9 de mayo de 2021
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El discurso de Santos desde diferentes ángulos

8 de agosto de 2010
8 de agosto de 2010

REVISTA SEMANA

Si un extranjero que hubiera venido a Colombia antes de la primera vuelta y hubiera leído la prensa regresara ahora y leyera esos mismos medios, no podría creer que se estuviera hablando de la misma persona. El Juan Manuel Santos del mes de abril, para los jóvenes de la ola verde, era un hombre sin escrúpulos, obsesionado con el poder a cualquier costo, asociado con 'falsos positivos' y dispuesto a recibir a cualquier aliado, por hampón que fuera, con tal de armar una maquinaria para frenar el fervor del voto independiente representado por Antanas Mockus.

Hoy, viendo la televisión y leyendo esa misma prensa, Santos parecería ser el hombre que no comete un solo error; el estadista internacional que se codea con todos los jefes de Estado, no solo de Latinoamérica sino del primer mundo. Su llegada al poder inspira tanta confianza que la comunidad financiera internacional está haciendo cola para invertir en Colombia. Su capacidad de convocatoria es tan grande que vinieron 15 mandatarios, incluido el presidente de la lejana Georgia, quien atravesó medio planeta para darle un abrazo.

En cuanto a su equipo de gobierno, el nuevo Presidente es el hombre que se rodea de los mejores talentos del país teniendo en cuenta exclusivamente el interés público y sin importar si han sido sus detractores o adversarios. En su gabinete no hay cuotas políticas de ninguna clase y mucho menos del Congreso. Y en cuanto a la polarización que vivía el país tanto a nivel nacional como internacional, esta parece haber desparecido de la noche a la mañana el 7 de agosto.

¿Cómo logró el nuevo Presidente este milagro en 45 días? Hay varias estrategias. Lo primero que hay que decir es que Santos, en los dos meses de campaña, dejó de ser Santos para posicionarse como el heredero de Uribe. Jugó el papel de número dos a la perfección actuando con humildad, haciéndose llamar Juan Manuel y untándose de pueblo. Una vez dueño de ese bloque electoral, volvió a ser el Santos de siempre y eso ha gustado mucho y le ha servido para conquistar a los que no querían a Uribe. Eso tenía que suceder tarde o temprano porque la verdad es que hay pocas personas tan diferentes a Álvaro Uribe Vélez como Juan Manuel Santos Calderón. Y la enorme diferencia entre esos dos productos es la que le ha fascinado al pueblo colombiano en los días de la transición presidencial. Los que adoraban la cercanía campechana de Uribe ahora admiran la distancia de estadista de Santos. Y las mayorías que consideraban al Presidente saliente irremplazable están ahora felices de que haya sido reemplazado.

Santos cambió el estilo, cambió la agenda y cambió el tono. En cuanto a lo primero, Uribe era una fuerza de la naturaleza espontánea con un magnetismo personal casi automático. Santos es un estratega del manejo de imagen que ha construido a pulso su propio carisma. Del cuento que no tenía mucho de este atributo, ha pasado a ser percibido como el hombre indispensable para el momento.

Desde el mismo día de su elección, Santos empezó a soltar, gota a gota, señales de cambio. Un día hablaba de gobernar con transparencia y de que su gobierno estaría como en "una urna de cristal"; otro día hablaba de rendición de cuentas, que es un concepto muy mockusiano, y luego enumeraba el decálogo de buen gobierno, que es la bandera santista por excelencia. También garantizó no utilizar información privilegiada a favor de su propio beneficio. Y finalmente aseguró que nunca utilizaría el espejo retrovisor con el gobierno de Uribe, aunque todos los puntos anteriores tenían que ser interpretados por el Presidente saliente precisamente como eso. Los frecuentes y elocuentísimos elogios que el nuevo Presidente le hace a su antecesor -llegó a llamarlo el segundo Libertador- solo neutralizan en parte estas gotas frías.

