20 de abril de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

HEREJE

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de diciembre de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
4 de diciembre de 2020

Nunca pretendió defender la calidad, ideología o validez de la Constitución Política de Colombia de 1886, pero fue uno de los críticos iniciales de la Constitución de 1991, por la plena convicción que tenía de que los problemas sociales, de violencia y económicos del país no se arreglaban con la expedición de una nueva Carta y paradójicamente le encomendaron el deber de defenderla y lo hizo de la mejor manera, al punto que se convirtió en uno de los grandes y mayores maestros de su lectura, de su aplicación, de su comprensión y de su contenido para construir un tejido social con menos diferencias abismales entre los ciudadanos. No fueron pocos los que consideraron que llevarlo al cargo de defensor de la guarda e integridad de la Carta, era un error, por esas opiniones que había expresado durante el proceso constituyente y cuando se diera el resultado final de ese trabajo de reformulación de un país a través de un nuevo marco jurídico.

No lo llamaron hereje por ir en contravía de lo que pensaba inicialmente de esa Constitución, sino por las muchas ideas expresadas en su pensamiento normativo que se fue construyendo en favor de causas ciertas en búsqueda constante de la garantía de los derechos fundamentales, en los que en más de una ocasión se alejó en forma radical de las tradiciones que intentaban la confusión de lo espiritual con lo pragmático, en una síntesis que era más el producto de muchos años sometidos a conductas nacidas desde una moral religiosa, ajena completamente a lo que es la norma jurídica. Esa distancia se tomó desde el mismo proceso constituyente y la ausencia de consagración de una religión como oficial, ya fue un paso claro de definición de linderos entre el Estado y la religión, aunque a última hora alguien logró la introducción en el Preámbulo de una invocación divina que no identifica un dios en particular, de los muchos que predican quienes son adeptos de creencias y convicciones. Una frase que está a manera de complemento en la redacción, pero que no regla comportamiento determinado para nadie. Simple: alguien dijo que en el nuevo texto había la ausencia de dios y era necesario introducirlo, aunque fuera de manera inane, como finalmente quedó.

Esa denominación podía ser un buen título para un gran reportaje en el que de alguna y muchas maneras se contara su vida, afortunadamente medio perdido en la carátula del libro que lo contiene, por un mal diseño gráfico de la imagen de la publicación, que termina defendiéndose con la foto en transparencia de modificaciones en la coloratura del personaje, que para la gente de hoy es fácil de identificar y seguramente para las gentes de muchos tiempos de ahora en adelante, como que llegó a constituirse en un hombre de trascendencia para poder entender el país que ahora se vive y el que se quiere construir. De alguna manera el título de la obra se pierde en ese diseño de confusas combinaciones de colores, así como el de la autora y el coautor, lo que pierde importancia cuando se aborda el contenido, que es una profunda, seria y extensa investigación que la reportera hiciera durante mucho tiempo, sobre ese ser que admiraba (para escribir sobre alguien se le debe admirar, si es lo contrario el texto no pasará de ser un panfleto lleno de malas emociones) tanto y de quien llegó a ser cercana, con la cercanía profesional que demanda cuando se intenta un ensayo biográfico, como puede ser calificado finalmente el reportaje.

En esas 288 páginas, con un suplemento en papel satinado de 38 páginas con fotos de la vida del entrevistado, queda la imagen clara de la persona, del profesional, del estudioso, del lector (antes que nada), del dirigente, del hombre de pensamiento claro y conceptos precisos, dueño de una gran memoria y sabedor de tanto y tanto que fue dejando en sus expresiones en lo que de alguna manera decía, conforme a los medios de que dispuso en los distintos escenarios en que se movió.

