19 de abril de 2021
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Un pueblo azotado por la violencia

8 de abril de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
8 de abril de 2021

Colombia es el nombre de un municipio del Huila que limita con las montañas de La Uribe, el sitio donde funcionó el campamento madre de las Farc, atacado por orden de Cesar Gaviria el 9 de diciembre de 1990, el mismo día en que se elegia a los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente. La operación, que pretendía desmantelar el secretariado, se llamó Casa Verde. Pero no es sobre la presencia en esa zona del grupo guerrillero que firmó un acuerdo de paz que vamos a hablar. Lo vamos a hacer sobre lo que vivió este poblado como consecuencia de la violencia política de los años cincuenta. Que no fue otra cosa que acciones despiadadas contra colombianos que el único pecado que cometieron fue hacer parte de unos partidos políticos que se disputaban el poder.

La lectura del libro Los cardos olvidados, escrito por un abogado nacido en ese municipio, de nombre Ricardo Moncaleano, residenciado ahora en el municipio de Filadelfia (Caldas), motiva esta columna. Este libro, bien escrito, que utiliza términos propios de la región, narra en un lenguaje claro las monstruosidades que en el municipio de Colombia se cometieron durante la violencia desatada en el año 1946 por culpa de los fanatismos políticos afortunadamente superados después de la firma del Pacto de Benidorm entre Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez, que dio vida al llamado Frente Nacional y que abrió la puertas a la alternancia de los dos partidos en el poder, hecho que tuvo lugar en la población española del mismo nombre el 24 de julio de 1956.

Lo que vivió el municipio de Colombia durante esos años aciagos, que Ricardo Moncaleano narra con un verismo que estremece el alma, fue lo mismo que vivieron cientos de poblaciones colombianas durante esa violencia que tuvo connotaciones políticas. Los asesinatos en plena vía pública, la quema de viviendas, el desplazamiento de familias enteras, las masacres en las fincas, las emboscadas en caminos rurales, la puesta en práctica del llamado corte de franela, la persecución por seguir las ideas de un partido político y la intromisión de la iglesia en las campañas políticas señalándole a los feligreses por quién votar fueron hechos que estremecieron a todo el país, acrecentados después del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el 9 de abril de 1948.

En Los cardos olvidados se narra en detalle esa violencia que asoló a este municipio huilense. Ricardo Moncaleano, cuya familia debió abandonar el poblado para salvar la vida de los integrantes, no recurre a la ficción para hacer el inventario de los crímenes cometidos a nombre de unos partidos que desde Bogotá auspiciaban el enfrentamiento armado. El conservatismo no quería perder el poder, y el liberalismo quería recuperarlo después de ser derrotado en 1946. Moncaleano afirma que todo lo narrado en el libro ocurrió en la realidad, señalando que escribe con sujeción a la verdad histórica. Valiéndose de una historia de amor, el autor va mostrando cómo se ejecutaron esos crímenes que conmovieron al pueblo, y quienes estaban detrás de ellos. Todo narrado en un estilo pulcro, pero sin la estructura de una novela.

Los cardos olvidados es una crónica novelada, escrita en lenguaje narrativo, sobre sucesos que marcaron la historia del municipio de Colombia. El romance entre Dioselina Gaitán, a quien por su belleza llamaban la Diosa, y Rosendo Maldonado, un joven apuesto que llega al pueblo para ejercer el cargo de recolector de rentas, es el hilo conductor de una historia que recoge todos los hechos de sangre ocurridos en este pueblo. Sin embargo, la estructura en capítulos cortos con título no conserva lo que Mario Vargas Llosa llama el eje narrativo, porque las historias se dispersan cuando narran hechos trágicos puntuales, como el asesinato de cincuenta liberales la noche del 12 de noviembre de 1957 en las veredas La vega de Trípoli, El Valle y Alcaparrozal, cometidos por los pájaros llegados del Tolima.

Ricardo Moncaleano hizo una investigación rigurosa para estructurar las historias que narra. Guarda fidelidad a las fechas y, al mismo tiempo, a los hechos narrados. Se advierte cuando incluye en el libro el texto completo de la diligencia del Juzgado Promiscuo Municipal de Colombia el 14 de noviembre de 1957. Ese día se procedió a realizar el levantamiento de los cuerpos de las víctimas de la masacre, donde consignan que de una de las veredas “solo quedan ruinas, pues todas las casas fueron incendiadas, algunas con sus moradores adentro. Muchos cadáveres de ancianos, mujeres y niños aparecen dispersos por doquier, muertos a bala y a machete”. El informe agrega que a muchos de los muertos les hicieron el corte de franela. En La vega de Trípoli tenía una hacienda el padre de Dioselina.

Dioselina Gaitán vive una tragedia que le desgarra el alma, que se suma al dolor de haber perdido a un hermano, asesinado por los conservadores cuando arreaba ganado de su padre. Un día llevó al novio a su casa. El viejo Arcesio Gaitán, su padre, que es un hombre acaudalado, lo recibió con estas palabras: “Usted es indigno de poner su cara donde mi hija pone los pies”. Por ser un joven pobre, Rosendo Maldonado no fue aceptado. Mantienen la relación en secreto. Decidieron, entonces, casarse a escondidas. El día acordado para la boda se aparecieron en la iglesia, armados, sus hermanos. Intentaron matar a Rosendo. Lo salvó su amigo “Pum pum”. Ante esta situación, el muchacho se quita la vida, y es enterrado en el muladar. El dolor embarga a la novia, que promete nunca casarse.

Esa violencia que vivió este municipio del Huila, que dejó más de 400 muertos, 76 viviendas incendiadas, 900 cabezas de ganado robadas y 100 fincas abandonadas, la narra Ricardo Moncaleano con fuerza descriptiva y, además, con calidad literaria. Aquí revela que un párroco aprovechó un concierto que en un pueblo vecino dio Olimpo Cárdenas para encargarle a un conocido suyo que le trajera un cajón que decía contener imágenes sagradas. Pero lo que había allí eran fusiles enviados desde Bogotá por los conservadores para que con ellos mataran a los liberales. En una carta que encuentran entre sus cosas después de que el juez que tuvo a su cargo las investigaciones muere, el funcionario de la justicia se duele de esa violencia que dejó al pueblo sumido en un dolor sin nombre.