8 de marzo de 2021
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Por Jorge Elilécer Triviño Barba jacob: un corazón atribulado (II)

24 de enero de 2021
24 de enero de 2021
Jorge Eliécer Triviño, autor

“Hambre y gloria, eso me dieron en mi patria”, diría en una carta, a su amigo y poeta, Juan Bautista Jaramillo, pero él esperaba otra gloria, la que no se le concedió totalmente en vida. Como muchos otros genios, solo se reconocería su valor cuando dejó de existir.

Y hay días en que somos tan fértiles, tan fértiles,

como en abril el campo, que tiembla de pasión:

bajo el influjo próvido de espirituales lluvias,

el alma está brotando florestas de ilusión.

 La segunda estrofa, nos concientiza acerca del poder de la fertilidad, que nos emparenta con la naturaleza, al compararla con la fecundidad de ella en el mes de abril, cuando la lluvia hace su aparición y fecunda poderosamente, y en que el alma nuestra se inflama de ilusión.

Es bien sabido que la humedad es la expresión misma de la vida, y que allí donde hay agua, la vida se manifiesta exponencialmente; entonces las semillas se afirman en el suelo materno; abren sus ramas como brazos y se elevan luego, en búsqueda de los rayos de la luz solar; producen flores y finalmente fructifican y derraman sus semillas de nuevo; igual acontece con nuestra alma: se llena de alegría frente al milagro del florecimiento y el reverdecer; ante el vuelo de las aves y sus cantos; ante el movimiento armónico del agua y la fuerza de las rocas; ante el perfume de las flores y sus hermosas formas: ¡ante el poder de la vida!

Tercera estrofa:

Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos,

como la entraña obscura de oscuro pedernal:

la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.

 Aquí, el poeta, ausculta y descubre en sí mismo, que hay una sombra que nos arrastra hacia la oscuridad, hacia las entrañas del mundo abisal, del que brotará luego la luz, pues al frotar el pedernal, la luz surge majestuosa. Intuye, tal vez que la oscuridad oculta la luz, como la tempestad oculta el rayo.

 “la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas,

en rútilas monedas tasando el Bien y el Mal.”

La noche misma—, concluye el bardo—, contiene pequeños lampos de luz, en su vientre, y hace posible la generación de consciencia, pues ella es propicia para la meditación y para el hallazgo de respuestas a nuestros interrogantes.

Cuarta estrofa:

Y hay días en que somos tan plácidos, tan plácidos…

(¡niñez en el crepúsculo! ¡Lagunas de zafir!)

que un verso, un trino, un monte, un pájaro que cruza,

y hasta las propias penas nos hacen sonreír.

En este fragmento, el poeta, se desliza por estados más divinos que humanos; al encontrar que también en el alma se translucen instantes de elevada comprensión acerca de lo divino que duerme en cada acontecer de la naturaleza: en un crepúsculo; en el agua en estado de quietud, donde se refleja la fuerza del color en todo su esplendor; en que encontramos la razón de ser de nuestras tristezas y en que comprendemos que tras la pasión, se esconde lo numinoso y etéreo, lo puro, lo diáfano y lo sutil y en el que la magia de la vida, predomina en su espejo divino.

Quinta estrofa:

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

que nos depara en vano su carne la mujer:

tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer.

Este fragmento, nos traslada a esos momentos en que no quisiéramos saber de los placeres que nos brinda una mujer con sus atributos físicos, en que ni siquiera la perfección de la naturaleza y su analogía con lo sensual, lo erótico y el sexo, nos atrae; antes, desearíamos ocultar de nuestra vista la belleza de Venus del Milo.

Sexto cuarteto.

Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,

como en las noches lúgubres el llanto del pinar.

El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,

y acaso ni Dios mismo nos puede consolar.

En este fragmento, el poeta, comprende que todo el peso del dolor, le abruma y que no puede soportar la angustia de la existencia.   Quizá en uno de esos instantes que sufrió el embate del hambre, del abandono, de verse solitario en algún rincón y de no encontrar una solución a su situación. ¿En qué aislados lugares estaría, sin hallar una mano amiga que le socorriese? ¿en qué antro oscuro? ¿en qué caverna? ¿a quién clamaría sin encontrar un eco a sus dificultades?   No lo sabremos. Es un misterio que quedará para siempre irresoluto. Solo la divinidad comprendió cuánto fue su sufrimiento.

Y para finalizar su extraordinaria oda a la vida, la séptima estrofa —magistral, sencilla y trascendente— de la que podemos decir, es un cierre con un final perfecto que nos emparenta con el genio que tras su leve trascurrir por la vida, nos dejó la indeleble impronta y una visión más perfecta de nuestro tránsito vital.

Mas hay también ¡Oh Tierra! un día… un día… un día…

en que levamos anclas para jamás volver…

Un día en que discurren vientos ineluctables

¡un día en que ya nadie nos puede retener!

 Un viento ineluctable, lo empujó a retornar a su tierra, a contemplar a sus seres queridos, a sus amigos predilectos, a ver la tumba de su abuela; pero también a sufrir el abandono en la ciudad de Bogotá, donde contrajo la tuberculosis que le produciría posteriormente la muerte, en la ciudad de México; en un aposento en las calles de López, número 98 acompañado del poeta Rafael Delgado Ocampo, su esposa, de la señora Margarita de Araújo, y del periodista Armando Araújo.

Como diría de sí mismo, en su poema autobiográfico y testamentario, Futuro:

Decid cuando yo muera…(¡y el día esté lejano!):

soberbio y desdeñoso, pródigo y turbulento,

en el vital deliquio por siempre insaciado,

era una llama al viento…

 

Vagó sensual y triste, por islas de su América;

en un pinar de Honduras, vigorizó el aliento;

la tierra mexicana le dio su rebeldía,

la libertad, su fuerza…Y era una llama al viento.

 

De cimas no sondadas subía a las estrellas;

un gran dolor incógnito vibraba por su acento;

fue sabio en sus abismos, —humilde, humilde, humilde—

porque no es nada una llamita al viento…

 

Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,

que nunca humana lira jamás esclareció,

 y nadie ha comprendido su trágico lamento…

Era una llama al viento y al viento la apagó.

 

El pasado 14 de enero, se cumplieron 79 años de su muerte. Debemos celebrarlo, dando a conocer a las nuevas generaciones su eximia obra.