29 de mayo de 2022
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Alberto Duque López, entre el cine y la literatura

30 de junio de 2010
30 de junio de 2010

alberto duque
Foto El Heraldo

Esa circunstancia dio margen para que comenzáramos a hablar, y antes de una hora ya estaba invitándome a ir a cine. Ese fue el comienzo de una larga amistad con Alberto Duque López que permitió verlo alegre muchas veces, triste muy pocas y hace quince días en una clínica, acostado, muy delgado con una contextura que  no era la  que tuvo en sus últimos años,  y con un color en su rostro que tampoco era el suyo, tanto que pregunté a la enfermera dónde estaba mi amigo. Pero era él, desconocido, sin ganas de hablar. Ni siquiera me dijo “tigre”, como habitualmente saludaba.

EL CINE Y LA LITERATURA

Era una persona especial, pero distinta. ¿Quién podría pensar que era barranquillero? Que yo sepa, jamás se tomó un trago, bailar jamás lo vi. En cambio era feliz viendo tres y cuatro películas seguidas; ir a un buen restaurante y decir “delicioso” después de la comida. Leer y escribir también eran sus pasiones. Cuando fuimos vecinos de escritorio en la redacción de “El Espectador” me llamaba la atención la pulcritud de sus cuartillas, sin enmendaduras y tachaduras, lo que demostraba la exactitud con que ponía las palabras.
Recuerdo los años en que ganó el premio Esso de novela en 1968 cuando por una
infidencia —que ayudé a divulgar— se conoció el veredicto antes de que el jurado lo diera  oficialmente. Se estuvo a punto de reversar la decisión pero la verdad era que no podía desconocerse lo que significaba la “Nueva historia de Mateo el flautista, según la versión de su hermano Juan Sebastian y las memorias de Ana Magdalena”.
Luego de esa presea, Alberto se vino con su familia a Bogotá, se vinculó a este diario y
entró al mundo intelectual, aquel que todas las tardes y las noches se congregaba en “El Cisne” de la carrera séptima. Hablaba de Guillermo Cabrera Infante, el escritor cubano que también era crítico de cine; de Julio Cortázar, a quien  admiraba tanto que estuvo a punto de bautizar Rocamadour a su hijo mayor. Alix, su mujer, no dejó ponerle ese nombre de cronopio, pero él así siguió llamándolo. A otro de sus hijos, el menor, le puso Mario Gabriel, también en homenaje a otros dos escritores que adoraba: Vargas Llosa y García Márquez.
Su amor al cine, que fue su gran pasión, lo hacía viajar a los festivales en cualquier lugar de la tierra porque, como yo le decía, “el film justifica los medios”. Sobre su tumba, le recomiendo a sus hijos Alberto, Margarita, Olga Elena, Mario Gabriel, y por su puesto a Alix, le pongan un epitafio que diga: “Fin”.
Adios, Alberto.