26 de septiembre de 2021
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Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Armenia, ciudad abierta

20 de enero de 2010
20 de enero de 2010

“con este signo vencerás”. Pintado en las necrópolis, el símbolo es reverenciado por esa secta cuyos miembros mueren en las fauces de los leones para el solaz del exigente público de la Ciudad Eterna. De inmediato, manda a grabar las dos primeras letras del nombre de Cristo en los escudos de su tropa. Al día siguiente, los hombres de Majencio son masacrados en el puente Milvio, cerca de Roma.

Alimentada casi dos mil años por la tradición oral, la historia hace parte del repertorio más caro para la iglesia Católica. Muchos historiadores ponen en duda la veracidad de la anécdota, sin embargo concuerdan en afirmar que la promulgación del edicto de libertad religiosa, aprobado por Constantino en el 313 de nuestra era, permitió a los seguidores de Jesús salir de las catacumbas y de paso plantó la simiente del establecimiento religioso de la civilización occidental. De ese modo la cruz, atroz instrumento de suplicio, se convirtió en la nueva arca de la Alianza del dios de Abraham. Los símbolos, representaciones de mecanismos culturales, articulan la vida social. Durante casi toda la Edad Media, las estatuas de los templos fueron el catecismo de los analfabetos.

Con esto en la cabeza salí a dar un paseo por las calles de Armenia. En la glorieta frente a la estación de bomberos un camello vigila con gesto cansino el permanente flujo de coches por las arterias vehiculares. Vestigio de una administración municipal desastrosa y señuelo propagandístico de un grupo político concreto, la figura es un cliché de mal gusto. Erigido con dinero del Estado y asentado en espacio público, carga sobre sus gibas las aspiraciones electorales de la prole del desaparecido Mario Londoño.

En el parque Los Fundadores, a pocos pasos de la placa puesta en homenaje a la junta creadora de la ciudad y de los estanques pestilentes, un hacha campesina, clavada sobre el tronco de un árbol, testimonia las travesías de los primeros labriegos venidos a la hoya del Quindío. Ya es hora, en vista de la delicada situación ecológica que amenaza la supervivencia de la familia humana, de buscar un emblema para la localidad en sintonía con los vientos de renovación. Afrontar el cambio climático y la depredación capitalista de los recursos naturales es el reto de todos, por ello es urgente concertar medidas orgánicas y eficientes. Ningún esfuerzo para disminuir las emisiones tóxicas debe escatimarse; de nuestra rápida reacción depende en gran medida la conservación de un ambiente sano. A pesar de la no promulgación de medidas obligatorias y de cierta politización barata de la reunión, la Cumbre en Copenhague es un llamado de alerta. Pocas cosas le deberían interesar más a la opinión pública que cuidar la naturaleza.

La instantánea conmoción por el cierre de algunos conglomerados económicos demostró con claridad las preferencias de nuestros gobernantes: si con el mismo denuedo empleado para salvar el sistema financiero internacional se combatiera el hambre, la brecha entre ricos y pobres sería un oscuro recuerdo. Si el dinero invertido en la maquinaria de las armas se utilizara para frenar la deforestación de bosques nativos, en cuestión de años el efecto invernadero desaparecería. No más excusas. El planeta merece respirar tranquilo. Crónica del Quindío.