8 de mayo de 2021
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Yamil Bajaire

1 de agosto de 2010

Su legado en ambas disciplinas se prolonga en cuatro de sus ocho hijos y en los servicios de dos laboratorios que día tras día asisten a muchos cartageneros necesitados.
Bajaire fue un hombre orgulloso de su claustro, la Universidad de Cartagena, en el que se formó, y un difusor generoso de la ciencia de sus maestros. No se cansaba de ponderarlos y poner por encima de sus dobleces y defectos lo que daban de sí en los consultorios y en la cátedra. Al juzgarlos olvidaba el rigor de ellos en las clases y en las pruebas académicas (época de indecibles exigencias al estudiantado), o el apasionamiento con que reñían al competir en el entonces cómodo mercado laboral de la ciudad.
Mucho más acá de sus profesores en el tiempo, destacó como una manifestación de superioridad de nuestra gente y nuestra región el tratado de Parasitología que escribió Alfonso Bonilla Naar, uno de sus contemporáneos, más conocido después como cirujano y como poeta, en momentos en que en las facultades de medicina de América Latina circulaban los libros o las conferencias de parasitólogos norteamericanos o europeos mimados por las editoriales científicas de Argentina, México y Chile.
Sin invadir la jurisdicción de los médicos que remitían a su laboratorio el análisis de la sangre, la orina o las heces de sus pacientes, Bajaire no economizó consejos para éstos si le planteaban alguna preocupación sobre los resultados que él suscribía después de su tarea microscópica. Lo hacía sin egoísmos y con sobrada sensibilidad, pensando ante todo en las expectativas y angustias del enfermo. Al final, no faltaba la precavida salvedad: “Tu especialista dirá la última palabra”. Si el caso era de cuidado, llamaba al colega para abundar en detalles sobre el estado real de la patología advertida.
Impresionaba mucho a sus pacientes –fui testigo de varios casos– la sencillez con que Yamil les describía situaciones tan complejas sobre problemas morfológicos, genéticos y bioquímicos generados por las bacterias, sin omitir el lenguaje común y corriente, haciendo gala de la pedagogía que tanto utilizó con sus discípulos en el departamento que dirigió en la facultad de Medicina por más de una década, y suavizando, en lo posible, el mensaje de dolor de un mal grave o incurable.
A su señorío no le faltó nada de lo privativo de su raza y sus ancestros. En su personalidad brillaron las virtudes milenarias del solar y la estirpe paternos y la discreta tenacidad de la orientación materna. No era raro sorprenderlo incubando inquietudes y proyectando sueños a los 85 años, con el optimismo de un adolescente y los bríos de un realizador. Me conmovió, por eso, escucharlo, doblegado por los traumas de la caída, con la voz ahogada y la respiración fatigosa, diciendo que su lenta agonía anunciaba ya el final de los latidos.
Bajaire rindió su jornada honrando la nobleza humana. El Universal.

*Columnista y profesor universitario