26 de septiembre de 2021
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Un título inesperado

11 de julio de 2009
11 de julio de 2009

No ser “doctor” puede tener sus beneficios, como le sucedió a un industrial exitoso y ciudadano sin tacha, a quien un gobernante amigo comprometió para que le aceptara la gerencia de una empresa industrial del estado, de esas en las que merodean los políticos como moscas, exigiendo puestos para sus amigos, y si no se les da gusto le levantan al funcionario un “calvario” judicial con testigos falsos, para tumbarlo o enredarlo. El empresario, acorralado, sólo pudo zafarse cuando le dijo a su amigo que él no tenía ningún título académico, lo que, por ley, es una incompatibilidad. ¡Uf! Respiró tranquilo.

En su novela Un capitán de ultramar, Jorge Amado, el prolífico escritor brasileño, cuenta la historia de un tipo que heredó de su abuelo una fortuna, pero no había podido acceder a la alta sociedad, para buscar una novia de buena posición con quien casarse, porque todas a las que pretendía lo rechazaban cuando se daban cuenta de que no era abogado, médico, odontólogo o ingeniero… Cualquier cosa. Un amigo suyo le ayudo a superar la depresión que esa situación le estaba causando, asesorándolo para comprar en el ministerio correspondiente un título de “capitán de ultramar”, a pesar de que el hombre no se había subido a una canoa nunca, porque le tenía pavor al agua, que no fuera la de la ducha. De ahí para adelante no fue sino mandar a confeccionar uniformes y decorar su casa con anclas, catalejos, sextantes, mapas antiguos…y demás chécheres que conseguía con los anticuarios. Y leerse libros por cantidades, para sustentar la mentira con relatos fantásticos de travesías y aventuras marinas.
De mi parte, cuando ya estaba resignado a no ser más que “don José”, un corresponsal del Correo Abierto de La Patria, escritor y novelista él, me otorgó el título de “neo gramático”, que por lo neo me quita muchos años, me tiñe las canas y me alisa las arrugas, y por lo gramático me permite entrar al recinto de la Academia Colombiana de la Lengua, en el Parque de Los Periodistas en Bogotá, y mirar a la cara a don Miguel Antonio Caro —a la estatua, por supuesto— sin complejos. Y le permite también a mi familia poner en los carteles que inviten a mi sepelio que “el Neo Gramático…descansó en la paz del Señor”.  Crónica del Quindío

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