8 de marzo de 2021
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El camino ancho

21 de enero de 2021
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
21 de enero de 2021

El engaño es el camino ancho. Sus laderas son amplias, y su tránsito empieza ligero, pero los días lo hacen difícil hasta convertirse en un sendero tortuoso que indefectiblemente conduce al precipicio. Pero ello nunca ha disuadido al ser humano de alejarse de él. Desde el origen hicimos de la traición la fuente primaria de un beneficio personal que viene acompañado, por lo general, de un egoísmo excepcional.  Otras especies hacen de la honestidad su sello y sólo se mimetizan bajo situaciones excepcionales de evidente peligro. Nadie supone que es ficción cuando pequeños cachorros corren por nuestra casa y mueven felizmente su cola al acercarse a nuestros brazos, o cuando los astutos felinos se deslizan sigilosamente entre nuestros pies para demostrar su amor en medio de un ronroneo que acaricia el alma, ni cuando las fieras del campo que exhiben su ferocidad ante la inminencia de un taque. En su lugar el ser humano ha hecho de la mentira su mantra.

Como especie hemos apadrinado la falacia, premiamos la argucia, festejamos las felonías que dan ventaja y exaltamos los disfraces que cubren la sinceridad de las intenciones. Para algunos, pocos por fortuna, resulta sencillo disimular, ocultar verdades, traicionar la confianza y engañar con palabras arteras que tienen por objetivo mantener en las sombras lo que debe resplandecer bajo la luz. Estos ladinos saben que en las tretas está su destino y sobre ellas se mueven como peces que nadan en un turbio estaque sobre el cual erróneamente confían su futuro. Semejantes personajes se presentan en nuestra vida de muchas formas, a veces difíciles de reconocer. Cuando la fortuna sonríe, llegan a nuestras costas bajo la figura de cortesanos aduladores que saben manejar la palabra, que conocen su poder y lo usan sin miramientos, que aman los adjetivos altisonantes y los repiten para elogiar incansablemente a su víctima hasta que ésta se convence de la veracidad de sus farsas. En otros momentos, los traidores cubren sus propósitos con las sábanas del amor pues saben que bajo ellas las preguntas desaparecen y la confianza se afirma. Utilizan las caricias, los besos, las miradas furtivas o los encuentros pasajeros para simular una cercanía que tiene otras intenciones, menos nobles, pero que les representará réditos seguros en un futuro próximo. También existen los mitómanos profesionales, aquellos para quienes la verdad resulta tan esquiva que deben eludirla inclusive en los aspectos más simples de la existencia. Con ellos nunca se sabe.

¿Cuán fácil es mentir? Depende de quién dé la respuesta. Seguramente le será fácil a quienes se ven reflejados en estos rápidos ejemplos, los que han reconocido la traición como una la esencia de su ser y saben que cada amanecer deben crear un engaño nuevo para cubrir el artificio del día anterior. Pero nuestra condición humana no siempre es oscura. Destellos de sinceridad llegan a la mayoría para iluminar el camino errado, para llenarse de coraje y valentía, y enfrentar la vida con la posibilidad de mirar a los otros de frente porque en sus ojos no existe nada que ocultar. Son ellos quienes realmente viven en libertad y en paz, porque saben que, sin importar las circunstancias, siempre estarán listos para continuar sin flaquear.

Transitar el camino estrecho, aquel que no nos permite matizar grises, el que nos exige actuar siempre con rectitud, algunas veces no resulta fácil pero siempre será la decisión correcta. Sin atender las consecuencias, su final siempre estará cubierto por la seguridad de la certeza y nos dará la tranquilidad de un sueño en paz, “Porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mateo 7:14).

Decir la verdad requiere valor, astucia, coraje y comprensión absoluta que hemos obrado bajo el cielo de la transparencia. Solo entonces podremos recitar el siguiente verso del poeta León de Arroyal: “Sacrosanta verdad, virtud divina, / del mundo aborrecida y desterrada, / este pequeño don, que te destina / mi lealtad, recibe; y si te agrada, / puesto que ingrato el siglo te abomina, / y pretende dejarte desarmada, / para que en algún modo te defienda, / de mi laúd te hago humilde ofrenda. “

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