14 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Por: Rafael Santander* La promesa no cumplida de Lavaperros

22 de marzo de 2021
22 de marzo de 2021
Imagen Infobae

Por: Rafael Santander*

El pasado 5 de marzo, en la plataforma Netflix, Lavaperros hizo su estreno nacional. Dos cosas me resultaron llamativas: en primer lugar que su guión fue de los escritores Pilar Quintana y Antonio García Ángel y en segundo, el regreso de los narcos al cine, cosa que no veía desde hace tiempo, y que, teniendo en cuenta el historial de estos dos autores, me hizo suponer que vería una perspectiva diferente o una subversión del narcorrelato tradicional.

El género nunca me ha interesado. Considero inapropiado, por no decir inmoral, romantizar criminales. Tengo claro que en un país todavía afectado por el narcotráfico es importante hablar del tema y hacerlo, además, despojado de romanticismo y de esa moralidad maniquea que no se preocupa siquiera por plantear la posibilidad de un conflicto con escala de grises. Quintana y García Ángel, por su historial en la narrativa me parecieron escritores apropiados para abordar de una forma más directa y madura el vilipendiado género de los narcos. Incluso estuvieron cerca de lograrlo.

En la película hay una presencia fuerte de personajes que quieren desmarcarse del narcorrelato tradicional: la empleada doméstica, los jardineros, una universitaria prepago, gente que toca tangencialmente este mundo del crimen, personajes más cercanos a los espectadores. También vale la pena destacar que personajes como don Óscar, el capo venido a menos, tiene un problema común, quiere tener hijos pero es estéril y su esposa, sin que él lo sepa, está embarazada. Por último tenemos al personaje con más potencial y que por esto mismo decepciona más que los demás: Bobolitro, el lavaperros en cuestión.

Se llama Ignacio pero todos lo tratan por el apodo. Cuida la casa y baña a los perros. Aunque nadie lo respeta nunca trata mal a nadie. Parece tener dificultades cognitivas, en su tiempo libre lee la biblia, va a misa cuando tiene descanso y su novia es una prostituta vieja. Lo retratan como la inocencia y la bondad encarnada. Insatisfechos con esta caracterización le dieron un giro: Bobolitro en el fondo es un fanático religioso de una iglesia de garaje, es más inteligente y perceptivo que los demás y, aparte, es un asesino sanguinario y sádico.

Así como crearon un personaje entrañable, nos tiraron la puerta en la cara y nos dejaron sangrando la nariz. El resplandor de complejidad que despide este personaje se apaga al final para revelarnos una caricatura más en la historia del cine colombiano. Con el mismo empeño que intentan desmarcar a los personajes, los deshumanizan luego. En un proceso de regresión creativa, los personajes que parecen legítimos deforman en cliché.

En la primera escena hay un diálogo entre El pecoso y Duberney. El primero es un mafioso de la vieja escuela y el segundo, uno joven que creció admirándolo. Desde el principio la película lo anuncia, aquí hay un cambio generacional, constantemente los personajes hablan de las diferencias entre don Óscar y Duberney. El degollamiento de El pecoso parece una promesa: “vamos a matar esos narcos viejos”. Pero la promesa de ahí no pasa.

Destaca de esta película la cantidad de escenas irrelevantes y de personajes que desfilan por la pantalla sin aportar al argumento o al tema. El ejemplo más claro es el de los dos obreros que hay al frente de la casa de don Óscar, son policías encubiertos que lo están vigilando y esa es la única información que aportan. Pero queman tiempo en pantalla como nadie más, protagonizan la secuencia de persecución menos emocionante y peor montada que he visto en años y además siguen apareciendo cada tanto, sin ningún motivo, exclusivamente a echar chistes —como comentario al margen, algunos que destacan por racistas y flojos.

La complejidad argumental de Lavaperros solicita un elenco grande. Por complejidad me refiero a la gran cantidad de líneas narrativas que componen el argumento. A continuación las menciono: la principal, la deuda que tiene don Óscar con Duberney, la subtrama del intento de don Óscar por tener hijos, la del jardinero que encuentra la caleta con los dólares de don Óscar, los ya mentados policías y, por último, Bobolitro y su locura repentina pero anticipada. Pese a haber tantos personajes y líneas argumentales, todas carecen de peso dramático.

Me sorprende que un guión escrito por dos profesionales posea estos errores de novato. Sus personajes se sienten desdibujados porque no tienen necesidades ni objetivos claros desde el inicio, sino que los adquieren o nos enteramos de cuáles son en el último tercio de la película. Las excepciones a este gazapo argumental son objetivos que no tienen desarrollo, como el de los policías, o no reciben atención, como el deseo de don Óscar de tener hijos. Por esta razón, durante gran parte de la película vemos a los personajes deambular sin mayor propósito hasta que, a partir de un punto de giro arbitrario, a todo el mundo le da por buscar la plata encaletada de don Óscar.

El clímax amarra bien las líneas argumentales y los últimos minutos están muy bien logrados, son divertidos, tensionantes y poseen un tono satírico que raya en lo absurdo. Pero este logro en términos de realización queda igualmente curtido, ya no por cuestiones argumentales sino temáticas.

En una escena hacia la mitad de Lavaperros, Bobolitro asiste a un culto cristiano. En medio de un éxtasis místico repite a gritos “Aleluya” y agita sus manos en el aire como empuñando una pistola, esto anticipa bien el clímax. El tiroteo en la iglesia del final, animado por la banda de la misa cuyos miembros parecen poseídos por el diablo es una escena osada y divertida, pero tiene un elemento que no termina de calar. Al incluir una posesión demoniaca, al sumar a su narración este personaje adicional, el diablo, los autores liberan a los personajes de su responsabilidad y agencia. Si Satanás está detrás de esta masacre los involucrados tienen cómo excusarse. Así de fácil quedan redimidos los pecados de Bobolitro y del resto del elenco. Si la premisa implícita con la que se contó esta película es que el diablo está detrás de todo el mal de los hombres, esta película no representa una contribución para el narcorrelato sino un retroceso.

Regresemos a la primera escena, la conversación entre Duberney y El pecoso. Quintana y García, responsables del guión, son voces aún frescas de las letras nacionales. En esta ocasión tuvieron la oportunidad de ser el Duberney de ese Pecoso despreciado del cine colombiano, las narcopelículas, pudieron proponer una forma alternativa de contarlas. Acá se comportaron como don Óscar, erráticos, temerosos de perderlo todo, con los días de gloria a sus espaldas, llenos de culpas, a la espera de su verdugo.

Así como el clímax de esta película exime de responsabilidad a los implicados, yo eximiré también, por ahora, a estos escritores. Supondré que hubo mano negra, tal vez modificaciones de parte de la dirección, tal vez influencia de los productores o incluso, por qué no, participación del propio diablo.

*Escritor – Realizador de Cines