30 de julio de 2021
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Evelio Giraldo Ospina

«Romanistas» y cacrecos

14 de abril de 2010

Igual fenómeno se presentó en los Santanderes, el Valle, Boyacá y otros sitios del país, permitiendo el Partido Liberal, a nosotros los conservadores, el exclusivo y  único derecho de poblar los cementerios, tal como lo dijo ese orador coloso de Manuel Serrano Blanco, en un entierro de copartidarios aquí en San Esteban.

Eran los años 30-40 del siglo pasado. Laureano Gómez surgió como el gran caudillo de nuestras huestes, ayudado por un equipo de capitanes  dispuesto a morir defendiendo las trincheras azules. Ahí estuvieron Silvio Villegas, Gilberto Alzate Avendaño, Fernando Londoño Londoño, Nicolás Borrero Olano, Lucio Pabón Núñez, Juan Cristóbal Martínez, Pedro Justo Berrío, Luis Navarro Ospina, Abel Carbonell,Luis Ignacio Andrade, Juan Uribe Cualla, Augusto Ramírez Moreno, Jorge Leyva, José Antonio Montalvo, José Elías del Hierro, Aquilino Villegas,Evaristo Sourdís, Carlos Albornoz,Alvaro Gómez Hurtado, Joaquín Estrada Monsalve, y tantos otros, que prefirieron morder el polvo de la derrota transitoria, antes que claudicar de sus principios. Era bien difícil el escenario. Pero la voz caudalosa de Laureano y su radicalismo soberbio, mantuvieron enhiesta la colectividad en ese desfilar por el desierto.  

Román Gómez era un congresista conservador de Antioquia, de carácter resbaladizo, con voluntad de esclavo, enemigo de perder los entronques con la burocracia. A la austeridad y el casto concepto del poder, él actuaba con una  condescendencia silenciosa y un hedonismo claudicador. Al resplandor de nuestro decálogo político, le incrustaba un maniqueísmo hipócrita que hizo posible una conducta barragana para complacer a quien detentaba el gobierno. No reparaba en nuestros muertos, ni su conciencia se asustaba con el desenfreno inmoral del mandamás. Román Gómez condujo en 1.932, una pequeña disidencia, integrada por lentejos  mendicantes, que colaboraron, contra la voluntad expresa del partido, en el cuatrenio del señor Olaya. Obvio que el ejecutivo engordó con contratos y preferencias en la nómina a esos traidores de la colectividad. Eran todos personajes grises, escoria que no oro,mínima cantidad desteñida, que no calidad, turiferarios reverentes ante el altar del poderoso. Esa miserable entrega de la dignidad le sirvió al ínclito Laureano Gómez para hacer un tormentoso debate en el congreso de repercusión histórica. Con estas palabras estampilló al felón : “Y tu, Crispín, mal hombre,el del tinglado de la farsa, violador de la Constitución y de las leyes. Tu, Crispín, aprovechador de las influencias oficiales a favor de tus ambiciones y las de tus parientes, allegados y servidores.Tu, Crispín, negociador mendicante de viles granjerías, robadas al bienestar de los afligidos que gimen en las cárceles. Tu, violador del sagrado secreto de la correspondencia para aprovecharlo en tus negocios  y maquinaciones políticas. Tu, Crispín, que te disimulas mal  por los pasillos de los ministerios, las administraciones y las pagadurías recogiendo los proventos de una administración complaciente para alimentar la inmensa caterva de los tíos, los sobrinos y los parientes. Tu, Crispín,  que violas el sacramento del silencio de las tumbas que no debiera ser perturbado para hacer cieno con las cenizas  y tratar de arrojarlo contra mi, creyendo,iluso, que me detendrías en el camino de la justicia.Tu,calumniador sin imaginación, que no has podido respaldar tus osados dichos sino con el anónimo.Tu, sobre cuyos hombros pesa, y pesará eternamente, la tragedia horrible de una vida despedazada por tu codicia criminosa  y a cuyos oídos llega el inextinguible reproche de tu delito que ha hecho víctima  a un hogar inocente. Tu, Crispín, que mancillas con tu presencia  el senado, que llenas el ámbito con la sombra  de tus crímenes, has querido convertir la república  en una cosa abyecta que no podemos venerar  porque con tu inmerecida exaltación , la envileces y rebajas y que no podrá volver a ser grande  mientras te halles aquí sentado”.
 
