, ¿fusilamiento? ¿ráfagas de ametralladora?, ¿los mataron en el mismo lugar?,

¿Por grupos? Las preguntas se acumulan porque el hecho es difícil de comprender y de imaginar. Mientras el tema promueve polémicas y comentarios, los asesinos no han interrumpido su actividad y han asesinado dos alcaldes, es la noticia que leo en la mañana siguiente. No se trata solo del ajuste de cuentas a funcionarios que se negaron a acatar sus órdenes, es la notificación a esas comunidades y a todo el país: en adelante nos obedecen, o se mueren. Así marcan territorio para que, finalmente, no se mueva una sola hoja en esa región sin que ellos lo permitan. Es la notificación que llega a lectores con esta noticia, porque los medios se atropellan para decirla de primeros.

Después vendrá la noticia de la balacera en Veracruz. Como en cualquier película de televisión, de esas de policías y ladrones, los seis muertos quedaron tendidos en la calle; sólo que no son disparos de salva, sino de verdad, y los muertos, muertos están después del enconado tiroteo.

No había terminado uno de leer los detalles de ese episodio, cuando las fanfarrias del extra en la radio y en la televisión, anunciaron la noticia que coparía los titulares de la prensa mejicana al día siguiente: la policía había atrapado a La Barbie, el alias de un capo rico y sanguinario.

Los periodistas que acudieron en masa a la presentación del delincuente, encontraron la sonrisa de oreja a oreja de los policías que celebraban su triunfo; también registraron la sonrisa de La Barbie y no pudieron ponerse de acuerdo para responder: ¿por qué sonreía el delincuente?, ¿desprecio?, ¿nerviosismo? ¿cinismo?, ¿porque ya tenía todo arreglado?

Aparte de esas preguntas, la prensa mejicana ha comenzado a preocuparse. Los propios periodistas se han convertido en protagonistas de las noticias sobre ellos, como secuestrados, amenazados o asesinados.

Necesitan afrontar la amenaza unidos, y ni en el pasado ni en el presente han sabido hacerlo, no disponen de una asociación gremial fuerte. Tienen titulares, noticias y fotografías de alto contenido noticioso, pero ¿cómo publicarlos sin hacer daño?, ¿cómo aprovechar ese material para motivar a la sociedad y para unirla?

Algunos de los periodistas han muerto, otros han sido secuestrados, o están desaparecidos, pero comprueban que ninguno tiene seguro de vida, y pocos cuentan con el apoyo de sus medios.

Cuando las redacciones entran en ese estado de trance que provoca la aparición de la noticia, ¿por qué es más común que la orden sea cubrirla para ganarle a la competencia, y no para informar pensando en la mayor utilidad para una sociedad amenazada?

Entre unos y otros, estos hechos y estas preguntas están dejando la certeza de que hay una crisis y, por tanto, una oportunidad para conocer las debilidades y para emprender los cambios que la sociedad y el periodismo, puestos contra la pared, necesitan con urgencia. El Heraldo.