3 de marzo de 2021
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Artesanos de cultura

6 de enero de 2021
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
6 de enero de 2021

I – DOS LECTORES Y UN FLÂNEUR

El joven periodista, que es también escritor muy agudo y ahora está de profesor, además de examinar los libros de la biblioteca, suele mirar las colecciones de revistas y los periódicos y publicaciones viejas que conservo en mucho desorden. No sé por qué guardo muchas, pero siempre creo que fue o es por algo. Lo bueno es que le gusta preguntar por ellas, en especial por las de Manizales, o de Caldas, y como mira siempre el “staff”,  apunta su curiosidad  en  los nombres, en quiénes son o eran. Es cuando vienen de inmediato a mi mente algunas personas, que conocí por circunstancias diversas siempre relacionadas con la actividad histórica y cultural.

Entre varias publicaciones el visitante toma un ejemplar de Carta de los Andes, Órgano de difusión de la Unión de Escritores y Artistas de Caldas “UNEART”. En el No. 1, del Año 1,  Enero –Febrero 1996. Me pregunta si todavía existe esa asociación, en qué consistía, si pertenecí a ella, etc. pero es en la lista de los responsables donde encuentro esos nombres admirados por mi por su labor sin contraprestación, callada, con la que contribuyeron y que otros siguen, a mantener viva esa llama que ha iluminado a Manizales por sobre todos su eclipses.  Rogelio Marulanda Gómez figura como director. Rogelio murió creo que en enero de este año 20, y la noticia me la dio  Manuel, su hermano, porque sabe de mi aprecio por ambos, pero menos de  la valoración en la que los he tenido. Se les veía caminando juntos, asistiendo a conferencias y actos culturales, pero especialmente leyendo. Las veces en que entraba a una biblioteca pública, hallaba allí a los hermanos Marulanda, enfrascados en la lectura de un libro. Impertinente pero admirado, los interrumpía para saludarlos y curiosearles la obra  que los concentraba.

Antes de conocerlo, a Rogelio Marulanda lo leía  desde hacía  años, sabía que era salamineño y me gustaba el carácter recio de su escritura, un poco más rebelde o más revolucionaria en otros tiempos. A Manuel, lo conocí en el Instituto Agustín Codazzi. Hasta en la menos difundida de mis disertaciones públicas, estaban allí presentes, los primeros. Mi gratitud, conmovida, me hizo sentirlos más próximos.  Rogelio dirigió otras publicaciones o participo en ellas, en Salamina, en  Aranzazu, donde acompañó a Eliud Osorio en Atalaya (1965),  periódico que duro varios años en esa población. En los últimos años, sus colaboraciones en la Voz del Lector en La Patria, atraían por su  exposición crítica en franca y clara prosa. Porque eso fue Rogelio, un lector. Como pocos. Su amigo Elceario de J. Arias, hizo un noble retrato de su personalidad y su amor por la sabiduría.

De Carta de los Andes, que anunciaba  periodicidad bimensual, poseo los dos primeros números. Ignoro si sacaron más. Pero en esa docena larga de gestores vinculados a la Unión, ahí nombrados, hay unos nombres que vale la pena rescatar de un ingrato y transitorio olvido. Uno muy querido por los manizaleños relacionados con el arte, la literatura y hasta la política, Francisco José Ruiz R. conocido como Pachito Ruiz. En actividad permanente, caminando por las distintas calles de la ciudad, no había acto significativo que no contara con su presencia. La firmeza indudable de sus convicciones nos parecía que no conciliaba con la bondad de su corazón. Pero ambas lo definían dentro de su admiración por todo lo inteligente, con su puntillosa crítica clara y sin malicia y la caballerosidad de su trato. Un personaje entrañable que aflora de vez en vez en una conversación que evoque nuestro  ambiente cultural de los años finales del siglo XX. 

II – EL SERVIR CIVICO Y HUMANO

Es en estos mismos años, se  veía en una permanente búsqueda, en un constante preguntar e investigar, a Álvaro Atehortúa Carreño. Hacía periodismo, especialmente musical y comentaba artistas, voces y presentaciones de antes y de su tiempo. Dos lustros por lo menos, los dedicó a reconstruir mental e históricamente, el origen, la significación, los espectáculos y las emociones de la obra de arte arquitectónico que fue el Teatro Olympia, inaugurado el 8 de mayo de 1930. En 300 páginas resume la “vida, pasión y muerte”, de un símbolo que en parte representó la grandeza de la ciudad y su  altura intelectual y artística, como su desaparición lo fue también de su decadencia. “El Gran Olympia” (1999) fue un libro que no tuvo la difusión merecida, quizá por el sentimiento de culpa de la clase dirigente manizaleña, o porque los nostálgicos empezaban a escasear, o por desinterés histórico, o precisamente por ese contraste de épocas que acentuaba  el declive. Un libro con el que Álvaro sirvió con creces a su ciudad, al rememorar su pasado, que explica por qué fuimos lo que fuimos y somos lo que somos.

Tanto Álvaro como su hermano Antonio Atehortúa figuran entre los “asistentes” de la publicación mencionada.  Con éste tuve menos trato, pero nunca supo con cuanta admiración y respeto lo saludaba al verlo cada vez en su apostólica dedicación a las personas solas y a las de mucha edad, en la casa de la calle 31, la que durante años les dio refugio, solaz,  compañía y amor, a quienes ya nadie se los ofrecía, por ausencia o indiferencia. Conocía una por una esas vidas vividas y cuando se le preguntaba por alguna de esas personas que allí habitaban, daba cuenta de ella, enalteciéndola. Esa clase de personas que procura a otras su tiempo, su apoyo, su interés y sobre todo el sosiego necesario cuando éstas  van ya sobre los bordes del existir, pertenece a una categoría humana que me inspira reverencia.

Me era antes y me es ahora imposible disociar a estos hermanos del ámbito familiar de  Leticia Atehortúa de Bermúdez. El ánimo de servir de esta generosa anfitriona, conversadora placentera y amable, que tuvo casa abierta  a  la inteligencia, a la excelencia humana,  a los entusiasmos de todas las artes, sin más jerarquía que la de su receptividad siempre a punto, se anuda a un  fervor cívico del que fue encarnación práctica don José M. Bermúdez. En todo lo emprendido para el progreso de la ciudad, la atención alerta y la mano dadivosa de don Jota, respondieron prontas. La medalla del civismo honró su pecho con justicia y gratitud. A Leticia la conservamos todavía lúcida y animosa para privilegio de sus amigos. Heredera de esas virtudes, Beatriz Clemencia Bermúdez desarrolla desde hace años una labor cultural, social y pedagógica en el K. 41. Tiempo antes me acompañó con su solícita curiosidad y sobre todo su matizada voz, en el programa radial Caldas Ayer y Hoy que pretendió hacer viva y presente la historia regional. Buena parte de su éxito se debió  a ella y a su abierta capacidad de admirar.

A propósito de publicaciones, vale recordar que don J.M. Bermúdez, no solo contribuyó en el Concejo, o con los terrenos de la Plaza de Toros, sino también al periodismo manizaleño, con Unión Liberal,   un periódico que fundó en la década del 40, cuya valiosa colección guarda celosamente su familia. Y  en el año cincuenta, periodistas y funcionarios estuvieron mirando en su compañía  los lotes que estaban adyacentes a la Plaza y escogiendo los  para el barrio del gremio, “que nunca se realizó”.