19 de agosto de 2022
Directores
Evelio Giraldo Ospina
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

La transición

4 de julio de 2010

Un extranjero o un ingenuo pensarían que se trata de buscar la salida negociada del conflicto. O de cerrar la brecha entre ricos y pobres en el país más desigual de América Latina. Pero Santos, al contrario, insistirá en la vía militar y en el modelo económico que ha concentrado el ingreso. Su propuesta de ‘unidad nacional’ es para salir de otro conflicto: el de las muchas peleas que Álvaro Uribe ha casado con los jueces, con la oposición y con otros países.

Estos ocho años de la ‘alta política’ en Colombia en realidad han sido supremamente sórdidos. Señores ex presidentes, magistrados, congresistas, generales, intelectuales, y otra gente de la creme, se han unido a masacradores, capos, sicarios y delatores en una danza de cargos criminales o cuasi-criminales y de adjetivos soeces en cuyo centro, duele decirlo, han estado el señor presidente, su familia, sus colaboradores y sus aliados.

Es una verdad tan obvia como los titulares diarios de la prensa durante estos ocho años. Y sin embargo es tan brutal que nadie quiere mentarla y que Santos ni siquiera la menciona como base de su proyecto de ‘unidad nacional’. Pero de eso se trata. ¿Será que le funciona?

Uribe es frentero y camorrero, Santos es ladino y amiguero: si fuera sólo una cuestión de estilo, la ‘unidad nacional’ sería fácil. Pero aunque el estilo ayude, las peleas de Uribe tienen fondo. Y ese fondo, cómo no, ha sido su obsesión con las Farc y su política de seguridad democrática. En efecto: no hay ‘peleas’. Hubo una sola pelea:

-Los muchos choques del presidente con las Cortes se debieron a ocho razones específicas y más o menos sucesivas: el Estatuto de Seguridad y otras propuestas de reformar la justicia para volverla más dura; el trámite – y la aplicación- tormentoso de la Ley de Justicia y Paz; los cargos, las renuncias o condenas contra 83 parlamentarios uribistas por su complicidad con las AUC; la ‘yidispolítica’ y el reparto de notarías para la reelección; los cargos o rumores publicados sobre nexos criminales contra el primo, el hermano, el padre y el propio presidente; los procesos y condenas contra militares o ex militares por violación de derechos humanos; la escogencia del Fiscal; y los reclamos por interferencia o espionaje sobre los magistrados. Todos estos, por supuesto, ‘coletazos de la guerra’.

-Las ‘peleas’ con la oposición consistieron en acusar a Petro o a Piedad de auxiliadores de las Farc, en callar columnistas, denigrar de ONGs y en un cruce de insultos con el jefe del partido liberal porque éste le enrostraba su ‘laxitud’ con los paramilitares. Coletazos de guerra.

-Y las ‘peleas’ con Chávez y Correa se debieron al intercambio humanitario, o a las armas que recibieron las Farc, o a los ‘paras’ que llegaron a Caracas, o al bombardeo en Angostura, o a las bases áreas, o al espionaje de gobierno a gobierno. Coletazos.
Además -y más allá- del estilo personal, el analista encuentra tres razones gruesas para que Uribe diera la pelea:

-Una es estructural. La clase alta colombiana delegó en los terratenientes, y estos a su vez delegaron en los paramilitares, la solución del problema subversivo. Por eso un gobierno dedicado a eliminar la guerrilla tenía que ser, digamos, ‘laxo’, con los paramilitares. Y la laxitud produjo la pelea con los magistrados.
-La otra es ideológica. Obsesionado por destruirlas – y aunque las Farc desde hace tiempo son un cadáver político- Uribe sobrestimó su influencia y su nexos aquí y en el extranjero. Por eso vio enemigos en todas partes y, de aquí ‘las peleas’ con la oposición y con los vecinos.

-La tercera es biográfica. Álvaro Uribe nació donde nació, tiene sus fincas donde las tiene y ha hecho su carrera como la hizo. De aquí que su familia sea su familia, sus amigos sean sus amigos y sus aliados sean sus aliados. De aquí también la pelea.

Santos es otra cosa, pero hay cosas de cosas. Volveré sobre ello.

www.razonpublica.com