23 de julio de 2021
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La leyenda de Galán

13 de junio de 2010

Nos han hecho creer que Galán transformó la historia de Colombia y que, sin él, y a falta de su presidencia, este terruño enclavado en la desesperanza, naufragó para siempre en el mar de la tragedia. Los medios de comunicación y la familia del inmolado jefe del Nuevo Liberalismo se han encargado de recordarnos, año tras año, que Galán es el artífice de una doctrina que pudo ser la panacea de todos los males de esta patria del Sagrado Corazón de Jesús.

No pretendo enlodar la memoria de un hombre, sin duda grande, un adalid de las prácticas éticas en el ejercicio de la política, un maestro de la retórica y del buen discurso. Profeso por Galán la más grande admiración, pero tengo la certeza de que él, al igual que yo, estaría muy decepcionado al ver la “empresa” en la que se ha convertido su nombre y su legado, por cuenta de unos cuantos, que, a falta de propuestas e inteligencia, ven en la mitificación de su vida y obra, un manantial inagotable de réditos políticos y burocráticos.

A Galán hay que valorarlo en sus justas proporciones, sin fanatismos ni sectarismos; reconocer por ejemplo que como ministro de educación fue un verdadero fracaso, salió de esa cartera sin pena ni gloria y luego aterrizó en la diplomacia como embajador en Roma, nada extraordinario tampoco; en cambio como congresista, fue combativo, aguerrido y estudioso, un gran parlamentario.

Galán no es más o menos importante que otros hombres públicos, también vilmente asesinados como, Álvaro Gómez Hurtado, Rodrigo Lara, Carlos Pizarro, Carlos Mauro Hoyos, Jaime Pardo Leal, entre muchos otros mártires que se cuentan por millares en Colombia. Pretender que Galán era el dueño de la verdad revelada y que era el único capaz de sacar del atolladero a Colombia es totalmente injusto, como lo es también ponerle su nombre al aeropuerto El Dorado. Semejante despropósito no sólo desconoce la valía de otros líderes respetables y trascendentales para la historia política de Colombia, sino que, además, generará incalculables gastos y riesgos para la operación aeroportuaria.

El Dorado es un nombre grabado en el alma de los colombianos y reconocido ampliamente en el exterior. Fue precisamente el ex presidente Alberto Lleras Camargo, quien de una extensa lista seleccionó este bello nombre, pues consideró que “El Dorado” sintetizaba y definía la cultura aborigen y la herencia étnica de nuestra tierra. Desechar todo lo que implica y significa un nombre como éste será un gran error que traerá nefastas consecuencias desde todo punto de vista.

Es urgente promover una ley de la República, de iniciativa gubernamental o popular, que termine con el estropicio que ha causado el Congreso de la Republica, al expedir la absurda disposición que busca cambiar el nombre del aeropuerto internacional El Dorado.

Si me ponen a escoger tengo algo muy claro: prefiero la leyenda de El Dorado a la leyenda de Galán, pues, a diferencia del líder liberal, el cacique Guatavita no dejó una nutrida familia- carente de meritos- a la que haya que mantener empleada en altos cargos, pelechando incesantemente del Estado. El Heraldo.