18 de abril de 2021
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No soy Joseph Brodsky

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
26 de marzo de 2021
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
26 de marzo de 2021

Es casi imposible cazarlas al vuelo, a no ser que el destino haga confluir en una milésima de segundo su mala suerte con nuestra rabia, lo que casi nunca sucede, o nunca. Porque esa suerte no la he tenido, ni he visto que alguien la tenga, aunque por instantes pareciera que sí: uno, o alguien, da el manotazo, o choca una palma con la otra, y mira a todos los demás complacido, a veces diciendo triunfante, ya está, lo logré, para ver enseguida cómo refulgen de nuevo esas pequeñas alitas que dan visos dorados, surgiendo unos metros más allá, como si tuviera todo el ánimo de restregarnos el hecho de que sigue viva, valiéndose justamente de ese extraño color que le permite mimetizarse con casi todo lo que hay en una habitación, y haciéndonos sentir que somos unos cazadores inútiles, que no podemos ni con una polilla (Tineola bisselliella). Luego, alguien, seguro el que tiene espíritu optimista —en todo grupo hay uno—, da un grito de guerra, convencido de que otro lance será certero. A veces ese mismo optimista es quien arremete esta vez, para desilusionarse casi de inmediato ante su fracaso, hasta que, finalmente, todos aceptamos el triunfo del animalito, pero sin declararlo, haciendo caso omiso de su existencia, casi como desconociendo que segundos antes un gesto ridículo ha puesto en entredicho las pretensiones de la humanidad entera.

Carolina instala repelentes en los armarios: bolsitas de gasa llenas de flores de lavanda, que cuelga entre vestidos y sacos, o pone en los estantes. En el patio de ropas, cuelga velas de cebo que encarga a la plaza de mercado y que hacen ver este rincón del apartamento como si se tratará de una cabaña rural de mediados del siglo pasado. Las velas son hermosas, gracias a esa forma irregular y a la vez armónica, que advierte las manos toscas del artesano.

Pero las Tineolas no les hacen el más mínimo caso a tales repelentes caseros. Ellas y su prole siguen campeando como si nada, apareciendo por cualquier sitio y sembrando algunas paredes de unas orugas diminutas de las que asoman la cabecita unos gusanos que, presurosos, salen en búsqueda de las camisetas de algodón, sus preferidas, para alimentarse hasta la saciedad y luego desarrollar esas alas doradas y tornasoladas.

Los gatos también intentan cazarlas, y también fracasan. Extraviados en su naturaleza, hemos visto cómo emiten los sonidos propios de su ritual de cacería de pájaros, intentando engañar a las polillas, que seguro ni perciben la presencia de un depredador que no puede serlo. Así que la transmutación de naturalezas no tiene efecto alguno: ni ellos cazan, ni ellas se inmutan.

El poeta polaco Adam Zagajewski, que murió el 21 de este mes de marzo, con cuya muerte la academia sueca sigue haciendo crecer la enorme deuda que tiene con la literatura al negarle el premio a escritores que lo merecen, contó en Una leve exageración que, alguna vez, en una de sus temporadas como profesor en la Universidad de Houston, recibió la visita del premio Nobel Joseph Brodsky, que se presentó en pleno verano, en el aeropuerto, vestido con traje y llevando una corbata de lana agujereada por las polillas. “Las polillas no dan cuartel a nadie”, escribió en su relato Zagajewski. El caso es que el recuerdo de Brodsky, que además en aquella ocasión aprovechó para regalarle al polaco una de sus gastadas chaquetas, concluye con la advertencia emocionada de la actitud despreocupada del primero. No damos para tanto en nuestra casa. Al más mínimo vestigio de que una prenda ha sido alimento de la Tineola, ella es retirada del armario y regalada o botada. Seguro de manera torpe, porque tal vez lo que debiéramos hacer es intentar un pacto con los insectos y que ellos acepten alimentarse de algunas prendas que destináramos para tal fin, a cambio de que no hicieran daño en las demás. Pero no hay manera, claro, de llegar al acuerdo, y sería tan antinatural como el intento de los gatos de engatusar a las polillas.

No creo sin embargo que el término para definir la actitud de Brodsky sea despreocupación, creo más oportuno emplear el de desimportizarse, que acabo de descubrir en la traducción que Jerónimo Pizarro ha hecho de un texto del poeta portugués Alexandre O´Neill, que recordaba la palabra francesa dégonfler, que podría traducirse al portugués como desimportantizar, “o, en ciertos momentos, por aliviar, aliviar a los otros, y a mí en primer lugar, de la importancia que nos concedemos”. Sí, la corbata agujereada de Brodsky era un gesto para restarse importancia, para llevar su presencia a lo justo, a lo mínimo posible. Tal como en nuestro caso logran hacerlo las polillas que somos incapaces de cazar, y que en cambio se alimentan de nuestro algodón, de manera tan natural, tan simple, y que de paso hacen que sintamos vergüenza cuando descubrimos algún agujero, justo en la prenda que llevamos puesta; por qué no soy, no soy capaz de ser, maldita sea, Joseph Brodsky, ni Alexandre O´Neill.

Manizales, 26 de marzo de 2022