8 de marzo de 2021
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Esos amigos que se ha llevado el coronavirus

21 de enero de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
21 de enero de 2021

Hace diez meses, cuando empezó esta pandemia, nadie pensó que íbamos a despedir hacia el más allá a personas que nos han acompañado en el transcurrir de nuestras vidas. Al principio no creíamos que este virus que salió de la población china de Wuhan para sembrar el miedo en todo el mundo pudiera tocarnos. Cuando se encendieron las alarmas de la Organización Mundial de la Salud todos mostramos preocupación. Y ante las medidas de los gobiernos ordenando un confinamiento general de la población muchos señalaron que no era para tanto. Hubo quienes dijeron que eso no era más que una gripita. Hoy, cuando el número de muertos como consecuencia del coronavirus pasa de los dos millones, nos hemos dado cuenta de que podremos morir si no nos cuidamos.

La realidad de que podemos encontrar la muerte si nos contagiamos con el Covid-19 ya nos está tocando. Pensamos que únicamente se iban a morir los ancianos, esas personas de más de ochenta años que ya habían cumplido su misión en la tierra. Pero nos hemos dado cuenta de que cualquiera es vulnerable ante esa enfermedad. Sobre todo cuando vemos partir hacia la eternidad a amigos de toda la vida, llenos de salud hasta el momento de ser contagiados por el virus, con quienes compartimos en Aranzazu o nos acompañaron en momentos importantes de nuestra existencia. Hace diez meses no se nos pasó por la mente que nos tocaría despedir, sin poderlas acompañar en sus honras fúnebres, a personas cercanas al corazón por el lazo de la amistad.

Hoy nadie puede decir que no le ha tocado sentir en carne propia el dolor de ver partir a un ser querido, o a un amigo, o a un vecino o a un compañero de trabajo. Yo he despedido ¡quien lo creyera! a siete amigos. Esta semana se fueron tres: Octavio Zuluaga Torres, Alfonso Hoyos Aristizábal y Marino Rivera Serna. Hablo solo del coronavirus. Porque otras enfermedades se han llevado, en tiempo de pandemia, varias personas cercanas a mis afectos. Esos siete amigos que se ha llevado el coronavirus no tenían dolencias que hicieran pensar en su pronta desaparición. Eran seres humanos alegres, con confianza en la vida, entregados a sus familias, esperanzados en ver crecer a sus nietos. Pero el Covid – 19 se los llevó. El maldito virus no tuvo compasión con sus familias.

¿Quiénes son esos amigos que se ha llevado el coronavirus? Todas personas de bien, excelentes ciudadanos, hombres de principios, padres de familia que lucharon por levantar unos hijos, varones que tuvieron un norte claro en la vida. Que Ignacio Alberto Gómez Alzate, un líder con sensibilidad social, iba a partir como consecuencia del Covid – 19, nadie se lo imaginó. Tenía, además de juventud, vitalidad física y sueños para cristalizar. Quien me dio la noticia de su muerte ese sábado fue Octavio Zuluaga Torres. Con voz compungida, que parecía ahogársele en la garganta, sin ocultar su tristeza, me lo dijo por el celular. Y agregó algo que me dejó preocupado: “Tenemos que cuidarnos porque este virus va a causar dolor en millones de familias”.

Cómo iba yo a pensar que ochenta días después de Octavio Zuluaga Torres darme esa triste noticia la victima del coronavirus iba a ser, precisamente, él. Que el amigo que un mes después del fallecimiento del exdiputado me citara a la Cafetería Mi país, en la plaza de Bolívar, para comprarme el libro “Historias de un pueblo encantado”, fallezca dos meses después, causa un dolor enorme en el corazón. Cuando el médico Héctor Uriel López, de la Territorial de Salud, me dijo que había sido llevado a la UCI de la Clínica San Marcel, sentí un estremecimiento en el alma. No creía posible que una persona vigorosa, todavía joven, con la alegría a flor de piel, fuera doblegada por un virus. Duele la muerte de Octavio Zuluaga Torres. Era un ciudadano ejemplar y un líder cívico comprometido con su pueblo.

¿Quiénes fueron los otros cinco amigos que se llevó el coronavirus? Ciudadanos íntegros, padres entregados a su hogar, hombres laboriosos. Todos de Aranzazu. De ahí mi relación con ellos. Porque el paisanaje tiene para mí un sentido especial: haber asistido a la misma escuela, haber frecuentado los mismos sitios en la infancia, haber conocido a las mismas personas, haber recorrido las mismas calles, haber respirado un mismo aire y haber asistido a misa en la misma iglesia. Es esta la razón por la cual me duelen tanto sus muertes. José Helí Carvajal, Santiago Velásquez Gómez, Silvio Serna Meza, Alfonso Hoyos Aristizábal y Marino Rivera Serna dejan un vacío inmenso. En Aranzazu estos fallecimientos han causado tristeza. A sus familias les envió públicamente mis condolencias.