Una de las novedades bibliográficas de finales de año, que ha tenido una magnifica acogida entre el público por el amplio conocimiento que del protagonista se tiene. Los lectores le han dado acogida a esa obra que permite conocer un poco más de la vida de un hombre de Estado, de un hombre de ideas firmes y convicciones ciertas, de un pensador en el mejor sentido de la palabra, de un profesor en todos los espacios, pues los maestros cuando hablan siempre lo hacen en tono de enseñanza, aunque así no se lo propongan, de un ser lúcido hasta el último momento de su existencia, que se agotó en medio de deficiencias pulmonares que lo venían aquejando de años atrás y que finalmente le cobraron su sentido del deber, al haber concurrido a responder por dos conferencias que tenía pactadas en su agenda en Bogotá, a donde no debió acudir, pues la altura y el frío sabaneros le facturaron de manera apresurada. No le era extraña la capital de la República, pues en ella desarrolló gran parte de su obra, pero el estado de salud de ese momento no era el más aconsejable para exponerse a esos factores climáticos. Su sentido del deber y su estricta ética personal se impusieron sobre consideraciones médicas.

Siempre habló de pie, en todos los espacios, y esa vez, en su última charla el 11 de marzo de 2015, en el Gimnasio Moderno, ante muchachos a punto de graduarse como bachilleres, habló de la “Educación para la democracia”, haciéndolo sentado tras un escritorio, en tono bajo y pausado. Esa conferencia puede verse en YouTube. Terminada la conferencia, sólo le quedaban veinte días de vida, sin que fuera un propósito el dejarse morir, pero el agravamiento de su estado de salud se hizo irreversible, por más cuidados que le prodigaron los médicos y los centros asistenciales. Se fue de la existencia a los 77 años de haber nacido en Sopetrán, en Antioquia, dejando un pensamiento jurídico que es guía esencial de cualquier estudiante y/o estudioso del Derecho, porque es entender esta ciencia como un factor cierto de desarrollo social y no la simple generación de límites y recortes a la libertad.

El gran reportaje sobre la vida de Carlos Gaviria Díaz, con el título de “El hereje Carlos Gaviria”, es la obra de la periodista antioqueña Ana Cristina Restrepo Jiménez, graduada de la Escuela de Periodismo de la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín, con especialización en periodismo urbano y un magister en ciencias humanas de la Universidad EAFIT, de la que actualmente es docente y además dirige un programa cultural de la Emisora de la Cámara de Comercio de Medellín, habiéndose desempeñado como columnista de varios medios escritos. En la obra colabora, con un análisis desde lo meramente jurídico y su trayectoria en este campo, el analista Santiago Pardo Rodríguez, quien demuestra el pleno conocimiento de esa trayectoria admirable de un pensador independiente, que por liberal siempre fue clasificado como de izquierda, sin que ello correspondiera a una etiqueta de su agrado, pues siempre su compromiso fue con la libertad plena y en ello solamente se obligan los liberales. Lo que pasa es que hablar de liberales hoy día en Colombia es tanto como hablar de compromisos y deberes burocráticos que se permutan a cambio de ideas, si es que alguna vez las han tenido. Las ideas de Carlos Gaviria Díaz siempre fueron de liberal y las defendió en donde estuviera y el costo de eso era que lo llamaran izquierdista, tampoco llegó a renegar por esas calificaciones y clasificaciones.

El libro de muy agradable lectura, deja la sensación inicial de estar leyendo un texto biográfico, lo que termina por desvirtuarse on el estilo no ajustado a los cánones de la biografía como texto histórico, por el manejo de los tiempos, la mezcla de situaciones y circunstancias, que llevan a entender que antes que nada se trata de uno de los mejores reportajes que se han escrito en los últimos tiempos en Colombia, lo que es apenas lógico si se toma en cuenta que se trata de una ya experta periodista, con una formación académica que la ha convertida en una gran lectora.

