14 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Apuesta ganada

5 de septiembre de 2010

Es más, prudentes administradores habían aprovechado la bonanza de Cusiana-Cupiagua para sanear su pasivo pensional, lastre de cuando unos pocos chantajearon a sus compatriotas durante décadas.

En el 2003 se dio otro pasito. A Ecopetrol se la relevó de disponer a su arbitrio de los hidrocarburos. Dejó de ser juez y parte, con derecho a reservarse indefinidamente enormes territorios potencialmente productivos, tal como habían hecho en otros tiempos las grandes empresas concesionarias. Se convirtió, además, en sociedad anónima, muy bien capitalizada (demasiado, dijeron algunos), aunque todavía con todo su haber en cabeza del Estado.

Siguieron años de hacer la tarea, de ser juiciosos y sobre todo de tener el coraje para doblegar el chantaje. Sus no siempre diáfanas relaciones con la subversión debilitaron a la dirigencia sindical de Ecopetrol en tiempos de la Seguridad Democrática. La combinación de inteligente firmeza y una huelga imprudente desembocaron en que la USO perdiera su pelaje de oso monstruo.

Faltaba el puntillazo. Era indispensable reconocer que ninguna empresa de envergadura realiza su potencial con el Estado resoplándole en la oreja. Mientras el presupuesto de Ecopetrol estuviese sujeto a que tecnócratas decidieran en segunda instancia cuántos tornillos se adquirían al año, la buena gestión daba apenas para vegetar en paz. Además, había que destetar el crédito para el desarrollo de Ecopetrol, con su recurso petrolero bancable, de las deudas soberanas de la Nación. No hay compañía que consiga prosperar si sus fuentes compiten directamente con salud y educación.

En el 2007, después de un agrio debate parlamentario, donde los ideologismos sucumbieron ante lo práctico, el Estado ofreció el 10,1% de sus acciones en Ecopetrol a los colombianos. Era la cuantía mínima para que la empresa adquiriera autonomía de decisión, reglas de juego estables y gobernabilidad interna. Se recibió una respuesta de mercado como nunca antes. Medio millón de colombianos consignó sus ahorritos a Ecopetrol, entraña de su entraña. Refrescante fenómeno de democratización de la propiedad que sigue teniendo repercusiones.

Liberta y en buenas manos, Ecopetrol ha pasado de tunjo hierático a inquieta iguana, y de ser un símbolo nacional con resultados muy por debajo de su potencial a motor de bienestar. Y para los muchos que creyeron y arriesgaron, las bolsas de Bogotá y de Toronto les dicen que Ecopetrol vale hoy, convertible en dinero contante y sonante, más del doble de lo que valía hace tres años. Nada mal.

Las cifras soportan las valoraciones: 50% más de producción de hidrocarburos propios (sin descubrir nada nuevo) y extraordinarios resultados financieros (ayudaditos por el precio del petróleo). El Estado ha sido el primer beneficiario. Nunca se soñó recibir tanto más en impuesto a la renta y dividendos con solo soltar el 10,1% de su propiedad. Milagrosa multiplicación.

No hay que intoxicarse. Las claves siguen siendo estabilidad de dirección y decisiones racionales de negocios (creyendo en sí mismos y sin tanta consultoría para que diga lo mismo que ya se sabe). En tiempos de Don Sancho Jimeno, el valeroso defensor de Cartagena contra los franceses en 1697, languidecieron las flotas de los galeones. El pesado guantelete de un Estado garoso con su tendencia a todo controlar por considerarse amo absoluto las asfixió. En Ecopetrol mejor no menear. El Heraldo.