18 de abril de 2021
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Cómo Fernando Pessoa puede cambiar su vida (Ediciones Tácitas) de Carlos Pittella y Jerónimo Pizarro

6 de marzo de 2021
6 de marzo de 2021

Por Darío Jaramillo

No hay duda de que, a estas alturas, Fernando Pessoa está establecido plenamente en el parnaso de los grandes poetas del siglo XX. Figura en una foto en donde están también Rilke, Cavafis, Eliot, Pasternak y dos o tres más. Su obra publicada hasta ahora le basta y aún le quedan reservas en un archivo no totalmente estudiado de nada menos que treinta mil documentos.

Carlos Pittella (Brasil, 1983) y Jerónimo Pizarro (Colombia, 1977) son dos de los más notables arqueólogos de esos archivos. Cada uno de ellos ha sido responsable de ediciones de libros de Pessoa. Ellos manifiestan cierta fatiga con el hecho de estar publicando libros para iniciados, es decir, estar convenciendo a los ya convencidos. Y más cuando el universo pessoano, vida y obra, es tan propicio para capturar nuevos adeptos distintos de los habituales lectores de poesía, ojalá nuevos fieles entre gente que no le interesa la poesía. Con cierto sentido negro del humor, decidieron hacer una especie de ingeniosa parodia de los libros de autoayuda, que ofrecen fórmulas milagrosas –cómo adelgazar comiendo de todo, cómo soportar al prójimo sin usted dejar de ser insoportable, hágase rico sin trabajar–, en este caso, Cómo Fernando Pessoa puede cambiar su vida: entonces cada uno de los alrededor de cincuenta capítulos tiene el mismo tipo de título; por ejemplo, “cómo escribir bajo los efectos del alcohol”, “cómo escribir poesía popular”, “cómo fabricar una bomba”, “cómo desarrollar la musculatura”, “cómo interpretar narices”, “cómo mentir con sinceridad”, “cómo no peregrinar a Fátima”, “cómo no dejarse intimidar”, “cómo profetizar la propia fama”, “cómo reinventar el fútbol”, “cómo ser el que no tuvo nada que ver”, “cómo ser un pájaro”, “cómo insultar”.

Diferentes documentos del archivo de Pessoa ilustran estas instrucciones, de modo que el libro no es sólo para leer sino para mirar las curiosidades de coleccionista maniático que acumulaba el poeta: en este aspecto la edición es impecable y es todo un goce. El resultado, con las explicaciones de los autores, con las ilustraciones, con los laberínticos e ininteligibles manuscritos de nuestro personaje, es una especie de mosaico con detalles que, vistos en conjunto, conforman un inesperado y multicolor retrato de Pessoa y de sus innumerables dobles.

Por supuesto, y en primer lugar, aparece el poeta. El poeta que, por ejemplo, le escribe coquetos versos a la amante de Aleister Crowley, un inasible personaje inglés que tenía tratos con el más allá y con el espionaje internacional de su tiempo y que aparece fingiendo un suicidio con la complicidad de Pessoa. Pues a la pareja de este señor, Pessoa le escribe versos tan dulces como

Sus pechos altos parecen
(Si ella estuviera acostada)
Montecitos que amanecen
Sin que hubiera madrugada.

Dicen Pittella y Pizarro que “uno de los motivos por los que aún existen tantos textos inéditos de Pessoa es que muchos de sus manuscritos son difíciles de descifrar: ni siquiera sabemos, a primera vista, en qué lengua están escritos (…) En ocasiones Pessoa mezclaba en un mismo poema el portugués y el latín, o el francés y el portugués”. Hay, por ejemplo, un inédito de Álvaro de Campos donde mezcla latín y portugués en el largo título, que me salto, y que después sigue magistralmente así:

¡Tranquilo corazón inútil, tranquilo!
Tranquilo porque no hay nada que esperar,
Y no hay entonces por qué desesperar…
Tranquilo… por sobre el muro de la finca
Crece lejano el olivar ajeno.
Así miré de niño otro que no era este:
No sé si fue con los mismos ojos de la misma alma.
Postergamos todo, hasta que la muerte llegue.
Postergamos todo y la comprensión de todo,
Con un cansancio adelantado de todo,
Con una nostalgia presagiada y vacía.