En cuanto a la agenda, los mensajes enviados antes de su posesión y su discurso en la Plaza de Bolívar muestran un viraje contundente frente a la última década. La seguridad democrática, que todo el mundo anticipa va a ser muy bien cuidada, dejó de ser prioritaria para dar paso a la solución de los problemas sociales y económicos, cuyo rezago fue el costo de las victorias militares de la era Uribe.

Su discurso de posesión mostró un talante de liberalismo tradicional muy distante del de centro-derecha que caracterizó al gobierno de Uribe y con el cual se identificaba al nuevo Presidente. Se les midió a temas espinosos cuya solución real requiere pisar muchos callos. En esta categoría estarían la redistribución de la tierra, el régimen de regalías, la estructura del ordenamiento territorial y la desigualdad. No dejó de sorprender que Juan Manuel Santos, cuya imagen en el pasado era asociada a clubes sociales y Anapoima, incluyera frases como "la tierra debe volver a los campesinos, a los que de verdad la trabajan con vocación y sudor". De cierta forma su discurso evocaba el espíritu y los valores sociales de épocas pasadas como la Revolución en Marcha de los años 30.

El cambio no ha sido solo de agenda sino de tono. Y esto era muy necesario dada la polarización que se estaba viviendo. Este cambio de tono se ha traducido en que las cortes y personas como Gustavo Petro y Hugo Chávez ven en Colombia el comienzo de una nueva era de reconciliación. La Unidad Nacional habría dejado de ser un eslogan para convertirse en una realidad.

Colombia se prepara, por lo tanto, para lo que Juan Manuel Santos denominó en su discurso "un nuevo amanecer". La mayoría de colombianos sienten que termina un ciclo de ocho años de un buen mandato y que comienza otro igual o mejor que puede durar otros dos cuatrenios. Si eso llega a cumplirse, Colombia podría contar con el privilegio no muy frecuente en el tercer mundo de 16 años de buen gobierno.

Santos, presidente de Colombia: cuando ser falso es positivo

Fuente: César Jerez/Agencia Prensa Rural

Colombia va a estar gobernada por el representante de una de las familias oligarcas más poderosas e influyentes de “la patria”. El país en los últimos ocho años había estado presidido por un latifundista y caballista, miembro emergente de la clase media ganadera relacionada con el narcotráfico, razón fundamental por la cual a Uribe las grandes familias “mojigatas” del país nunca le han terminado por considerar uno de los suyos.

Juan Manuel "is different", es un “hijo bien”, educado en el exterior, economista en Harvard y Londres, su tío abuelo fue presidente y fundador del diario El Tiempo. Juan Manuel fue subdirector y columnista de esta casa editorial, ahora asociada al grupo Planeta de Barcelona.

En su discurso como nuevo presidente electo le dio a conocer al país que el tiempo le había alcanzado para formarse como cadete en la marina, e hizo alarde ante sus “colegas” de las operaciones más contundentes contra las FARC. Cómo todos los presidentes de Colombia, desde hace 45 años, Santos anunció el fin de esta guerrilla, ofreciendo más contundencia militar: “los seguiremos enfrentando con toda la firmeza, con toda la dureza… a las Farc se les agotó el tiempo”, sentenció.

En la realidad real, más que un estratega militar, Santos ha sido un camaleón político, no tiene problema con los colores y las lealtades, experto en oportunismos y en amamantarse del poder estatal, durante su vida ha sido liberal, conservador y uribista. Fue representante de la Federación Nacional de Cafeteros en Europa, cuando el café era todavía sinónimo de riqueza y poder político en Colombia. Ministro de Comercio Exterior con Gaviria, en el mismo inicio de la apertura económica neoliberal, cuando se empezó a feriar las empresas y los recursos del país a cambio de coimas para la clase política. Ministro de Hacienda y Crédito Público con Pastrana, en pleno auge neoliberal y Ministro de Defensa en el gobierno de Uribe, en la era del plomo, con las arcas militares llenas con el 30 % del presupuesto nacional y los 6.000 millones de dólares del Plan Colombia.

