3 de marzo de 2021
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«Quisiera ser el diablo»

18 de diciembre de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
18 de diciembre de 2020

Que hay una mentalidad todavía machista en la cultura colombiana,  manifiesto en lenguajes musicales o cotidianos, en conversaciones y relaciones entre hombres y mujeres,  no cabe duda. Que es una tradición de años, de un siglo quizá, puede ser, aunque respondía a otras concepciones que diferían de las nuestras. Que el abajamiento en los términos, en los vocablos, en las letras de las canciones, en las conductas  y en el mismo trato interpersonal,  se ha  naturalizado y difundido en ciertos ambientes,  que eran inconcebibles  en las generaciones anteriores, también. Que es necesario el cambio de esa mentalidad, de los lenguajes y los actos que la traducen, es una tarea sobre la que hay que tomar conciencia y que nos incumbe a todos. ¿Cómo? No sé si existe una investigación, una fórmula, un método,  un cometido  y si son únicos.

Adriana Villegas no hizo proposición alguna ni en su escrito en el diario La Patria, ni la ha hecho en sus varias declaraciones a otras publicaciones. Por eso, al menos a este lector, le dejó dudas su lectura, las que  aumentaron con sus ampliaciones explicativas en otros medios. De ellas  se desprende que fueron el lema y la campaña que por azar vio en un video de Unicef,  los que la decidieron a poner el oído, grabar, y denunciar en su periódico el canto de un pelotón de los reclutas del Batallón Ayacucho de Manizales, porque “casualmente” al rato salieron a trotar y a cantar. Esa “casualidad” tan abierta, deja sin saber si era la de que salieran esa noche, de que cantaran lo que cantaron, de que ella estuviera en su casa justo en ese momento, de que los escuchara con atención, motivada por el mensaje que casualmente vio  ese día festivo, y como no le gustó lo cantado,  se propuso hacer lo que hizo y decir lo que ha dicho.

Que “el vecindario entero lo oyó”, no sabemos si es un supuesto suyo o cómo lo estableció y comprobó y si igual se quejó, la escogió de vocera o ella lo motivó. Es probable que sus vecinos los oyeran, supongo, como se oye llover, o como por la mañana  ella dice, los oye barrer. Deja a oscuras si en cinco años de vecindad es la primera vez que los soldados salían a cantar mientras trotan o lo hacen todas las noches, o solo los días de fiesta, si cantan las mismas letras y si  los vecinos que tienen niños pusieron con ellos la misma  atención y manifestaron parecido rechazo. En lo que sí fue clara y franca la señora Villegas, es en que institucionalmente motivada, describió una  percepción  personal (de ella y su hija): “lo que oímos no nos gusto”. Y por su disgusto como vecina con ese canto en particular, lo denunció en los medios como mujer y periodista.

No hay ninguna duda de que los términos usados en el canto por los jóvenes reclutas son feos, vejatorios, agresivos. Imposible no aceptarlo. Sin embargo no entendí la relación entre la anécdota de los señores y los niños que según ella trasmitió el video de Unicef, la letra del canto de los reclutas que trascribió vocablo por vocablo y  la alusión a los delitos y hechos barbaros por los que se investiga a soldados y a “integrantes del Ejército”.

Por las reacciones de quienes aplaudieron y apoyaron la columna, en bloque, de Adriana Villegas, de que el ejemplo que los de las expresiones machistas daban a sus hijos, lo debieron aprender en su paso  por el servicio militar en el que, conjeturan, corearon letras parecidas. Y que inducidos por textos de ese jaez, es que han cometido violaciones o han sido sindicados de cometerlas algunos soldados. La columnista llega hasta la temeraria conclusión de que no se trata de “casos aislados”. Pudo ser también casualidad, o coincidencia o su propia olfato de la coyuntura política, el que escogiera publicar su artículo en un momento en el que el respeto a la institución armada, por faltas propias o atribuidas a determinados integrantes, sufre mengua. Y el meter en la misma bolsa a los que por allí pasaron, a soldados y a generales,  mas su convicción de que “el lenguaje crea realidades” como reflejo pavloviano, impidió sorprendernos de la repercusión que obtuvo, y de que la mayoría de los mensajes de apoyo cargaran un  tinte antimilitarista, y el feminismo beligerante creyera tener el culpable de la violencia contra las mujeres y el feminicidio.

El que a estas probables inferencias no les haya hecho distingos ni puesto el más leve matiz en las entrevistas  en que ha  ampliado  el tema, ni haya aludido a ninguna otra letra, ni a otro grupo o a otro cantar, o a otros lugares u otros tiempos, nos obliga a creer que la señora Villegas, ha vivido y vive en una torre de cristal a la que no llega ninguno otro ruido exterior aparte de los que entran a su cuarto desde un video, con su anuencia, o de los que hace un grupo de soldados con un coro en el que solo cantan para ellos, desde la renuente y más inmediata vecindad.

De los centenares de canciones que en nuestro remoto  pasado, mediato o inmediato y en el presente, contienen letras que cierto feminismo radical las puede hoy considerar ofensivas, se podría hacer una muy larga lista. A la música popular latinoamericana la ha caracterizado un  contenido violento. No pude menos de recordar aquella que todavía se escucha, se corea y se baila, que estuvo tan de moda en los cincuenta y sesenta del pasado siglo: Quisiera ser el diablo / salir de los infiernos / con cachos y con cola / el mundo a recorrer / llevar en mi carrera / mujeres mal casadas / y viejas habladoras / a los infiernos arder. Si no te arrepientes vieja / de seguro que te pesa / te cojo de las mechas / y te arranco la cabeza.

La violenta crueldad literal de los dos últimos versos, es espantosa.

Una minuciosa investigación en la crónica roja de esos años y los que siguieron, en los que en verdad se han dado muertes de mujeres incluso decapitadas, y en ella se aplicara la hipótesis de doña Adriana y su escuela, quizá nos revelaría cuántas o cuales  de esas fueron incitadas por esta canción que se les atribuye a Hernando Mejía Vanegas y Maximiliano Ardila, y la relación de estos con las mujeres, ah, y con su servicio militar, etc. por lo que su predicado o predicación pasaría a ser teoría. De lo que nos consta a los de mi generación y las posteriores,  solo producía subrayadas entonaciones, sonoridades instrumentales, risas, alegría y movimientos agitados.