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El terremoto nos cambió el rumbo

24 de enero de 2021
Por Armando Rodríguez Jaramillo
Por Armando Rodríguez Jaramillo
24 de enero de 2021
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Cada 25 de enero nos llega un aniversario más del terremoto del Eje Cafetero en 1999 y que causó una enorme cicatriz en Armenia y otros municipios.

Sin embargo, una cosa es recordar momentos felices y evocar fechas memorables, y otra muy diferente es rememorar instantes que crisparon el corazón y dejaron su impronta en los que lo vivimos, muchos con pérdidas de seres queridos, detrimentos patrimoniales y lesiones imborrables en cuerpos y almas.

Por mi parte, aquellos momentos los sentí intensamente, ora desde la necesidad de proteger a mi familia, ora desde mi responsabilidad como gerente de Empresas Públicas de Armenia, ora desde las manifestaciones de compasión y solidaridad entre amigos y desconocidos. Pero no voy a caer en la tentación de narrar con detalles lo que me encontraba haciendo minutos antes del sismo, ni lo que posteriormente me sucedió, pues las historias de vida de aquellos días son innumerables y todas tan humanas y personales, que una más no hace la diferencia.

Sin embargo, a 22 años de aquel día he reflexionado sobre la Armenia de antes y después del terremoto. Al esculcar entre un montón de documentos me topé con algunas fotos de la ciudad de finales del siglo XX y las comparé con la urbe actual observando dos poblados parecidos y dos metrópolis diferentes de las que se me dificulta hacer juicios de valor, pues la carga emocional es enorme y pesa bastante.

Armenia hoy
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Por aquellas calendas escuché que las tragedias eran una oportunidad para catapultar a las regiones que las sufrían por los significativos recursos que recibían para la atención de la emergencia y la financiación de la reconstrucción, inversiones que de otro modo jamás llegarían.  Esta tesis peregrina hizo que muchos vieran en el terremoto un evento portador de desarrollo que debía ser aprovechado para hacer lo que no se había hecho. Era como si luego de sufrir aquel remesón, debiéramos sentirnos privilegiados. ¡Vaya paradoja!

Pero este argumento no es más que un sofisma. Claro que nos llegaron miles de millones de pesos que nunca habíamos tenido, claro que se reconstruyeron algunas infraestructuras y se construyeron otras, claro que la ciudad de hoy es una urbe muy diferente a la de hace dos décadas, pero sería irresponsable y atrevido afirmar que el progreso de la ciudad se debe a las inversiones del Forec (Fondo para la reconstrucción el Eje Cafetero), pues no cabe duda que siempre será más eficiente y rentable, desde el punto de vista social y económico, construir sobre lo existente que hacerlo sobre lo devastado.

Así que por un instante echemos a volar nuestra imaginación y especulemos sobre cómo hubiese sido la Ciudad Milagro de no haber sucedido el sismo de 1999. Ahora comparemos esta ficción con el presente, con la realidad de Armenia a la fecha. El juego consiste en superponer un escenario imaginado con uno real, teniendo en cuenta que el primero sería producto de múltiples supuestos y el segundo es uno, pero sometido a múltiples interpretaciones, lo cual complejiza el ejercicio mental.

Este tipo de confrontaciones, nada fáciles, invitan a reinterpretarnos y a proyectarnos. No voy a compartir mis pensamientos sobre este dilema, lo que si voy es a expresar un par de ideas generales. La primera es que ni los territorios ni las ciudades ni la sociedad ni las personas precisan de tragedias para tener oportunidades, pues estas son hechos extraordinarios y catastróficos que causan profundos daños y traumatismos que jamás compensan las ayudas y donaciones recibidas. La segunda es que hubiera sido más rentable para la ciudad y sus habitantes mejorar el urbanismo y la infraestructura que tenía, conservar el patrimonio arquitectónico amén de los patrimonios personales y, de paso, mantener productiva la economía, que afrontar una reconstrucción que jamás subsanó las pérdidas físicas ni el impacto en el sentimiento colectivo.

De ahí que, si cotejáramos la ciudad que tenemos con la que pudiéramos tener de no haber sucedido el terremoto, definitivamente coligo que a pesar de las millonarias inversiones para rehabilitarla, Armenia sufrió una cuasi parálisis en su dinámica de la que apenas se recupera dos décadas después, lo cual es evidente si se la compara con Pereira y Manizales, dos urbes vecinas a la capital del Quindío que acusan similar historia y evolución y que fueron levemente afectadas por el sismo de marras. Las ciudades citadas sobrepasaron a Armenia, en parte, porque crecieron y progresaron sobre el impulso que traían mientras que la nuestra tuvo que hacer un alto para reiniciar con lentitud su dinámica social, económica y urbana luego de trasegar por un tortuoso proceso que más pareció una refundación.

Obvio que a estas consideraciones habría que sumarle otras que algunos han tratado con profundidad en los últimos años, me refiero a las deficiencias en la reconstrucción del tejido social, las falencias en la reactivación económica y el dañino efecto de la politiquería y los politicastros que todo lo corrompe.

Este es un bache del que apenas estamos saliendo con muchos aprendizajes, aciertos y desaciertos, pero que sin duda trae consigo el renacer del espíritu que intuyó el poeta salamineño Tomás Calderón cuando escribió en una de las estrofas del himno de Armenia lo siguiente: Gloria a ti pueblo indómito y fuerte,/ que con fraternal juventud/ vas venciendo el olvido y la muerte/ en pos del futuro, bajo el ancho azul.

@arj_opina