Cualquiera diría que Santos es un hombre con suerte, pero la verdad es que su futuro estaba predestinado, se iba a “caer para arriba”, como suelen referirse acá a las carreras siempre ascendentes de los eternos usufructuarios del poder en Colombia, dolorosa constatación de que en esta sociedad ser malo, corrupto, matón o mafioso, siempre funciona.

Su faceta conspirativa apenas se conoce. En el 2007 el narcotraficante y paramilitar Salvatore Mancuso declaró que Santos en 1997 había planeado derrocar al entonces presidente Samper para establecer un alto al fuego con los grupos guerrilleros y reestructurar el Estado. Mancuso versionó de manera extensa los nexos de Juan Manuel y su primo Francisco Santos, el actual vicepresidente, con los grupos paramilitares.

Tal vez el talón de Aquiles judicial que podría empapelar en el futuro a Santos, lo representan los numerosos casos de ejecuciones extrajudiciales de civiles durante su gestión como Ministro de Defensa del gobierno de Uribe.

Tanto Uribe como Santos se han escudado en la destitución de un importante número de oficiales y de soldados vinculados con los asesinatos, para evadir su responsabilidad, pero la verdad es que prácticamente no hay autores materiales e intelectuales condenados.

Por el contrario, la visceral reacción de Uribe por la reciente condena a 30 años de cárcel del coronel Plazas Vega, por la desaparición forzada de personas en el Palacio de Justicia, hace ver que el manto de impunidad seguirá amparando a los violadores de derechos humanos mientras la actual élite continúe administrando el poder en Colombia.

El hecho de que uno de los gestores de los llamados “falsos positivos” sea el presidente electo de Colombia, representa el fondo descompuesto de la crisis moral de la sociedad colombiana promovida desde las instituciones del Estado.

Paradójicamente, mientras 9 millones de colombianos votaban por Santos y este anunciaba más guerra, 12 policías y soldados morían en combates y enfrentamientos con la guerrilla. Nadie le puso nombre propio a esos muertos. No importaba. El proyecto de Santos y de su antecesor es un proyecto de fosas comunes y de tumbas, un gansteril negocio de muerte que gobierna en Bogotá y en las localidades y regiones de Colombia.

Colombia, en la era del optimismo

Juan Manuel Santos asume la presidencia con un respaldo del 75%.- La lucha contra el paro y la informalidad laboral, prioridades del nuevo Gobierno

MAITE RICO – Madrid, EL PAÍS

El presidente saliente más popular de la historia reciente de Colombia entregó este sábado por la noche (hora española) el testigo al presidente entrante más votado en medio siglo . Ambos, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos, comparten un respaldo que ronda el 75%. El primero, por una gestión que en ocho años sacó a Colombia de la lista negra de los Estados fallidos, rescatándola de los grupos armados y el narcotráfico y convirtiéndola en una de las economías emergentes más vigorosas. El segundo, porque diezmó, como ministro de Defensa, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la todopoderosa guerrilla que llegó a dominar la mitad del territorio.

Santos, de 58 años, arrolló en los comicios del pasado 20 de junio como abanderado del legado uribista. Eso sí, en versión mejorada: este economista y abogado, reconocido estratega, ha dejado claro que gobernará a su modo , alejado del estilo beligerante de su antecesor y poniendo el énfasis en la consolidación del crecimiento, el combate al desempleo y a la corrupción y el fortalecimiento institucional. Quizás por eso Colombia respira un inusitado clima de optimismo, que comparte el 52% de la población, 10 puntos más que hace seis meses.

