8 de marzo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

La mala fortuna de Fortunato

18 de febrero de 2021
Por Jaime Jurado
Por Jaime Jurado
18 de febrero de 2021
Fortunato Gaviria con su esposa, Adriana Gutiérrez

Por Jaime Jurado

Después de casi tres años por fuera del país, del cual me había ausentado “por motivos de salud”, regresé a Colombia a comienzos de 1991. Volví cargado de ilusiones en el nuevo clima político creado alrededor de la Asamblea Nacional Constituyente. Como el optimismo es una enfermedad incurable, creía que el exterminio de la Unión Patriótica estaba cediendo y que a pesar del ataque de las fuerzas oficiales a Casa Verde, sede del alto mando de las Farc que aún formalmente seguían en tregua con el gobierno, la situación en general estaba mejorando.

Sin embargo, muy pronto la dura realidad se impuso crudamente. En primer lugar continuaba implacable el genocidio contra lo que quedaba del movimiento al cual pertenecía. Luego sucedió uno de los hechos más lamentables a mi retorno: el secuestro, seguido poco después por el cruel asesinato, del joven político Fortunato Gaviria Botero,  quien fuera el gobernador de Caldas por la época de mi desempeño como diputado de la UP. Los múltiples crímenes contra miembros y dirigentes del partido, entre ellos amigos entrañables como Luis Alberto Cardona, concejal de Chinchiná y Bernardo Jaramillo, candidato presidencial me habían llegado a lo más profundo y dejado un sello indeleble tanto en mi exilio como en mi regreso. De hecho,  la muerte de Gaviria,  por las circunstancias tan dramáticas como se produjo, así como por lo que pude conocer de él mientras ejerció como primera autoridad ejecutiva del departamento, me impactaron tan profundamente que hacen que hoy, al cumplirse 30 años de su partida conserve fresco su recuerdo y honre la memoria de quien considero un gran caldense que en su vida breve alcanzó a granjearse el aprecio de sus coterráneos.

Hace 28 años fue asesinado Fortunato Gaviria

Fue impactante saber que a un hombre justo y fraternal con sus trabajadores lo eliminó una banda liderada por el administrador de su finca y que cuando fue reconocido e increpado por el rehén y era cercana la presencia de elementos oficiales que iban en búsqueda del secuestrado, al criminal no le tembló la mano para ordenar su asesinato. La indignación es mayor al saberse que la víctima no murió en el acto sino desangrado luego de una prolongada y solitaria agonía, y que su cuerpo, todavía con signos vitales, fue tapado burdamente con hojas, ramas y tierra, como si quisieran enterrarlo  en vida.

No conocí directamente cuál fue la relación de Fortunato con su verdugo, pero varias facetas que le conocí me permiten suponer que su trato con él debió ser cordial o por lo menos enmarcado en el respeto y el cumplimiento estricto de sus obligaciones como empleador. Digo esto porque a raíz de mis relaciones con él como gobernador, dialogamos sobre las causas de la violencia, señalando que entre ellas estaban la pobreza, el desempleo y la injusticia social. Cuando le señalé que un elemento importante era la actitud de los poderosos, ratificó esa opinión y reconoció que era un aspecto importante que había visto en experiencia directa cuando otros propietarios de tierras en la región en la que tenía finca le reprochaban por pagar el salario mínimo legal y afiliar a los trabajadores a la seguridad social, acusándolo de estar “tirándose la zona” con esa conducta.

Dos hechos más me verificaron la sensibilidad humana del personaje. En una ocasión, cuando le solicité que nombrara amigos míos me respondió con franqueza que a pesar de su alto cargo, los puestos oficiales estaban comprometidos con los partidos y parlamentarios que lo apoyaban. Agregó que le quedaba más fácil colaborarme con obras que beneficiaran a sectores en pobreza extrema y así se hizo con unas comunidades marginadas que no tenían saneamiento básico. Otra vez, me preguntó en privado cómo estaba mi seguridad, a lo que le respondí que mal, dado que me había sido retirado el escolta del DAS que sin vehículo y apenas con arma corta me acompañó durante un mes. Su respuesta fue que mientras se resolvía esa situación me facilitaba el acompañamiento de uno de los dos guardaespaldas personales que lo custodiaban. Aunque no le acepté su generosa oferta, agradecí el gesto y más bien le pedí que intercediera ante los mandos del Batallón Ayacucho en agilizar el trámite de compra de un revólver, gestión que se venía dilatando al grado de que la documentación se había “embolatado” varias veces. Accedió muy solícitamente y envió una carta a la comandancia. Por cierto, en forma dramática me di cuenta de que el porte de ese adminículo no serviría de mucho porque cuando fui a reclamarlo, el entonces subcomandante de esa guarnición, un mayor de estatura elevada y porte marcial que llevaba en la parte posterior de la cintura una gran pistola que sin duda ya formaba parte de su ser y de su personalidad me dijo: “por la carta del gobernador tuvimos que venderle un revolvercito, doctor, pero usted va a necesitar es metralleta”.

Seguramente estas modestas líneas se quedan cortas ante la dimensión de una figura democrática, heredero de la tradición de liberalismo social y tolerancia que le transmitieron sus mayores, un colombiano que podría haber aportado mucho más a la paz y reconciliación nacional si a edad tan temprana la guadaña de la violencia no hubiera segado su existencia.

In memoriam Fortunato Gaviria Botero(Manizales, 24 de mayo de 1952-Pereira, 17 de febrero de 1991)