30 de noviembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Brasil y la magia de seducir

26 de junio de 2010
26 de junio de 2010

Brasil se da el lujo de juntar más estrellas en su plantel y en su camiseta que cualquier plantel en la historia de los Mundiales: futbolistas de élite, millonarios y hasta en varios casos destacadas figuras mediáticas y de la publicidad. Pero no, no hay vedettismo en ellos. Lucen alegres, les brota la amabilidad, y respetan al que simpatiza con ellos y al que trabaja en una tarea vinculada a la de ellos. Tal vez alguno podrá contar alguna excepción -por ejemplo la habitual cara de ogro del técnico Dunga-, pero siempre serán poquísimas. Por eso, luego, no es casual cuando las encuestas los ponen siempre en las preferencias de los hinchas. Ese detalle habla de su juego, pero sobre todo cuenta otra cosa: un modo de ser, esa magia de seducir.
 
Durante este Mundial, por ejemplo, el plantel estuvo en Soweto -la emblemática localidad en la periferia de Johannesburgo que fue y es emblema de la lucha contra el apartheid- y armó una fiesta en un entrenamiento. Se escucharon aplausos, ovaciones, se hicieron sentir los afectos. Y hasta a Kaká un grupo de chicas le ofrecía matrimonio a través de carteles artesanalmente creados. Ellas lo sabían, pero lo intentaron: llegaban tarde a la lista de pretendientes del crack brasileño. Sin embargo, el futbolista del Milan saludó y envió un abrazo en el aire. Era su modo de agradecer tantas adhesiones. Y no se trata de una excepción: Brasil procura estas situaciones. Quiere que lo quieran. Y sabe hacerse querer.
 
La Zona Mixta del estadio Moses Mabhida, de Durban, también resulta un testimonio. Acaba de terminar el empate sin goles y sin fútbol ante Portugal. Por allí anda Maicon -enorme en su tamaño y en su condición de futbolista- repartiendo saludos y palabras, llamando a los periodistas que conoce por su nombre, deteniéndose a dialogar incluso con quienes ve por primera vez en su vida. Un rato después pasa Julio César -inequívoco mejor arquero del mundo en los últimos dos años- y la actitud se repite: paciencia, sonrisas y respuestas para cada pregunta. Al mismo tiempo, a pocos metros, aparece Robinho, quien no jugó el partido, pero también encuentra palabras para decir. Y así cada uno de los futbolistas. Juan, el compañero de zaga de Lucio, dialoga como si estuviera en la barra de un bar de Río de Janeiro o de alguna playa de Porto Seguro o de Natal.
 
Alguna vez, en ocasión de la Copa América, Robinho se lo contó a Clarín, tras una entrevista, en ese español aprendido en los días del Real Madrid: "Tú tienes tu trabajo; yo tengo el mío. Y en algún lugar se cruzan. Tú me respetas, yo te respeto. Y así estamos todos contentos". Tan claro. Tan sencillo. Eso no lo aprendió en ningún colegio secundario ni en la universidad a la que nunca fue. Se lo enseñó la vida. Y también, claro, esta selección de Brasil, que se especializa en seducir. Incluso más allá del campo de juego.