18 de enero de 2021
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Una visita a la Casa Museo García Márquez No es la casa mítica de “Cien Años de Soledad”

Por José Miguel Alzate
4 de enero de 2021
Por José Miguel Alzate
4 de enero de 2021

 

No es la misma casa inmensa que Gabriel García Márquez describe en Cien años de soledad, ni la misma que Úrsula Iguarán mandó a ampliar con el producto de la venta de bombones, que fue reinaugurada con la presencia de los diecisiete hijos que el coronel Aureliano Buendía dejó regados en la Costa Caribe, nacidos de diecisiete mujeres diferentes. Es una construcción restaurada por el Ministerio de Cultura que, con una inversión superior a los dos mil millones de pesos, conserva apenas algunos rasgos de la casa original. Declarada Monumento Nacional mediante decreto 480 del 13 de marzo de 1996, está ubicada a dos cuadras de la plaza principal de Aracataca, en una calle desolada que viene de la estación del tren, denominada Avenida Monseñor Espejo.

Por los tiempos en que ocurrió la Masacre de las Bananeras, debió haber sido una construcción sencilla, de una sola planta, con paredes hacia la calle, con puertas y ventanas de madera, con muchas piezas, no la casa con un antejardín bien cuidado y sin puerta de entrada, con un acceso a su interior adornado de flores, como es ahora. Jaime García Márquez, el hermano del novelista, que trabaja en la Fundación para el Nuevo Periodismo, me dice que no conoció cómo era entonces la casa, porque él nació en Sucre, y cuando llegó a Aracataca para conocerla la vivienda estaba en ruinas. Me remite entonces a su hermana Aida para que me diga cómo era la casa donde Luisa Santiaga Márquez tuvo al hijo novelista. Y ella, el alma llena de recuerdos, la describe.

La casa donde nació García Márquez era entonces una vivienda inmensa con un corredor largo, en madera, con piezas a lado y lado, que llegaba a un patio grande donde se levantaba el castaño que sirvió para amarrar al patriarca de la estirpe cuando la familia pensó que estaba loco. La cocina, al final del corredor, era en paredes blancas, sin las vigas que ahora exhibe ni los vidrios que le acondicionaron para llenarla de luz. Enseguida quedada el comedor, que tenía un arco grande, con una mesa inmensa donde todos se reunían para escuchar las historias que contaba el abuelo Nicolás Ricardo Márquez. Historias que despertaron en el nieto la pasión por contar cómo sus antepasados fundaron Macondo, y cómo Aureliano Buendía se fue a pelear en la Guerra de los Mil Días.

El terreno de la vivienda tiene unas dimensiones sorprendentes. Observándolo, el turista deduce que la casa debió haber sido inmensa, tal como la pinta García Márquez en Cien años de soledad. Habitada por una familia numerosa, tenía el espacio suficiente para recibir la visita de las 72 compañeras de Aida en el convento de Medellín cuando llegaron a pasar vacaciones en Aracataca. El novelista cuenta que, como entonces no había baños, las necesidades fisiológicas las hicieron en igual número de bacinillas. El hecho fue real, según cuenta Aida García Márquez. El patio es el mismo desde donde Remedios la bella ascendió al cielo mientras le ayudaba a su abuela Úrsula a tender las sábanas.  El mobiliario, sin embargo, no es el original.

¿Qué cambia con respecto a la casa actual? Los pisos son en cerámica. El turista que haya leído Cien años de soledad se puede preguntar cómo se originó el estropicio que con su presencia descomunal causó José Arcadio cuando regresó a la casa después de muchos años de ausencia. García Márquez narra el regresó del hijo que se fue detrás de una trapecista del circo como un suceso que estremeció los cimientos de la vivienda por el portento de hombre en que llegó convertido después de darle la vuelta al mundo 35 veces, viviendo de hacer felices a cientos de mujeres insatisfechas. El piso actual no hace pensar en la posibilidad de un estremecimiento de la casa por el peso del cuerpo, ni en el susto de Amaranta cuando sintió sus pasos camino a la cocina.

Aunque el cuarto donde se hospedaban los guajiros, que queda en el patio trasero, conserva el aire que el novelista le imprimió, hay sitios que no enseñan la verdadera casa que el lector conoce en la novela. Por ejemplo la pieza donde el gitano Melquíades se encerraba a descifrar los manuscritos, y donde el coronel Aureliano Buendía, en su decrepitud,  se dedicó a transformar monedas de oro en pescaditos del mismo metal. Da la sensación de que es demasiado pequeña, y de que allí no cabía todo el berenjenal de cosas que debía haber por los tiempos en que el gitano Melquíades llegó a Macondo trayendo los últimos inventos “de los sabios alquimistas de Macedonia”. No es un espacio como para tener allí el daguerrotipo de que tanto se habla en la novela.

El corredor de la begonias, que es un referente a todo lo largo de Cien años de soledad, no conserva la autenticidad. Es un simple jardín cubierto por un parasol grande que no le dice nada al turista. El cuarto donde Amaranta Úrsula se encerró a tejer la mortaja con que quería que fuera vestida Rebeca cuando muriera no tiene ese aire de intimidad que se advierte en la novela. La cocina no conserva la dimensión de la que Úrsula Iguarán ocupaba para batir los 32 huevos con que todas las mañanas hacía el pan. Tampoco aparece la alcoba mítica donde la matrona vivió los últimos años, ya ciega. Ni la pieza donde dormían Aureliano y José Arcadio cuando éste último se volaba en las noches, a escondidas, para irse a la cama de Rebeca.

La Casa Museo García Márquez, que por la pandemia este año no fue visitada por tanto turista como en años anteriores, no interpreta la esencia de la casa grande que aparece en Cien años de soledad. El comedor es pequeño para una vivienda que, como dice el escritor en uno de los textos exhibidos en su interior, era una casa lunática convertida en referente de todo un pueblo. No se presiente en su interior el alma de esa mujer de voluntad férrea que impuso el orden, ni el espíritu de Rebeca comiendo tierra en el patio. Mucho menos el ruido de los huesos que una de sus moradoras trajo en un talego cuando llegó de Barrancas, y que fueron empotrados en las paredes para evitar los ruidos extraños que, según Úrsula, producían rodando por ahí.  Es una casa con un aire renovado.