Esta faceta de la autora es lo que de alguna manera permite entender la fascinación de la periodista con el personaje. Es una gran lectora que quiere saberlo todo de un extraordinario lector, como fue Carlos Gaviria Díaz. Siempre les dijo a sus cuatro hijos que no les iba a dejar dinero, pero si les dejaría sus libros, que a la hora de su muerte no era posible reunir en un espacio residencial, mucho más si se toma en cuenta que eran tres bibliotecas de un solo dueño. La de su casa, la del apartamento en Medellín, rentado exclusivamente como sitio de acumulación de libros y de lectura en silencio y a solas y la de su apartamento en Bogotá, donde residió a partir del momen to en que fue designado como Magistrado de la Corte Constitucional, sin que la familia se hubiese trasladado de domicilio con él. Vivía solo en Bogotá. Visitaba a su familia los fines de semana en Medellín o ellos iban a Bogotá, especialmente su esposa María Cristina Gómez, pero ese era un espacio de acumulación bibliográfica y de lecturas reposadas. Ya muerto su padre, la familia se reunió y entendió que no tenían espacio para esas bibliotecas en un solo lugar, por lo que decidieron que cada uno de sus miembros se quedaría con algunos libros, los escogidos por cada quien, y el resto se donaría a su razón de ser de siempre: la Universidad de Antioquia, donde durante toda su vida fue docente de la Facultad de Derecho, en las asignaturas de Introducción al Estudio del Derecho y Filosofía del Derecho, Decano de la misma Facultad y Vice-rector del claustro. Allá se encuentra esa colección de miles y miles de libros, en un recinto bibliotecario que ahora lleva su nombre. La periodista autora del ensayo no fue más que una lectora persiguiendo por muchos años a un gran lector. La lectura y los libros fueron la razón de vivir de Carlos Gaviria Díaz.

Por las páginas del libro va desfilando el muchacho nacido en Sopetrán, aficionado a leer desde siempre, que llegó a Medellín para cumplir su ciclo educativo y se gradúa como abogado de la Universidad de Antioquia, con la que va formando una serie de lazos inquebrantables que lo llevan a ser su docente al muy poco tiempo de recibido y permanecer allí teniendo esa, su vocación de educador, como la forma de vida, pues apenas si ejerció la profesión como Juez Promiscuo Municipal de Rionegro, por unos pocos años. Una vez descubierta su vocación de maestro, no se despegó de ella y jamás llegó tarde a una clase o se excusó de asistir. Era el maestro que en su área lo sabía todo, que antes que tener interés en transmitir conocimientos, lo que le importaba era enseñar a pensar a los alumnos. Y los obligaba a pensar con los ejercicios y las constantes lecturas de muchos filósofos pero especialmente de Wingestein y de Russell, por quienes profesaba una verdadera admiración. Sus clases eran deliciosas y en ellas se aprendía mucho, pero las evaluaciones eran para poner nerviosos a los más valientes. Pocos, muy pocos eran quienes aprobaban sus asignaturas, por los altísimos niveles de exigencia en las calificaciones. Quien no pensara jurídicamente no aprobaba. Todos lo sabían. Le temían. Pero todos querían ser sus estudiantes y muchos de ellos llegaron a ser sus competidores, como el caso de su alumno brillante y confrontador Álvaro Uribe Vélez, con quien se disputó la Presidencia de la República en el año 2006, cuando con Carlos Gaviria Díaz la izquierda colombiana logró el segundo lugar en los resultados electorales de la primera vuelta, que fue la definitiva, pues por el porcentaje obtenido por el ganador no hubo necesidad de la segunda. Y también tuvo alumnos que llegaron a ser sus grandes amigos y compañeros de investigaciones y posiciones claras en defensa de la Constitución de 1991, pero muy especialmente de los Derechos Fundamentales allí consagrados.

