17 de octubre de 2021
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80.000 metros cúbicos borran ilusiones de vida

29 de septiembre de 2010
29 de septiembre de 2010

Un alud de 80 mil metros cúbicos que el lunes a las 3:30 de la tarde se vino desde la montaña hacia la carretera al Mar, en la vereda El Tambo, del corregimiento Manglar, municipio de Giraldo, cubrió su endeble cuerpo de si acaso 40 kilos de peso.

Marlon Adrián cursa sexto grado en el colegio Santa Rosa de Lima y desde muy pequeño ha sido todo voluntad.

"Él, cuando no está estudiando, le ayuda a su papá en el campo, es activo y juicioso", dijo su tía María del Carmen Higuita mientras observaba la inmensa mole de lodo y piedras, a simple vista impenetrable para los rescatistas y aún muy peligrosa.

Su padre, Otoniel Campo, de 39 años, ayer no quiso hablar con los medios de comunicación, pues sabía que las palabras se le iban a quedar entrecortadas y prefirió tragarse su silencio y su dolor. Su esposa, Luz Mary Higuita, con dos meses de embarazo y otros dos hijos de 9 y 5 años, no resistió tanto dolor y víctima de un desmayo, fue conducida al hospital de Giraldo, donde le prestaron auxilio.

Este niño, a quien le gustaba montar en bicicleta y ayudar a los demás, se convirtió en el símbolo de esta tragedia, en la que las esperanzas de vida, según los rescatistas, son mínimas por la magnitud del alud y por el tiempo transcurrido desde que ocurrió, el lunes a las 3:30 de la tarde.

Más héroes, cero vida
Pero la del lunes fue una tarde de héroes. Otro de ellos y que también está sepultado es Darío José Babilonia, conductor de una buseta de Confort Express que viajaba de Apartadó a Medellín, quien por ayudar a sus pasajeros a hacer un trasbordo también recibió sobre su cuerpo la mole de 80 mil metros cúbicos.

Miller Benítez, su esposa, certificó que en la buseta viajaban diez personas, que algunas lograron pasar al otro lado del derrumbe, donde los recibía otra buseta enviada desde Medellín, de la que incluso pasaron 4 pasajeros a la de Babilonia. Pero siete de ellas no alcanzaron la meta (ver recuadro).

"La última vez que hablé con él fue a las 2:00 de la tarde, estaba en el derrumbe ayudando a pasar los pasajeros, cuando lo cogió el alud iba con maletas de pasajeros, hasta le alcanzaron a gritar que no pasara, pero ya fue tarde", narró Miller, que queda con seis hijos (3 de ella y 3 de su esposo) huérfanos.

Otra historia triste es la de Cindy Ramos, una universitaria de 19 años que viajaba de Chigorodó a Medellín, donde trabajaba como conductora del Metro. Ayer su familia se hizo presente en la zona de la tragedia esperando noticias positivas, pero el pesimismo de los organismos de socorro es grande, ya que el derrumbe abarca más de 200 metros y es demasiada la tierra que cayó sobre la vía, la sobrepasó y fue a dar hasta una cañada que atraviesa Giraldo.

Estos malos augurios y la magnitud del deslizamiento también diezmaron las esperanzas de Ángela Patricia Meléndez, hija de Miriam Salinas Ramos, una señora de 54 años que viajaba a Medellín a una revisión médica. Ella iba acompañada de Rosiris Quesada, una amiga suya de 40 años residente en Cartagena y quien el domingo anterior llegó a pasar vacaciones con Miriam en Apartadó.

"Se fueron felices, con mucho ánimo, pero vea cómo es el destino", conceptuó la joven, de unos 23 años.

Fátima Úsuga, trabajadora social de Giraldo, confirmó que de su localidad el único desaparecido es el niño Marlon Adrián Campo. Añadió que cuatro casas que fueron sepultadas por el alud habían sido desalojadas por sus familias hacía unas semanas, por el peligro inminente.

"Esas familias están ubicadas donde vecinos y familiares y estamos a la espera de que Acción Social nos llegue con las ayudas para reubicarlas", confirmó. En estas casas fue que las personas que hacían el trasbordo se refugiaron cuando la tierra se vino, pero la dimensión del alud no respetó muros, techos ni columnas y en segundos lo taponó todo.

Para muchos campesinos, esta tragedia estaba anunciada hacía tres años. De hecho, varias familias de la parte alta de la montaña ya habían sido reubicadas. Y las de la vía ya habían desalojado.

Pero fue imposible para las autoridades luchar contra la impaciencia de los que quisieron trasbordar, ya que venían con dos días acumulados de cansancio, pues el primer derrumbe cayó el sábado en la tarde y el domingo se vino el segundo. El lunes, muchos no aguantaron más la espera y decidieron cruzar, a pesar de que la montaña acechaba, parecía rugir agazapada. Unos cuantos lo lograron. Pero a cerca de veinte o treinta los devoró la tierra. Y la esperanza de que bajo el lodo y las rocas haya vida es casi nula. Mejor dicho, está perdida.