3 de marzo de 2021
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Lo trágico (3)

8 de diciembre de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
8 de diciembre de 2020

A los jóvenes de esta época les gusta el reguetón, ritmos y géneros similares. A los adultos, casi no, y a los muy mayores, hasta les desespera. Las razones son obvias. Pero en las comunas de Medellín, escuché, puse atención, y me familiaricé con el rap. En los altos de Cazucá, en Soacha, en barrios habitados por familias desde diez o más años antes, de los que las alcaldías no tenían idea como en Barrancabermeja, o como otro en  Cartagena, en el que ninguna persona distinta a los que allí vivían, había entrado o salido de él en quince años y que a la llegada nos observaron como inquietantes forasteros –eran tiempos de terror-, y días más tarde, nos despidieron masivamente como alentadores hermanos.

Fue  en estos y lugares similares, cuando pude admirar que las letras del rap, tenían una poesía, dura, vivida, dolida y sangrada, crudas historias y muchos mensajes.  Sociales o políticos, más grito reprimido que protesta, y que piden, sobre todo, que los miren.

No me cabe duda que es la juglaresca contemporánea. Como los mesteres medievales, con los excesos, pero sin sus goces, de los monjes novicios en sus peregrinajes que nos describieron tanto Bocaccio como Chaucer, que nos mostró en el cine Passolini, y  que musicalizó Carl Orff en Carmina Burana.

En cinco años, es de creer que la periodista Adriana Villegas, vio y se detuvo, no lejos de su casa, a escuchar a los raperitos y raperitas que con bastante frecuencia se convocaban a competir, con jurados entre ellos, en el patio de enfrente  de la Facultad de Arquitectura,  al comenzar la noche. O lo ha hecho alguno de sus colegas. O más de uno de sus estudiantes de comunicación, si es que no son protagonistas, además.

El rap es a veces un monólogo, y con frecuencia es dialogado, y a medida que emulan, casi siempre respondiendo al otro, yendo más allá, las letras son más bruscas,  insultantes, agresivas, machistas, obscenas, golpeando verbalmente al otro, siendo rápido en la réplica, rimando con ingeniosos repentismos. Es una conversación  de ritmo monótono, en la que se trata de convencer, en la que se reconoce a otro o a otros. Esos duelos verbales,  que por puro azar también  he visto en La Sultana, o en Aranjuez, o en otros barrios populares, son el lenguaje de unas tribus urbanas, con distintas expresiones en los diferentes ámbitos, apreciable en las comunas populares y entendible en su propio espacio, que se debe tratar de conocer y explicar.

No me queda duda de que el canto de los soldados del  Ayacucho, rechazado y propalado esta vez por una periodista, tiene todos los elementos de  un rap. Original de ellos o de los que los han precedido, es forma suya de hablar, de  transmitirse seguridad, de hacerle fieros a la soledad, de ponerle espantos a los recuerdos, al miedo. Compiten en valor, con el enemigo todavía  imaginado, pero cierto. Son palabras obscenas, violentas, no hay duda. Son propias, no ordenadas. Deben rechazarse, pero más, y primero, entenderse.

 

Aunque pasajera su estadía y muy pocos siguen en la carrera militar, es el estar allí, a la espera de lo que saben  posible, no cuándo ni  adonde. Ese ja ja de las rudas estrofas, es el misterio del placer trágico, que no tiene nada que ver con crueldad ni con  sed de sangre y menos con misoginia, como afirma Edith Hamilton al explicar el teatro esquiliano. Cita a Nietzsche en que se trata de su reafirmación de la voluntad de vivir ante la faz de la muerte y la alegría que no cesa,  así confirmada.

Con  la helenista me pregunto, sobre la extraña capacidad que poseen las letras que entonan, de presentir el sufrimiento y la muerte  de tal manera que  exaltan y no deprimen. Parecido al marco en el que actúan los personajes de Esquilo,  sucede con buen numero de estos muchachos, en que  son trágicas sus procedencias, las situaciones que dejaron, las zonas donde podrán estar, y el mismo azar de sus destinos. Los de los soldados, son los coros de su tragedia personal.