3 de marzo de 2021
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Por Jorge Eliécer Triviño Barba Jacob: un corazon atribulado (I)

17 de enero de 2021
17 de enero de 2021
Última fotografía del poeta Porfirio Barba Jacob, en 1942, pocos días ante de morir en México. Después de recorrer varios países del continente, el autor de la Canción de la vida profunda falleció en el abandono.

Por Jorge Eliécer Triviño

El 14 de enero de 1942 falleció, a las 3:10 de la madrugada, el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, quien estaba afectado de tuberculosis —uno de los poetas colombianos de pensamiento más universal— y quien naciera el 29 de julio de 1883, en la ciudad de Santa Rosa de Osos. Fue un hombre que sufrió los embates de un destino bastante duro consigo mismo, pero que —sin la menor duda— templó su ser poderosamente y le hizo comprender el misterio divino de la vida.

Su poesía, plena de comprensión de los distintos estados del alma: tristeza, alegría, dolor, plenitud y arrobamiento frente al misterio de la vida, anonada nuestra mente por la elevada comprensión que alcanzó el poeta, como ser humano. Bien es sabido que las almas simples, alcanzan estados de elevación y entendimiento de temas trascendentales. A las almas simples, les está dado tal privilegio.

Barba Jacob, estuvo en la ciudad de Manizales, después de haber permanecido fuera de Colombia por muchos años. El último país que había visitado fue Perú. Un capitán que había leído sus versos, le trajo hasta Buenaventura. Pasó luego por la ciudad de Cali, y posteriormente, su gran amigo Juan Bautista Jaramillo Meza, le dio albergue en nuestra ciudad.

Silvio Villegas, Aquilino Villegas y su biógrafo Juan Bautista Jaramillo, prepararon una lectura de poesía el día 13 de mayo de 1927, en los salones del círculo del comercio. Le acompañó un grupo selecto de asistentes, quienes le refrendaron con cálidos aplausos. Permaneció aquí por treinta días, disfrutando de la hospitalidad y de las viandas que le prodigaron.

Marchó posteriormente, para el departamento del Quindío y prosiguió hacia la ciudad de Bogotá —sin dinero y con privaciones de alojamiento—. Allí elogiaron y alabaron a su poesía, pero no al bardo, y tuvo que dormir a la intemperie. Esto le provocó una afección bronquial, por lo cual fue internado en un hospital de la capital.
Un poco recuperado de la afección, se fue para su tierra Antioquia, hasta Santa Rosa de Osos, luego para Yarumal y al final para Angostura. Visitó la tumba de su abuela Benedicta, ante la cual lloró. Luego, fue a ver a Ricardo y a Julia, en Yarumal.

En 1907, había escrito su hermosa: Parábola del retorno, una elegía llena de encanto, de nostalgia y de belleza sin par, donde habla de Ricardo. Transcribo cuatro estrofas de tan magistral poema, que aprendimos de memoria, gracias a un profesor de castellano, y que recitamos frente a nuestros compañeros de secundaria, en el Instituto Universitario de Caldas.

PARÁBOLA DEL RETORNO

Señora, buenos días; señor, muy buenos días…
Decidme, ¿es esta la granja la que fue de Ricard?
¿No estuvo recatada bajo frondas umbrías?
¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un pinar?

El viejo huertecito de perfumadas grutas
donde íbamos…donde iban los niños a jugar,
¿No tiene ahora nidos, y pájaros, y frutas?
Señora, y ¿quién recoge los gajos del pomar?

Decidme, ¿ha mucho tiempo que se arruinó el molino
y que perdió sus muros, su acequia, su pajar?
Las hierbas, ya crecidas, ocultan el camino.
¿De quién son esas fábricas? ¿Quién hizo puente real?

El agua de la acequia, brillante y fresca y pura,
no pasa alegre y gárrula cantando su cantar;
la acequia se ha borrado bajo la fronda oscura,
y el chorro, blanco y fúlgido, ni riela, ni murmura…
Señor, ¿No os hace falta su música cordial?

Este poema, lleno de nostalgia, de encanto, de belleza y de dulzura, tocó las fibras más profundas de mi corazón, pues yo vivía en las afueras de la ciudad, rodeado de durazneros, guayabos, dalias, lirios, rosas, jazmines y dos hermosos brevos. Cerca de mi casa, varios riachuelos, cantaban dulces sonatas al chocar con las piedras. Esa poesía alimentaba mi alma, sedienta de espiritualidad; además había tenido una abuela paterna que vendía rosas, dulusogas, moras, yerbabuena, limoncillo y otras ramas preciosas, en el barrio Chipre.
Tiempo después, otro profesor de castellano, nos narró la siguiente anécdota del poeta Porfirio, que quedó también grabada en mi mente juvenil. Decía, que mientras estaba alojado en la casa de un sibarita; decidió —un día— irse de allí, y tomando algunos libros para él, le dejó una nota que decía: “Me llevo sus libros, porque usted no los entiende. Y sepa que vale más en la vida el oro del sonido, que el sonido del oro”

Esta historia llena de sabiduría, me haría comprender la magnitud del poeta, y luego, me di a la tarea de allegar más información acerca del poeta; y fue de esa manera, como obtuve varios libros biográficos; empero hay una obra, que a mi parecer, dejó una honda huella en la literatura colombiana, latinoamericana y mundial:
Canción de la vida profunda, un poema realmente universal como quiso lograrlo durante su corta y productiva vida.

Hoy —cuando miro hacia atrás—, encuentro que esa poesía ya no pertenece a los colombianos; corresponde a la humanidad su sentido magnífico, su sentido estético, y sin duda; en él quedó plasmado un instante supremo de elevación de su alma, al comprender la vida de esta manera.

Su construcción de siete cuartetos, perfectamente estructurados, con una secuencia lógica y con una concatenación perfecta, corresponde a un canon universal. La medida septenaria con que fue construido el universo según las diversas teogonías, incluyendo la cristiana. El epígrafe de Montaigne, sobre la levedad de la existencia del ser humano, busca en el fondo, que meditemos sobre la corta duración de nuestra vida.
¿Qué es la existencia nuestra en el planeta azul, el planeta del amor? Si viviéramos un siglo, ¿Qué es este tiempo, comparado con los miles y millones de años de nuestro sistema solar, o con la duración de las estrellas y de las galaxias? ¿alcanzan siquiera a ser millonésimas de segundo con respecto a ellos? Por supuesto que no. Es apenas un micro sueño en el infinito universo. Inicia el poema así:

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar.
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

Esta primera estrofa, nos induce a meditar sobre la fragilidad de nuestra existencia, la que él mismo experimentó al verse impelido a salir de nuestro país, y ser arrastrado como una veleta o como un vilano de cardo, a vagar por el mundo, y a sufrir en tierras extrañas; y en las que unos pocos le brindaron afecto sincero. Pero en estos dos versos finales, expresa un anhelo íntimo y profundo—, y posiblemente premonitorio—:
Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.
La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar.

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