19 de abril de 2021
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Juegos de niños

21 de marzo de 2021
Por Hernando Arango Monedero
Por Hernando Arango Monedero
21 de marzo de 2021
Algunos, usualmente los mismos, han puesto el grito en el cielo ante el resultado del bombardeo a un campo de bandidos en el Guaviare. Todo, porque en el bombardeo murió una menor de 18 años, y agregan que murió otra niña, también menor, en los combates subsiguientes al ataque al emplazamiento de malhechores.

Hay que decir que es dolorosa la muerte de cualquier ser humano, sin importar su condición, y es más doloroso aún que quien pierde la vida sea una persona joven, como quiera que siempre queda la posibilidad de que esa muerte sea derivada de una determinación inmadura, de la falta de reflexión de ese ser humano que apenas se asoma a la vida.

Lo que no puede pasarse por alto, es que quien se encuentra en un campamento de sediciosos tiene algún grado de compromiso con lo que en ese lugar se fragua. Es indiscutible también que los jóvenes que en esas andanzas se encuentran, son atraídos por ofertas que abren en ellos expectativas de mejores tiempos, expectativas que son, salvo muy pocas y raras oportunidades,  desconocidas por quienes aceptan formar parte de esos grupos, como quiera que los padres siempre alertamos a nuestros hijos sobre los caminos que no deben tomar para hacerse gente de bien, actitud que es generalizada a la condición de padres sin distingos de educación o clase económica, en la formación y desarrollo del instinto de protección que como seres humanos y pensantes vamos adquiriendo a través de la vida. Otros jóvenes, son arrancados de sus familias en acciones coercitivas que en determinadas regiones ejercen los bandidos y que obligan a la entrega de niños a las filas criminales de estas gentes. De esto tampoco cabe duda.

No obstante lo anterior, y reconociendo los elementos que juegan en los procesos de vinculación de los jóvenes a estos grupos sediciosos, no hay que ocultar que son llevados a las filas y allí entrenados en acciones para la guerra. Sus primeras lecciones se realizan con armas de madera simulando las verdaderas, así lo hemos visto. Y de paso se les exige disciplina militar. Luego se les entrena en el manejo de las armas verdaderas, se les obliga a sortear las dificultades que les aseguren supervivencia; entrenan a diario una y otra vez cada acción y cada movimiento. Aprenden las destrezas del combate y también a vencer el miedo a matar, cosa que en veces realizan ejecutando a sus similares en edad y de vecindario, con lo que logran, a más del objetivo, de “aprender a matar”, el amedrentarlos para que sean obedientes a las órdenes que se les imparten sin que haya lugar a disentimientos o a creatividad en la ejecución de los propósitos, porque, de no acatar las órdenes, solo les espera la muerte. Así, por las buenas o por las malas, esos jóvenes adquieren las destrezas y el valor para disparar hacia el frente y a quién ose oponerse a lo que se les imponga. Ya, para ellos, la capacidad de reaccionar, la de reflexionar, la de disentir, desaparece y dadas estas premisas se convierten en lo que el Ministro de Defensa claramente definió como “máquinas de guerra”.

Ésta, muy clara definición del Ministro, alarmó a los de siempre, los que paralelamente solicitan se informe a los sediciosos que habrá una acción bélica contra ellos para que saquen del lugar a los menores, o que, simplemente, no se realicen actividades contra estas bandas en tanto haya posibilidad de que se encuentren jóvenes con ellos y en una ataque perezcan algunos. De esa manera, podrán operar los facinerosos a sus anchas haciéndoles inmunes a la posibilidad del Estado de atacarlos.

De otra parte, duele ver a los padres y a las madres de algunos de estos niños, quienes lloran desconsolados ante su muerte, muerte que les permite acordarse de que son sus hijos, hijos que desde hace tiempo desconocen; muerte de la que culpan al Estado y muerte que hoy se suma con gran similitud a los falsos positivos del ayer, algunos de los que hoy se consideran como tales, pero que han sido ciertos positivos.

El dolor de padres y madres por la pérdida de sus hijos no hace diferencia en uno u otro caso, y sus hijos fueron, y así lo sienten, personas buenas que sólo buscaron mejores oportunidades tanto para ellos como para los suyos.

Manizales, marzo 16 del Segundo Año de la Peste.