23 de junio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Navidad en la selva

20 de diciembre de 2009

Cuando veo y siento ese calor humano que florece por estos días, me es inevitable pensar en las noches en la selva y recordar el contraste de tanta luz y color, con la soledad y opacidad del secuestro.

Fueron muchas las navidades que pasaron esquivas para los secuestrados, sin estar al calor de nuestras familias, al pie de un pesebre y un árbol. Definitivamente uno tiene muchos sentimientos encontrados cuando ve ese derroche de alegría y luminosidad en las calles; piensa, y vuelve a la época de los recuerdos trágicos y, solidariamente, siente esa misma frustración que han de sentir quienes todavía siguen atravesando este drama sin final.

La Navidad en la selva está determinada por la frialdad de los guerrilleros y equivale a un mes como cualquier otro del año: días de tedio, rutinas, descolorido y caracterizado por el grado más alto de indiferencia humana.

El único vínculo que tenemos (o tienen) los secuestrados con el exterior, es el pequeño radio. Sólo a través de él se conoce cuándo es nuevo año. Allí, en la espesura del monte, el 31 es un día más de los 365 del año, salvo por la nostalgia que lo invade a uno cuando escucha la voz temblorosa de un familiar que, sin poder contenerse, también dice que ellos, de este lado de la libertad, tampoco son felices.

Hubo, en especial, una Navidad que guardo con aprecio en mi historia de secuestrado.

La guerrilla se movía con facilidad durante los primeros dos años de secuestro, por esa época era el gobierno de Pastrana

En aquella Navidad de 2003, dos años después de mi secuestro, me embargó la soledad.

Alejandra, compañera del comandante, trató de menguar ese aislamiento al que ellos mismos me sometían y le rogó a su marido que le permitiera hacerme un árbol de Navidad. La guerrillera tomó un chamizo y lo cubrió con algodón. Luego le puso bolitas rojas y amarillas que cogió de un árbol de la selva.

Aquel fue el regalo inolvidable y conmovedor, que me marcó para siempre.

El 31 de diciembre, para despedir el año, cuando el reloj iba a dar las doce, encendieron el muñeco de trapo. Para poder armarlo, regalé una de mis camisas de manga larga y un pantalón amarillo que luego rellenaron con helechos secos.

Las navidades que vinieron luego fueron dolorosas. Jamás pensé que después de aquel día especial, reinaría la indiferencia, la falta de afecto humano y me tocaría resignarme a vivir, siete años más, una Navidad igual que cualquier día de cada año.

Ahora, no desaprovecho ni un solo instante para compartir la alegría de estar rodeado con mi familia.

Felicidad que no está completa ni lo será hasta que veamos el último de los secuestrados cantando villancicos y sonriendo al lado de sus seres queridos.