Entre los Pessoas desconocidos hay uno que llegó a hacerse. Se trata de una compilación de 241 proverbios portugueses que le fue encargada por un editor inglés y que nunca se publicó en su momento por causa de la guerra. Algunos de muestra: “Dios es bueno, pero el diablo tampoco es malo”, “si te haces miel, te comerán las moscas”, “Hazte buena fama… después haz lo que quieras”, “no ruegues al que ha rogado, ni sirvas al que ha servido”.

Y hay otro, más extraño al apacible Pessoa que parece predominar, que disfrazado de Álvaro de Campos ejerce el insulto como una de las bellas artes en un texto titulado Ultimátum, del que cito poco para provocar ganas de leer más: “fuera tú, George Bernard Shaw, vegetariano de paradojas, charlatán de la sinceridad (…), fuera tú, H. G. Wells, idealista de yeso, sacacorchos de cartón para la botella de la complejidad (…), fuera tú, G. K. Chesterton, cristianismo para uso de prestidigitadores, barril de cerveza a los pies del altar, adiposidad de la dialéctica cockney con horror al jabón impregnando la limpieza de los raciocinios (…), fuera tú, Yeats (…) saco de podredumbre que vino a parar a la playa del naufragio del simbolismo inglés (…), fuera! fuera! fuera! (…) Y todos los jefes de Estado, incompetentes al descubierto, barriles de desperdicio boca abajo a las puertas de la insuficiencia de la época! Sáquenlo todo de mi vista”.

Cuentan Pittella y Pizarro que, a pesar de que su biógrafo João Gaspar Simões dice que Pessoa era un borracho, “nadie que lo conociera lo vio nunca borracho”, y traen a colación el testimonio de un testigo: “Fernando empezaba bebiendo vino y más tarde pasaba al café y aguardiente. Me sorprendía la cantidad de lo que podía consumir sin cualquier efecto perceptible en su manera de hablar o en sus capacidades de argumentación”.

Si hay un rasgo común, una marca genética compartida entre Fernando Pessoa y sus heterónimos, ésta es el sentido de la paradoja, siempre como una proporcionada carga humorística como para demostrar que habla en serio. Un inconcluso ensayo sobre Goethe comienza así: “que venga a escribir sobre Goethe alguien que, como yo, no conoce el alemán, y que por lo tanto no ha leído a ese autor en su lengua original, puede parecer, y en cierto modo es, esa especie de osadía a la que por mayor distinción cabe el nombre de atrevimiento. Como, sin embargo, sabios e ilustres teólogos, que la opinión consagra y la Iglesia a veces canoniza, hablaron largo y tendido sobre Dios con un conocimiento todavía menor, y con menos estudio del original, mi atrevimiento, de practicarse, tendría un numeroso acompañamiento histórico, honorables precedentes intelectuales y, de ese modo, justificación suficiente”.

A Pessoa le interesan ciertos saberes nada prestigiosos en un universo pretendidamente racionalista y cientifista en el que la verdad la pronuncian los dómines de las ciencias experimentales. Por ejemplo, la microsofía, ciencia de lo minúsculo. Y planeaba tratados sobre frenología, fisiognomía, grafología y quirología. Por ejemplo, Pittella y Pizarro encontraron entre sus papeles anotaciones sobre la nariz, más propiamente cómo debe ser la nariz de un poeta. La numerología, esa otra ciencia religiosa, de la cual era devoto, le sirvió a Pessoa para descubrir relaciones ocultas entre el año de su nacimiento y el destino de Portugal; y también para descubrir que él mismo sería poeta famoso en el año 2198. Por otra parte, hablando de otros asuntos, Pessoa inventó varios juegos de mesa que, inclusive, llegó a ofrecer a comerciantes en el ramo.

Hay más: “de los 136 autores ficticios inventados por Fernando Pessoa, uno era pájaro: el ibis, un ave egipcia”. Un pájaro que, además, llegó a escribir poemas. Y entre los 136, hay poetas que escriben en portugués, pero también hay material en inglés y en francés. Se sabe que tenía muchos diccionarios y que construyó varias lexicografías, entre ellas, un antepasado del Diccionadario, que él llamó diccionario loco que lleva el siguiente epígrafe: “los diccionarios normalmente aburren; no éste”. De ahí saco la siguiente definición: “Unidad: una cosa dividida en una parte”.

Termino con dos frases pessoanas: “me esfuerzo mucho en no ser la misma cosa por más de tres minutos”, “en la prosa el ritmo no existe; en la poesía el ritmo es”.