4 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La memoria intacta de un líder de paz y justicia

22 de marzo de 2010
22 de marzo de 2010

Ya son 20 años desde aquel jueves 22 de marzo de 1990, y su padre Bernardo lo recuerda en su casa de Manizales, como si volviera a vivir el instante en que el periodista Yamid Amat le informó por teléfono que el candidato presidencial de la Unión Patriótica estaba herido por un atentado.

Después se supo que cuatro heridas de bala segaron su vida dos horas más tarde y ese recuerdo vuelve todos los días al hogar de Bernardo Jaramillo y Nidia Ossa. “A veces se calma el dolor, pero es mentira que el tiempo cura las heridas del alma”, y permanece intacta la memoria de su hijo, desde sus horas de colegial en la Escuela Santander en que llevaba desayunos para los amigos que pasaban hambre o los días en que asumió la dirección de la UP y “todo se volvió espinoso”, hasta la tarde en que 40.000 personas lo despidieron en el cementerio Jardines de la Esperanza.

“Ese muchacho siempre fue muy inteligente y buen estudiante. La política la heredó del abuelo Bernardo, quien siempre fue sindicalista en Caldas. Yo también lo fui de muchacho y por eso nunca nos preocupó que hubiera elegido la Juventud Comunista para expresarse”, agrega el padre desde su casa en el barrio El Sol, donde Jaramillo Ossa vio llegar su adolescencia junto a su hermana Clemencia, hasta que decidió matricularse a estudiar Derecho en la Universidad de Caldas, y con su verbo y su carisma trasladó su liderazgo hasta el Consejo Estudiantil del centro docente.

Eran dos alas antagonistas. La izquierda con Jaime Jurado, los hermanos Rubén Darío y Wálter Castaño, y por supuesto Bernardo, entre otros. Y la derecha con Iván Roberto Duque, quien después emigró al Magdalena Medio y años más tarde apareció convertido en el jefe paramilitar Ernesto Báez. Más de una vez terminaron dándose con las banderas o agarrados a piedra. Pero Jaramillo era más, “era desbordante energía, era disciplina lectora, era oratoria”, como recuerda Ana Lucía Zapata, estudiante de Biología y Química, y, cómo él, militante activa de la Juco.

Se conocieron pegando afiches o pintando grafitis en las paredes; en el cine club José Martí, donde ella atendía la taquilla y él se explayaba en citas de Marx o poemas de Benedetti y Neruda; o en las fuentes de soda donde al calor de las cervezas sacaba su vozarrón para cantar tangos. Hasta que una noche salieron juntos de la universidad y antes de llegar a El Cable, por donde ella vivía, como la brisa era intensa la abrazó amistoso y averiguó si tenía novio. La siguió llamando, se enamoraron y un sábado de abril de 1977 se casaron en la iglesia San Martín de Porres, del barrio Minitas.

Primero se fueron a vivir a unos bajos por el Hospital Infantil y después el padre de Ana Lucía les regaló una casa en San Jorge. No había mucho dinero en caja menor, pero el hogar se iluminó con la llegada de Paula Tatiana en junio de 1978 y Bernardo en diciembre de 1981. Terminaron sus carreras, su colección de gatos Garfield empezó a crecer al mismo ritmo de los copartidarios, “delgado, patilludo, de pelo crespo, un día partió hacia Urabá en busca de concretar el requisito de su judicatura, se graduó después, y retornó a Apartadó para volverse el duro de los sindicatos bananeros”.

En el furor de los años 80, con experiencias de viaje por los países socialistas, con el aliciente lejano pero intacto de sus pequeños “dientes de ratón” y “Bernardo IV”, la política de Urabá lo cogió por su cuenta, promovió varias huelgas, dos veces fue personero y concejal, hasta tuvo tiempo de volverse a enamorar. Esta vez de Alba Lucía López, ex alcaldesa. Su relación con Ana Lucía Zapata pasó al plano de una respetuosa amistad, ni un solo día dejó de llamar a sus hijos o en cada regreso buscarlos para jugar ajedrez o cargarlos en hombros. Pero la militancia lo tenía reservado para grandes y afilados retos.

En marzo de 1986 fue electo representante a la Cámara por Antioquia y 15 meses después de posesionado, cuando cumplía destacada gestión en la comisión de asuntos laborales, tras el asesinato de Jaime Pardo Leal en octubre de 1987, a sus 33 años fue designado presidente de la UP. “Sé que mi vida ha adquirido un nuevo peligro, aparte del que ya tenía por ser miembro activo de la UP. Esta posición me puede costar la muerte. Mi sangre, entonces, serán nuevas gotas al sacrificio por la causa del pueblo”, comentó aquella vez como un profeta de su destino señalado.

Fueron 29 meses históricos. En cada sepelio de sus copartidarios asesinados selectivamente o en masacres nunca se cansó de señalar al paramilitarismo y sus enlaces oficiales. Regresó a los países socialistas, palpó las huellas de la Perestroika, asumió la necesidad de distanciar a las UP del accionar violento de las Farc. Y volvió a reincidir en el amor, ahora con la mayor de tres hijas del acomodado comerciante barranquillero Salomón Barragán, presidente del Club de Caza y Pesca del Atlántico. La abogada Mariela Barragán, que se hizo más que esposa, aliada de campaña.

A sus 36 años, candidato a la Presidencia de Colombia con el pegajoso lema “Venga esa mano país”, representaba una opción de paz y tolerancia. Pero a las 8:05 de la mañana del 22 de marzo de 1990, segundos después de ingresar al aeropuerto El Dorado con el propósito de viajar a Santa Marta en compañía de su esposa, pese a su nutrida escolta de 11 agentes del DAS, dos policías y dos miembros de la UP, un joven sicario le descargó una ráfaga de ametralladora. “Los hijos de puta me mataron”, fueron sus últimas palabras a Mariela Barragán. Después perdió el conocimiento.