 

El recuerdo del esquirol que comandó ese grupillo casposo del “romanismo” tiene qué ver con el hato cacreco que ahora ha  resuelto eludir la decisión del partido de ir a las urnas con candidato propio. Ya el señor  Enrique Gómez tenía un  pie en el liberalismo al propiciar que su  hijo encabezara una lista para la Cámara en representación del uribismo. Vimos en las pantallas televisivas unos paquidermos humanos, exembajadores y exministros, casi todos de noventa años, con debilitada voz de ultratumba, unos de bastón y otros con sus lazarillos, que tanteando buscaban en donde sentarse en la ceremonia que oficializaba la claudicación. Con generosa contabilidad puede afirmarse, que esos dinosaurios no reúnen cien mil votos.  

En Colombia puede darse un fenómeno similar al de Argentina. Allá, Juan Domingo Perón,  un coronel sentimental, amigo de la crápula y de las vampiresas que allí se desnudaban, terminó inexplicablemente convertido en un mito imbatible. Vuelan los años, el mundo se transforma, pero para los gauchos “el peronismo” es una religión que no puede ser sustituída. La nación  tiene tendencias diferentes, se contraponen las teorías, surgen y desaparecen los líderes, pero en el panteón de la gloria, solo uno desafía los vendavales del tiempo, los oleajes alternos de la ética, o la vergonzosa pudrición del estado en manos de presidentes como Menem y los Kirchner. La masa de los descamisados dejó para la historia un decepcionante grito de combate : “Ladrón o no ladrón, queremos a Perón”.El “justicialismo” es la filosofía que ilumina y proyecta, determina la administración de la tierra austral y señala quiénes detentan el poder. Raro fenómeno éste, de un pueblo en donde enraizó el inteligentísimo espíritu italiano, con ostensible beneficio étnico imposible de ignorar, nación de tanta importancia en América, esté sometido, por decenios y decenios, al castigo de tener que soportar gobiernos de faldas licenciosas, o de varones pervertidos que mantienen postrado  su destino.

En Colombia puede ocurrir lo mismo. Pése a nuestra inconformidad, a los delitos que aporcaron su parábola, a su desenfado de gamín, a su cinismo descarado, a la vestimenta campesina de arriero parrandista, este Uribe, rey de manzanillos, es un fenómeno mundial. El país tiene su impronta y difícil  será borrarla en los años venideros. Gran orador, enjundioso y convincente, con tierna modulación de manos, con parpadeo amoroso de pestañas, así como es, tiene dimensión de puntal histórico. Ejercerá influencias,mantendrá en permanente  escozor a sus adversarios, y también incidirá, no sabemos hasta cuándo, en el existir de la nación. Con distancia sideral sobre Perón, Alvaro Uribe Vélez puede ser, en un futuro muy largo, el taumaturgo redentor de muchos despistados colombianos. A los paquidermos del conservatismo,ya los hizo cambiar de partido.

Por fortuna, tenemos un Directorio Nacional que ha sabido anudar bien sus pantalones. Su presidente, Fernando Araújo, tuvo un doloroso aprendizaje por más de siete años amarrado en la selva, en la que se graduó de prócer.  Revísese la nómina de los desertores. Ahí están los viudos del poder, con ansias desbocadas de regresar a él en el crepúsculo de sus vidas, utilizando senderos tenebrosos. Los conservadores preferimos el rostro lacerado de quien preside ahora nuestro cuerpo colegiado, a los efluvios exquisitos de los que, en luengas existencias, poco sirvieron al partido pero sí lo explotaron con incontenible voracidad famélica.