Las esperanzas puestas en Santos son enormes. Varios factores juegan a su favor. El primero es la solidez de su mandato. El nuevo presidente cuenta con el apoyo de un 80% del Congreso, lo que le garantiza la vía libre a sus iniciativas. El pacto de unidad nacional que ha suscrito con los cinco principales partidos le va a permitir establecer con los legisladores "una relación institucional", alejada de los enjuagues clientelistas que marcaron el mandato de Uribe y sus antecesores.

Los vientos de la economía, además, son de nuevo propicios , tras dos años de ralentización a causa de la crisis mundial. La expectativa de crecimiento para este año llega al 5,5%, impulsado por el aumento de la producción de hidrocarburos y las exportaciones, que el pasado semestre crecieron un 24%. "El inmenso logro de Uribe fue recuperar la seguridad del país y, con ella, la confianza en los negocios. En su etapa se sentaron las bases para un desarrollo sólido", señala el economista Mauricio Reina. La inversión extranjera pasó del 12% al 28% del PIB. El crecimiento se disparó, alcanzado el 8% en 2007. Pero los retos, apunta Reina, no son menores. "El mercado doméstico no se ha consolidado, tenemos el mayor desempleo de América Latina (12%) y un 52% de informalidad".

Ahí es donde Santos va a centrar su gestión. "Nuestra revolución social será la formalización de la economía y la creación de empleo", dice Juan Carlos Echeverry, flamante ministro de Economía. Los proyectos ya están listos, e incluyen ayudas fiscales y programas de capacitación para la pequeña empresa. El combate a la pobreza (45% de la población), el elevado déficit fiscal (4,5% del PIB), el impulso a las infraestructuras y una ley sobre la tenencia de la tierra son también prioridades del nuevo Gobierno.

Por lo pronto, el Gabinete ha recibido el visto bueno de los analistas, que hablan de un "equipo de lujo". Frente a las prácticas de Uribe, un "microgestor" que asumía todas las responsabilidades y opacaba a sus ministros, Santos tiene un carácter mucho más ejecutivo: es un gerente al que le gusta rodearse de los mejores y delegar. Sus ministros tienen en general un perfil técnico y son reconocidos expertos en sus áreas.

Otro reto inmediato son las conflictivas relaciones con el presidente venezolano, Hugo Chávez, a quien Uribe acaba de denunciar ante la Corte Penal Internacional por dar cobijo y apoyo a las FARC. La maniobra, que algunos han querido ver como un intento del presidente saliente de boicotear los esfuerzos reconciliadores de su sucesor, estaba en realidad consensuada con Santos. Uribe ha hecho el "trabajo sucio" para que él, ahora, pueda iniciar un acercamiento con el vecino y socio comercial sobre bases claras: no puede haber borrón y cuenta nueva. Aunque el nuevo presidente no piensa ceder ni un ápice en el combate a la narcoguerrilla, ya ha anunciado que uno de sus "propósitos fundamentales" será restablecer las relaciones con Venezuela y Ecuador.

el Nuevo Herald
Estados Unidos

Santos: "La palabra guerra no está en mi diccionario"

Bogotá

El nuevo presidente de Colombia Juan Manuel Santos afirmó el sábado durante su discurso de investidura que una de sus prioridades será reconstruir las relaciones con Venezuela y Ecuador, mientras no cerró la puerta al diálogo con las guerrillas colombianas, pero sólo si éstas se someten a la ley y renuncian a las armas.

"Así como no reconozco enemigos en la política nacional, tampoco lo hago en ningún gobierno extranjero'', afirmó en su discurso Santos y subrayó: "la palabra guerra no está en mi diccionario cuando pienso en las relaciones de Colombia con sus vecinos o con cualquier nación del planeta''.

En un discurso de 50 minutos, interrumpido más de una docena de veces por aplausos, Santos dedicó buena parte del mensaje a destacar su compromiso por reducir la pobreza y el desempleo, y por mejorar la calidad de vida de los colombianos, tradicionalmente descritos como parte de las razones para el largo conflicto armado interno, que data de los años 60.

