Tunja: Ciudad de tesoros escondidos PDF Imprimir E-mail

Turismo cultural por Boyacá

jorge emilio sierra

Por Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

“Tunja: Ciudad de tesoros escondidos”, reza el lema publicitario que se ha popularizado en los últimos años. Pero, cabe preguntar: ¿cuáles tesoros?; ¿dónde se encuentran, si de veras los hay?; ¿o están muy ocultos, para que nadie los pueda hallar?; ¿o esa frase es más bien un reto para buscarlos y encontrarlos, sugiriendo aventuras tan fascinantes en la búsqueda como las de Indiana Jones y Los cazadores del arca perdida, éxitos de taquilla?

En realidad, la imagen tradicional de la urbe no da para tanto. Si mucho, nos trae a la memoria sus campesinos de ruana, sombrero y cotizas, entumecidos por el frío del páramo, por el viento helado que arrasa con el prestigio mundial de Chicago (la famosa “Ciudad de los vientos”) y por el cielo encapotado, gris, atravesado a duras penas por la luz del sol.

“Es un moridero”, según suele decirse con aire despectivo y algo burlón.
artesanias de tunja
¿Cuáles son, entonces, los tesoros escondidos de Tunja? No deben ser, claro, sus platos típicos, con verduras a granel; ni sus artesanías, especialmente en tejidos de lana y fique; o las piezas de cerámica traídas desde el vecino y multicolor pueblo de Ráquira; o sus golosinas, “dulces” en la jerga popular, que se importan de Moniquirá, otro cercano municipio boyacense; ni siquiera sus verdes piedras preciosas que la tierra produce por los lados de Muzo, “Capital mundial de la esmeralda”.  

Y si esos no son los tesoros, ¿cuáles son?, ¿dónde están? Comencemos, pues, el recorrido, al final del cual veremos si el viaje emprendido fue un fracaso o, por el contrario, salimos enriquecidos, forrados en oro, tanto o más que Alí Babá y sus cuarenta ladrones.

Lo invito, amigo lector, a seguirme en el recorrido. Seamos, si le parece, compañeros de viaje.

Sombras indígenas

Tunja es la capital de Boyacá, como usted sabe. No sabrá, en cambio, que Boyacá significa, en la lengua muisca o chibcha de sus antepasados indígenas, “Tierra de mantas” por la abundancia de éstas, hechas de lana, que los conquistadores españoles (encabezados por su fundador, don Gonzalo Suárez Rendón, cuya casa aún se conserva en perfecto estado) descubrieron en aquel vasto territorio, a escasos 135 kilómetros de la recién fundada Santa Fe de Bogotá.

Tunja, por lo visto, era epicentro de la cultura muisca, cuyo jefe, conocido como el zaque, tenía su bohío donde hoy se levanta el Claustro de San Agustín, restaurado en buena hora por el Banco de la República.

La vivienda del zaque, a su vez, estaba rodeada por las de los jeques (sacerdotes), las cuales se separaban entre sí con mantas de lana, colgadas seguramente en cuerdas de cabuya.

Por eso la expresión “Tierra de mantas”, a la que acabo de aludir.
claustro de san agustin
La historia no para ahí, sin embargo. Porque de este sitio, localizado en el área histórica de la actual capital boyacense, partían los indios hacia un monte cercano, donde sacrificaban niños para ofrecer su sangre a los dioses (algo bastante común también en el pueblo maya, de Centroamérica) y colgaban de los árboles a los malhechores, dejando sus cuerpos desnudos a la vista de todos, entre quienes los más sorprendidos estarían obviamente los ilustres visitantes, pálidos por naturaleza.

Pero, poco queda de aquella lejana tradición indígena: unas cuantas piezas de barro o cerámica, exhibidas en uno que otro museo; rostros y más rostros, esculpidos entre los ángeles que adornan los altares coloniales, y hasta la representación de sus productos nativos, autóctonos, como el maíz, cuyo intenso color amarillo era asimismo reflejo del sol, del Dios sol que era la fuente suprema de la vida.

El sol, a propósito, aparece tallado encima del altar de la Iglesia de Santa Clara La Real, mientras sus rayos llegan hasta los seis caciques que lo rodean, con sus rasgos característicos. “Era la forma de atraer los indígenas al templo para convertirlos al cristianismo”, según explican los guías de turismo que nunca faltan en los lugares históricos declarados, por lo general, monumentos nacionales.

Lo indígena, además, se conserva en los rostros mestizos de los tunjanos y boyacenses, en los nombres de sus pueblos, en su comida típica, en sus artesanías y en las viejas historias o leyendas, donde la imaginación creadora reemplaza la ausencia de documentos de la época precolombina, anterior a la conquista.

El pasado indígena es como una sombra en Tunja, similar a la que dejan los aleros coloniales en las muy escasas tardes soleadas.

El salto a la Colonia

Porque Tunja es ante todo una ciudad colonial. Si usted la recorre paso a paso, lanzándose a las calles de su pequeño centro histórico, tendrá la alegría de perderse que se siente en la parte antigua de Cartagena o en el barrio La Candelaria, en Bogotá, donde igualmente están inscritas en las esquinas sus nombres originales (La Calle del Duende, La Esquina de la Pulmonía o la permanente Calle Real, entre muchas otras).