De los muchos espacios en que se movió Carlos Gaviria Díaz, el más cómodo para él fue la Academia. En ella empezó. En ella terminó. Fue lo último que hizo veinte días antes de no poder seguir respirando, porque la neumonía lo agredió de manera final. Igualmente fue un espacio cómodo y de servicio general el cargo de Magistrado de la Corte Constitucional, a la que llegó contra todo pronóstico, pues pocos daban por cierto que pudiera ser designado, incluso él mismo, que cuando el 1 de diciembre de 1993 obtuvo los votos necesarios en el Senado de la República, no daba crédito a que ello pudiera ser cierto. En la Corte, de la que llegó a ser su brillante Presidente, se fundó en sus ideas liberales de toda la vida y en la breve (pero muy profunda) huella dejada en ese seno en la Corte provisional de 1992, por el doctor Ciro An garita Barón, el primer maestro que comenzó a enseñar a los colombianos cual era la nueva hoja de ruta social que se había adoptado en 1991, por una Asamblea Nacional Constituyente que por primera vez, en la historia del Derecho Colombiano, era el producto de un proceso democrático, como que las demás Cartas, comenzando por la primera de 1821, fueron el cumplimiento de órdenes autocráticas que se redactaban como acatamiento de instrucciones desde el ejercicio del poder del gobierno.

Y en los espacios en que menos comodidad pudo percibir fueron los políticos. Luego de haber cumplido su período constitucional de 8 años en la Corte, dejando sentencias que siguen marcando el desarrollo del Derecho en nuestro medio, como las de la dosis personal de estupefacientes, la interrupción voluntaria del embarazo en determinadas circunstancias, el derecho a morir dignamente, el derecho a los servicios públicos como fundamental, no simplemente colectivo etc, le propusieron que encabezara una lista al Senado de la República por un movimiento social de fuerzas concurrentes. No fue fácil convencerlo. No le gustaba la forma de hacer política en Colombia. No se sentía capaz de hacer promesas falsas o tontas a los electores. No se sentía capaz de comprometerse sino con aquello que efectivamente pudiera cumplir. No se sentía un buen político. Lo convencieron contra sus propios argumentos y encabezó esa lista que finalmente obtuvo la octava votación nacional al Senado, con mucho más de cien mil votos, depositados en toda la geografía nacional, sin haber distribuído un solo peso, sin tamales, sin refrescos, sin transporte el día electoral, sin dadivas, sin promesas vanas. Se sorprendió, pero se entusiasmó por lo mucho que podría servir en el Congreso a quienes más lo necesitan. Ese entusiasmo le duró poco, cuando comenzó a vivir la realidad de lo que es el Congreso de la República, donde todo está pactado, todo está arreglado, todo está definido desde antes de debatirse y votarse. Se aburría como una ostra en el Capitolio. Así se lo decía a sus amigos, a su familia, a los calificados miembros de su Unidad Técnica Legislativa, UTL, integrada por personas tan o más capaces que él. Se dolía de ser congresista. Terminó por decir que eso no servía para nada.

Luego llegó a ser candidato a la Presidencia de la República en el 2006. Hizo una campaña de bajo costo y mucho trabajo por todo el país. En más de una ocasión se negó a asistir a actos que le privaran del placer de estar con sus amigos o con sus hijos o de tener en sus manos un buen libro, para seguir aprendiendo en esa carrera interminable que tenía por el conocimiento. La gente lo aclamó, pero nunca les prometió nada irreal. Si les advirtió de la ola de violencia oficial que vendría en ese segundo gobierno de su alumno de la Universidad de Antioquia.

En el libro de Ana Cristina Restrepo Jiménez es posible conocer todos los detalles de la vida de Carlos Gaviria Díaz, contados con la imparcialidad de la periodista que lo investiga todo y por ello es posible saber que tras ese gran intelectual que era un verdadero sabio, había un ser humano a quien le encantaban los tangos, las rancheras y los boleros y llevaba en su memoria muchos poemas que no dudaba en declamar con gusto y carisma ante cualquier público. Aparece el jurista, el ser humano, el esposo distante pero respetuoso y cumplidor de su deber, el gran padre de familia, el gran abuelo, como todos los abuelos el más alcahuete con sus nietos, los que siempre lo llamaron Toto y de esa manera y con el dibujo de un pato, donde hacía sus necesidades postrado en la cama de un centro clínico, se despidió. Se acalló su voz. Queda su pensamiento. Luego de muerto, como alguna vez lo dijo y la familia adopto como epitafio en una placa al lado del árbol donde reposan sus cenizas: “El resto es silencio”.