El nuevo mandatario, un economista de 58 años, incluso dedicó partes de su discurso a tratar temas que Colombia casi siempre ha debido soslayar precisamente por ese conflicto: la necesidad de ayudar a países como Haití, sumergido en la pobreza y devastación tras el terremoto del 12 de enero.

Con un tono de voz pausado y un discurso que delineó una agenda cuyos temas van desde la educación hasta el medio ambiente, Santos marcó diferencias con su antecesor, Alvaro Uribe, con un lenguaje más simple y concentrado en sus ocho años de colaboración con el gobierno (2002-2006/2006-2010), combatiendo a las guerrillas, a las que efectivamente hizo retroceder a remotos puntos del país.

Fue precisamente bajo la gestión de Santos como ministro de Defensa (2006-2009) que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) recibieron sus más duros golpes, catapultando a Santos a su candidatura presidencial en nombre del oficialista Partido Social de Unidad Nacional (Partido de la U).

Y ya sin la presión de tener a grupos rebeldes en las afueras de grandes ciudades, Santos, quien gobernará en el cuatrienio del 2010 al 2014, pareció más centrado en las raíces de los problemas, desde la economía hasta el uso y propiedad de las tierras.

No dejó, sin embargo, de mencionar a Uribe, al que calificó de un dirigente ‘‘genial'' e "irrepetible'' provocando una salva de aplausos de pie de los asistentes, entre ellos los mandatarios de más de una docena de países de la región, desde el de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, hasta el mexicano, Felipe Calderón.

"Uno de mis propósitos fundamentales como presidente será reconstruir las relaciones con Venezuela y Ecuador'', aseguró Santos en su discurso desde un podio colocado en la escalinatas del Congreso y de frente a la céntrica Plaza de Bolívar.

Tras meses de gestiones, Colombia y Ecuador designaron a fines del año pasado encargados de negocios, tras la ruptura de relaciones por parte de Quito en el 2008 por un ataque de fuerzas colombianas a suelo ecuatoriano para eliminar un campamento de la guerrilla, lo que Quito ha considerado una violación a su soberanía.

En un gesto de que esas relaciones con Quito irían camino al restablecimiento, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, quien no visitaba Colombia desde octubre del 2007, llegó el sábado para tomar parte en los actos de posesión.

Venezuela rompió relaciones con Colombia el pasado 22 de julio, molesta por las denuncias hechas aquel día por Bogotá ante la Organización de los Estados Americanos (OEA), de que en territorio venezolano se encontraban jefes de las FARC y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) con el visto bueno de las autoridades de la vecina nación, que lo negó.

Aunque el gran ausente fue el presidente venezolano Hugo Chávez, sí llegó en la jornada su canciller Nicolás Maduro.

"Les agradezco a tantas personas de buena voluntad que se han ofrecido a mediar en la situación con Venezuela, pero debo decir honestamente que, dadas las circunstancias y mi forma de ser, prefiero el diálogo franco y directo'', añadió.

"Y ojalá sea lo más pronto posible'', agregó en medio de aplausos.

Sobre el tema de buscar la paz con la insurgencia a través de diálogos, Santos reiteró su mensaje de la campaña electoral: las conversaciones son posibles, pero sólo si los rebeldes deponen las armas.

"La puerta del diálogo no está cerrada con llave'', subrayó.

A los grupos armados ilegales "que invocan razones políticas y hoy hablan otra vez de diálogo y negociación, les digo que mi gobierno estará abierto a cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa''.

Pero "eso sí, insisto, sobre premisas inalterables: la renuncia a las armas, al secuestro, al narcotráfico, a la extorsión, a la intimidación'', sentenció.