Empiece, si quiere, por el parque principal o Plaza de Bolívar, enorme como la de Villa de Leyva, con faroles colgantes, igual que en la época de los virreyes, y especialmente con sus casonas centenarias, de casi cinco siglos encima, desde la mencionada del Fundador hasta la del Capitán Gómez Cifuentes, sede de la Gobernación del departamento, y la del también Capitán Martín de Rojas, oficina de turismo a su servicio.

Columnas de piedra, paredes de tapia, balcones y más balcones, tejas de barro y vigas de madera y caña brava, aseguradas con lazos y puntillones que forman singulares diseños artísticos, se extienden aquí y allá, en los cuatro costados de la plaza y hacia los lados, hacia las manzanas adyacentes, como la Casa de don Juan de Vargas, comprada y restaurada por el maestro Luis Alberto Acuña para guardar, como en un cofre, bargueños y candelabros, sillas y vajillas de la realeza española, y hasta un bordado de Juana La Loca, la reina madre del emperador Carlos V.
catedral
La Catedral, bautizada en honor al apóstol Santiago, es cuento aparte. Alberga nada menos que los restos del gran cronista de Indias, don Juan de Castellanos, “quien regentó este templo hasta su muerte”, y recibe a los visitantes con el busto de Monseñor Augusto Trujillo Arango, cuyo Sermón de las Siete Palabras, transmitido cada año por la radio, paralizaba al país entero, consagrado en aquel entonces, por mandato constitucional, al Sagrado Corazón de Jesús.

Y en la mitad de una calle en la plaza, a todo el frente de la Catedral, la vía se parte en dos, abriéndose hacia un estrecho pasaje, el legendario Pasaje Vargas, cuyas casas enfrentadas quisieran tocarse, abrazarse entre balcón y balcón, como es usual en las callejuelas de Segovia (España), donde un tramo del acueducto romano se pasea todavía a sus anchas.

Acá, en cambio, ya no hay nada colonial, como no sea el eco de las voces en las noches de lluvia, cuando los bohemios de turno salen de los bares y cantinas para ir a sus casas, tambaleándose por bebidas alcohólicas que reemplazaron la chicha de otrora, hecha de maíz fermentado.

Sólo que tan lamentable ausencia del pasado colonial se compensa al cruzar hacia la otra calle, donde el transeúnte se encuentra de frente con la más hermosa iglesia de Tunja, la de Santo Domingo, que exhibe orgullosa la llamada “Capilla Sixtina del arte barroco hispanoamericano”.

Ahí usted empieza, con fe, a soñar, a tener visiones celestiales y a elevarse hasta lo alto, hasta el trono de Dios, con esa profunda espiritualidad que transmiten las iglesias, conventos y monasterios que proliferan a lo largo y ancho del casco urbano.

Es como si en el túnel del tiempo usted retrocediera, por lo menos, cuatro siglos.

Una tierra bendita

“Bienvenido a esta tierra bendita”, se lee en la fachada de un edificio en la Plaza de Bolívar. La expresión resalta, sin duda, la religiosidad ancestral de sus gentes y, en general, del pueblo boyacense que asiste en romerías y peregrinaciones a sus santuarios, el más famoso de los cuales rinde culto a la Virgen de Chiquinquirá, cuya imagen milagrosa fue pintada por Alonso de Narváez, quien vivía precisamente a un costado de la Iglesia de Santo Domingo.

En esta iglesia –insistamos- se venera la Virgen del Rosario en un soberbio monumento religioso, donde al frente y a ambos lados surgen imágenes talladas de distintos pasajes evangélicos, como por ejemplo la Pasión del Señor, que brillan por las laminillas de oro en la madera y, sobre todo, por la escultura radiante de la Madre de Dios, traída a Tunja en el año 1600.
arte religioso
La belleza del arte religioso exhibido allí es comparable a la de templos como La Compañía (de la Compañía de Jesús) en Quito o la Catedral de Puebla, catalogada de tiempo atrás como La octava maravilla del mundo.

Los parroquianos permanecen de rodillas frente a la Virgen, en ocasiones con los brazos abiertos, como también lo hacen en un pequeño oratorio del Convento de San Francisco enseguida de la iglesia del mismo nombre, en la cual se esconde otro invaluable tesoro: La Crucifixión, cuadro original de Bartolomé Esteban Murillo, uno de los mejores pintores de España, tierra de artistas por excelencia, desde El Greco y Velásquez hasta Goya, Miró y Picasso, para sólo mencionar algunos.

De otra parte, la Iglesia de San Ignacio, que cada año se convierte en sala de conciertos durante el Festival de la Cultura, se encuentra junto al convento de los jesuitas (entre quienes se contara por varios años a San Pedro Claver, “Esclavo de los esclavos”), donde funciona el Colegio de Boyacá que fundó el general Francisco Paula Santander dentro de su plan educativo y que se da el lujo de incluir en su lista de egresados a una decena de Presidentes de la República.

