13 de abril de 2021
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Ricaurte tras las rejas

13 de marzo de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
13 de marzo de 2021

Solo mentes perversas pueden haber dado origen a las oficinas donde se han vendido actuaciones judiciales, como que si fueran costosa joyería, atendidas por sus propios dueños y sus calanchines. Y malévola ha sido la desfachatez de su clientela, de perfumados personajillos de cierto renombre nacional, que por sus actuaciones dolosas han sido objeto de investigaciones que vislumbraban celdas y barrotes y que han pagado descomunales sumas de dinero por esa mercancía. Pero quienes han vendido sus conciencias, jueces, magistrados, funcionarios de la rama judicial con capacidad de obstruir o engavetar, son más criminales que quienes ofrecen dineros o prebendas para torcer el brazo de la justicia o para vendar sus ojos de una vez por todas, hay que decirlo sin que falte una letra.

En la Escuela de Derecho, la Facultad de la Universidad de Caldas, con sede en Manizales, donde nos titulamos, siempre nos enseñaron que no encontraría uno mayores satisfacciones en el ejercicio de la profesión como en la del ejercicio de la judicatura. Antepongo, que quien firma esta columna, no hizo parte de la rama judicial, salvo durante un corto lapso que ejerció como Fiscal del Juzgado Superior de mi ciudad natal, cuando hacia 1.964 y durante cinco años, se crearon algunos Tribunales de provincia, como Anserma y Riosucio, que terminaron su vida a raíz de la desmembración administrativa del Viejo Caldas y la creación de los departamentos del Quindío y Risaralda. Sin embargo, por en el desempeño de la Abogacía, ante juzgados y tribunales y en la administración pública, siempre me han distinguido jueces y magistrados con su amistad y acogida personal y profesional, lo que ha sido para mí motivo de orgullo y satisfacción.

Y tengo que decirlo a todos los vientos: jamás en la rama judicial de la jurisdicción de Caldas, ni por asomo, hasta el sol de hoy, supe de venalidades en el proceder ni de mercadería de sus actuaciones por parte de sus oficiantes. La Escuela de Derecho nuestra, a setenta y un años de su fundación, ha sido la veta, la mina inagotable de la ética y de la formación. Hay una obra de Jaime Enrique Sáenz, Abogado y columnista de La Patria, «Historia Judicial de Caldas», en tres tomos, a la que hay que volver, que enaltece a los jurisconsultos coterráneos. Con sus perfiles de los más destacados y la mención exhaustiva de quienes han sido jueces, honra a los ejemplares funcionarios, por su eficacia y probidad. Lo que traigo a colación, para expresar mi vergüenza y desazón, por lo que ha acontecido a nivel nacional durante la semana que termina en relación con la vapuleada administración de justicia. Que, ante la opinión pública, ha caído en índices de favorabilidad, por debajo de la rama ejecutiva y de la rama legislativa del poder público, lo que ya es mucho decir. Y que ratifica lo que predican los escépticos y los pesimistas: éste es un paisito en disolución.

Pero al insuceso a que me quiero referir, no es otro más, que a la condena que se espera, de más de veinte años de prisión, que recaerá sobre la persona de Francisco Ricaurte Gómez, a quien en mala hora lo invistieron como Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Mayor indignidad no se había visto. A este individuo, capturado y recluido, lo declaró un Juez de la República como culpable de cuatro delitos, tendientes todos a favorecer a sus clientes, reconocidos corruptos de la política y de entidades departamentales, utilizando la investidura y su cercanía con jueces y fiscales. Mercachifles infames, todos ellos, que merecen las condignas sanciones. Y que obliga una vez más, a que se vuelva a pensar, por la vía que sea más expedita, en una reforma judicial que la blinde sobre actos desmoralizantes e inicuos, que caven y corroan una vez más sus cimientos ya de por sí deleznables, en esta aciaga hora.

El inventario de lo que hay que enmendar, es inagotable. Las alarmas, una vez más, están prendidas. El maremoto de la corrupción y de la impunidad consiguiente, es asolador. Los brotes de la justicia por la propia mano, el imperio de la ley del talión, los linchamientos y los asesinatos sicariales, que presumen venganzas mafiosas, son acechanzas claras de la disolución y del menosprecio por la justicia. Si no se apaga ahora esta apocalíptica luz, que Dios nos coja confesados. ¿Será que todavía estamos a tiempo?