El nuevo mandatario colombiano, quien tiene una larga carrera política, habiendo sido ministro de Comercio Exterior, Hacienda y Defensa, fue juramentado una hora antes por el jefe del Senado. Más tarde el mandatario saludó a su familia, sentada al otro lado de los asientos de las autoridades en las escalinatas del Congreso: la primera dama María Clemencia Rodríguez y sus tres hijos, Martín, de 21 años; María Antonia, de 19 y Esteban, de 16.

El Espectador
Editorial

Transición democrática

PODRÍA SER OCASIÓN HOY PARA HAcer un balance de los ocho años de gobierno de Álvaro Uribe, que ayer llegaron a su fin, tanto para celebrar el indiscutible cumplimiento del mandato de autoridad que recibió de los colombianos en dos ocasiones y el corolario que la recuperación de la seguridad trajo consigo en términos de inversión y crecimiento económico, como para debatir los discretos avances en la reducción de la desigualdad, el desempleo, la corrupción o la violación de los derechos humanos.
 

Se podría también entrar a analizar la propuesta programática del recién juramentado presidente Juan Manuel Santos y en particular el alcance del gobierno de unidad nacional que ha planteado desarrollar, así como el papel que desempeñará la oposición con este esquema. Tan importante sería celebrar los vientos de distensión que se anuncian en la relación con los vecinos, y en específico con la hermana República de Venezuela, gracias a las gestiones previas de la canciller María Ángela Holguín, o la relación armónica que se plantea con la Rama Judicial y que ya comentábamos en este espacio hace una semana.

Se podría incluso disertar sobre esa frase que soltó el presidente Santos esta semana a su antecesor —“a veces podemos diferir en la forma de llegar”— para analizar si estamos solamente ante un cambio de estilo más bien accesorio en la manera de gobernar, o si dicho cambio de estilo implica de por sí un quiebre de fondo en las políticas que desde hoy se comenzarán a desarrollar. La presencia de un equipo de gobierno de larga trayectoria e incluyente en lo político podría marcar la pauta de esa diferencia en la continuidad de unas políticas.

Pero más allá de los balances y las expectativas, de las emotivas imágenes de la ceremonia de ayer, la nutrida y significativa presencia internacional o el ritual protocolario de rigor, lo cierto es que la transmisión del mando que tuvo lugar ayer en Colombia tiene un enorme significado que supera los análisis sobre políticas y legados. Porque aunque la transición democrática parezca un asunto normal en un Estado de Derecho, casi de trámite, el proceso que nos trajo en Colombia a este momento no lo fue. Y eso hace que este cambio de mando se constituya en un mojón de fortaleza institucional hacia el futuro.

Ciertamente, una buena parte de los colombianos —alrededor de un 82%, dicen los últimos estudios de opinión pública— sintieron tristeza con la partida de Álvaro Uribe ayer, incluso a pesar de que el presidente Santos haya llegado al poder sobre la cresta de su popularidad y con una promesa de continuidad. Pero incluso ellos deben saber valorar en todo su sentido la importancia de la transición democrática, lo productivo que resulta refrescar los liderazgos y los mensajes, lo crucial que resulta eludir los caudillismos.

Es en la alternación del poder, así sea para continuar el mismo rumbo, donde las políticas se enriquecen. La prolongación de un mismo liderazgo en el tiempo llama al encierro, a no incorporar la crítica y la revisión, a casarse con lo que se ha hecho, a impedir correcciones sobre la marcha. Y, peor aún y sí que lo vivimos, a cerrar los círculos, ver amenazas donde no las hay, abrir espacio a las influencias complacientes, estirar la ley.

El agradecimiento de los unos y el reproche de los otros al gobierno que se ha ido seguirán el destino que la historia les marque. Lo importante es que, de manera pacífica y madura, el país tramitó la amenaza, que en su momento fue latente, de caer en el enceguecido panorama de una tiranía de las mayorías. La transición democrática ha llegado y de aquí en adelante jugamos con las reglas de la democracia nuestro destino. Dimos ejemplo de madurez institucional y eso hay que celebrarlo.

