7 de febrero de 2023
Directores
Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez
Ximena Giraldo Quintero

Notas eutrapélicas

2 de abril de 2010

¿Esperaba algo parecido a lo que sintió José Arcadio Buendía, cuando vio que Melquiades retornaba a Macondo rejuvenecido por el efecto de sus prótesis dentales?

Solo sé que los hombres congelamos a nuestros héroes en un estado ideal, muy similar al que mostraban por los tiempos de sus más renombradas gestas y las de Gabriel García Márquez han sido muchas: Un periodista  reconocido en su tercer decenio de vida, un best seller  orbital inmiscuido en política después de los cuarenta, el ícono del “boom latinoamericano”,  un intelectual comprometido con polémicas causas en su madurez, un filántropo de la cultura, un amigo de los poderosos deseosos de sentarlo a la mesa; pero sobre todo y más durante el camino de la senectud, un escritor consumado, que ha ratificado su condición de hito universal de la literatura con cada una de sus obras y con el conjunto de las mismas.

Dispongo de instantáneas de cada etapa: Tengo grabado especialmente, un García Márquez  instalado en sus cuarenta y en la cima proveida por “Cien años de soledad”, contándole al periodista Germán Castro Caicedo para la televisión, cómo trepaba la cordillera ese tren que llevó al adolescente costeño de Honda a la brumosa Bogotá, para continuar sus estudios de secundaria. También lo recuerdo hablando con Plinio Apuleyo Mendoza en Paris, cuando éste último preparaba “El olor de la guayaba” y luego, de blanco, recibiendo el Nobel en Estocolmo.  Su foto en la contra carátula de la primera edición de “El General en su laberinto” en 1989, fue la evidencia de que la gloria literaria no protege a nadie de la vejez; ni siquiera al mago de Macondo con  toda su alquimia.

Es que de sus más de ochenta años de vida, algo así como treinta y cuatro han representado para mí, ejemplo, inspiración, orgullo patrio, compromiso con Colombia y espíritu de superación. Es un héroe en un país donde no se visibilizan muchos referentes ejemplares.     

Quizás por eso último, el final de la estupenda biografía de Gerald Martin titulada “Gabriel García Márquez, Una Vida”, me dejó un vacío abrumador. Ese dialogo final entre el biógrafo y el personaje de sus pesquisas, el día del homenaje de la Academia de la Lengua Española al escritor en Cartagena, fue una despedida definitiva que no tenía entre mis planes; era el abrupto despertar de una ensoñación, que discurría entre los tiempos cruzados de sus tramas y personajes y que le habían conferido al literato ante mis ojos, un aire de permanencia secular, que cubría incluso su humanidad envejecida.

Ahora, cuando su deterioro mental es un hecho conocido por todos –antes era un secreto entre su círculo íntimo-, solo queda por resaltar, junto con el biógrafo, la ironía de la vida: un trabajador de la memoria enfrenta la paulatina e indetenible pérdida de sus recuerdos. Parece algo ideado por el propio García Márquez; quizá sea el párrafo final de una existencia, que se confunde con la propia ficción de un creador obsesionado por “novelar” hasta sus circunstancias personales.

El autor de su propia leyenda, digita con dramatismo la última paradoja de sus días. La condena a la pérdida de  consciencia a quien como él, estuvo conectado y comprometido con la realidad de su tiempo, parece el argumento de una obra literaria del realismo mágico o las postreras líneas de un relato, que bien pudieran competir con las del vendaval apocalíptico de “Cien años de soledad”.