En la Iglesia de Santa Bárbara, a su turno, usted puede oír cantos gregorianos, sea en la nave central o en las naves laterales que forman una cruz, y posee igualmente varios ornamentos adornados por Juana La Loca; en la Iglesia de las Nieves sorprenden, fuera de sus vitrales, El Señor de La Columna y los fuertes contrastes de rojo y amarillo en sus paredes, como en un traje de luces; mientras arriba, en la Iglesia del Topo, se levanta la Virgen del Milagro, Patrona de Tunja y de la Fuerza Aérea Colombiana, que cada 9 de junio desciende, en procesión multitudinaria, hasta la Catedral, tras dos días y noches de celebraciones fastuosas, alegres, con pólvora y juegos pirotécnicos.

El Convento de Santa Clara, con iglesia adjunta, es museo religioso, en el que se conserva la diminuta celda de la monja Francisca Josefa del Castillo y Guevara, la poeta mística de la Colonia, con el estudio, la biblioteca u oratorio, donde ella escribía sus versos, en ocasiones desgarradores, turbados por tentaciones diabólicas.

Y, por último, el Templo de San Laureano, situado a pocos metros del Panteón de los Mártires, máxima expresión del período republicano, desde la Independencia, que exaltara el propio Bolívar en honor a Tunja: “Esta ciudad es heroica; en ella la reacción del espíritu ha sido proporcionada a la opresión terrible”, para concluir, con elocuencia: “Foro del patriotismo y taller de la libertad”.

El culto a los héroes


El patriotismo tunjano es apenas natural. Al fin y al cabo el Puente de Boyacá y el Pantano de Vargas se encuentran acá mismo, en el departamento, y mientras al primero se llega sólo en quince minutos por la vía a Bogotá que está a punto de ser doble calzada, el segundo queda por los lados de Paipa, con el bello Monumento a Los Lanceros, obra maestra del escultor Rodrigo Arenas Betancur.
monumento a los lanceros
Así las cosas, es justo afirmar, en honor a la historia, que Boyacá, con su capital a la cabeza, fue la cuna de nuestra independencia, de la libertad democrática. Tampoco es de extrañar, en tales circunstancias, el aire de patriotismo que se respira por todos lados, confundido naturalmente con los vientos que soplan desde la época precolombina y los tiempos coloniales.

El patriotismo se siente en la estatua ecuestre de El Libertador que surge imponente en el parque principal de la ciudad, donde además abundan las placas que registran el paso de Bolívar por esta tierra, “taller de la libertad” en sus propias palabras; en la efigie de Santander, quien fundara –como dijimos arriba- el Colegio de Boyacá; y especialmente en el Paredón de Los Mártires, sitio donde fueron fusilados varios patriotas durante la reconquista española y su régimen de terror impuesto por Pablo Morillo.

El Paredón, por cierto, se conserva como era después del fusilamiento, ¡con los tiros de fusil metidos en el barranco tras disparar a los héroes!
Bustos y más bustos de héroes nacionales, dispersos en los parques, como Juan José Rondón, líder de los lanceros, frente a la Iglesia de San Francisco; exaltación permanente de los catorce ilustres boyacenses que han sido presidentes de la república, y la casa-museo de uno de ellos, el general Gustavo Rojas Pinilla, “su más egregio hijo” al decir de la placa conmemorativa donde nació aunque otros municipios de Boyacá se disputan su cuna.

Y, como si fuera poco, en alguna esquina se levanta la que fuera residencia de doña Inés de Hinojosa, seductora irresistible, cuya tenebrosa vida criminal fue recreada en pasajes novelescos que años atrás desvelaron a miles de televidentes, atraídos por sus pasiones y su singular belleza.

La historia, en fin, deambula a sus anchas por la vieja ciudad de Tunja, la cual pareciera responder al reto lanzado por Menéndez y Pelayo, que consta en otra placa al lado de la Iglesia de San Ignacio, según el cual los pueblos no pueden abandonar su pasado para evitar una vejez sin memoria, cayendo en la demencia senil donde el olvido total hace estragos.

El último deseo

La Tunja de hoy es una ciudad moderna, pero tranquila, sin el bullicio de las grandes metrópolis, y por tanto posee aún el encanto de los pueblos, de los atardeceres con nubes amarillas (como salidas de un cuadro impresionista) que cruzan raudas sobre el Parque de Bolívar, escenas que por fortuna aprecian todavía los transeúntes, entre quienes se cuentan pocos turistas.

Ahora es centro educativo por excelencia, con quince mil estudiantes en su Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, en una de cuyas paredes se ve a un Cristo encapuchado (!) en la cruz; hay mucha pobreza, con mendigos a granel, como en cualquier lugar del Tercer Mundo, y se siguen arrojando monedas al Mono de La Pila, pidiendo un deseo.

El deseo quizás de descubrir algún tesoro en Tunja, como si no los hubiera de sobra por todas partes…

(*) Miembro de El Parnaso Cultural del Eje Cafetero

plaza de tunja

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