Asumió Juan Manuel Santos presidencia de Colombia

El mandatario aseguró que el respeto y la diplomacia serán uno de los ejes principales de su mandato. El restablecimiento de las relaciones con Venezuela y Ecuador estará en su agenda

Juventud Rebelde
Cuba

BOGOTÁ, agosto 7.— Con un discurso lleno de promesas para construir un camino hacia una sociedad colombiana más próspera, equitativa y justa, asumió este sábado la presidencia de Colombia el economista y periodista Juan Manuel Santos, para el período 2010-2014.

El que ya se convirtió en quincuagésimo noveno mandatario colombiano, hizo el juramento en una tarde lluviosa ante el presidente del Senado, el oficialista Armando Benedetti, quien le impuso la banda presidencial en una ceremonia en la Plaza de Bolívar de Bogotá ante unos 5 000 invitados.

Acto seguido, el nuevo mandatario tomó juramento al ex dirigente sindical Angelino Garzón como su vicepresidente, y posteriormente pronunció su primer discurso a la nación, en el que explicó que su Gobierno impulsará un acuerdo de unidad nacional, con el fin de tener una democracia vigorosa y una economía próspera.

«No vamos a defraudar a los pobres», sentenció en la ceremonia, transmitida en vivo por Telesur.

Se refirió además a los altos índices de desempleo que hoy azotan al país, y aseguró que una de las líneas de trabajo de su gobierno será «la generación de prosperidad social a través de la creación de trabajo», y con ello, reducir la pobreza.

En otro momento, y en referencia implícita a las Fuerzas Armadas Colombianas (FARC), el también ex ministro de Defensa ofreció a los grupos insurgentes un diálogo condicionado, pero apostilló que «es posible una Colombia sin guerrillas, lo vamos a demostrar por la razón o por la fuerza».

El respeto y la diplomacia serán uno de los ejes principales de su Gobierno, según aseguró. En ese sentido apuntó que uno de sus propósitos en materia de relaciones internacionales es reconstruir los vínculos con Ecuador y Venezuela, para superar las tensiones de los últimos tiempos.

«Dadas las circunstancias, prefiero un diálogo franco, directo y dentro de un marco de respeto mutuo, y ojalá sea lo más pronto posible», subrayó el nuevo jefe de la Casa de Nariño, al tiempo que agradeció a los países que se ofrecieron para mediar en el conflicto.

Enfatizó además su deseo de vivir en paz con los vecinos. Respetaremos para que nos respeten; entendemos que sobre diferencias ideológicas se impone un destino compartido de historia y sangre que nos unen; propósitos comunes para trabajar por nuestra gente. No reconozco enemigo en la política nacional, tampoco lo hago en ningún Gobierno extranjero, aseveró.

A la toma de posesión asistió el canciller venezolano, Nicolás Maduro, quien reiteró a su llegada la disposición al diálogo, felicitó al pueblo colombiano en nombre del presidente Hugo Chávez, y declaró que Venezuela extendía «su mano de amistad y de hermandad», al tiempo que entregó un «mensaje de amor y de solidaridad a todo el pueblo de Colombia, un mensaje de futuro y de esperanza».

«Queremos decirle al presidente Santos que venimos con la mejor disposición de avance, de trabajo, viendo hacia el futuro», dijo Maduro, según reseñó la Televisión Venezolana.

También participaron en la ceremonia, entre otros, los presidentes de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner; Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva; Costa Rica, Laura Chinchilla; Ecuador, Rafael Correa; El Salvador, Mauricio Funes, y de Guatemala, Álvaro Colom, reseñaron despachos de prensa.

En su discurso, el presidente Santos también abordó el tema de la tragedia que vive el pueblo haitiano y la necesidad de no dejar atrás esa nación, junto a la promesa de trabajar a favor del medio ambiente «para pagar la deuda con las nuevas generaciones».