20 de septiembre de 2021
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El que encuesta elige

23 de mayo de 2010

Hay presiones directas y sutiles encaminadas a modificar el curso de los acontecimientos. Si los sectores políticos y sociales más fuertes se concentran en un cierto deber ser, ese deber ser termina traducido en ser. Es una opinión con la que se ha demostrado lo que Christopher Lasch denomina “la rebelión de las élites”, cuya prioridad es conjugar dialécticamente lo que ellas quieren que sea con lo que es.
Las élites trasladaron el ágora de las plazas a las pantallas de la televisión y los computadores con un cañón llamado “encuestas”. En consecuencia, no es raro que en torno de la información arda la competencia y se desboque la desinformación para que con el influjo de los medios un mensaje pueda contrarrestar otro mensaje. Así se llega, según Sartori, a la pobreza cualitativa de la información, pues surge un punto en el que las libertades de pensar y expresarse se transforman en licencia para propagar lo que parece y no es.
Las encuestas son el método expedito para encauzar, en las democracias formales, el comportamiento electoral de una comunidad manipulable, porque la inducen a votar por los candidatos que favorecen las cifras en la recta final de una campaña. En las últimas cinco, con variaciones notables, las imprudencias de Mockus le bajaron varios puntos; las metidas de pata de Santos, al contrario, le subieron otros varios. Repuntó a través de un mensaje que contrarrestó otro mensaje. Los expertos saben que, merced a la inducción, los resultados terminan coincidiendo con los cálculos.
Santos es el candidato del gran capital, y el gran capital es el dueño de los medios, y los medios contratan a los encuestadores. Vale decir, son su campo de labor. Una labor que produce, en materia política, emociones que anulan las reflexiones del lenguaje lógico y debilitan la cultura cívica de la participación democrática, pero que satisface conveniencias de clase. La visión de nuestro pueblo y su nivel educativo no alcanzan a interpretar esa particularidad en el instante en que vota por el que le dicen que va ganando.
Las encuestas han reemplazado, además, el arte perdido de la discusión sobre los problemas nacionales, y los debates de los candidatos no son una controversia pública orientada por acuerdo entre ellos, sino unas escenas en las que los medios son los que escogen los temas y fijan las reglas. Eso destaca la importancia de los periodistas en perjuicio de la valía de los candidatos.
Es una pena que los medios dejen de ser los ojos y los oídos del público en los lugares donde nacen las noticias, para tratar de sustituir a los políticos en el ejercicio de su liderazgo. En un privilegio que proporciona el aparato descomunal de que disponen para explotar una lluvia incesante de comentarios y opiniones, y una cómoda manera de obligar a la gente a pensar lo que sus dueños quieren que piense. Gracias a esta técnica las élites eligen a los gobernantes –los suyos– con los votos del rebaño. El Universal, Cartagena.

*Columnista y profesor universitario