3 de marzo de 2021
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Diálogo ideal

4 de diciembre de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
4 de diciembre de 2020

El diálogo entre una periodista y unos veinteañeros, en un clima de confianza, sería el ideal, y dentro del ejercicio periodístico y el llamado periodismo de investigación, del que no he sabido si se da en Manizales, pienso que enriquecedor y de aprendizaje mutuo. En esa profesión, lo han dicho los grandes, se aprende todos los días. Y también se enseña, por eso es de tanta responsabilidad.  Hablo de diálogo con los jóvenes, que son ahora soldados activos, solo por un tiempo, el de servicio militar, pero seguirán siendo jóvenes por un tiempo más,  y muchos volverán a  integrar ese otro ejército anónimo de los excluidos, de los que existen pero no son, de los jóvenes no futuro. Que buscarán sobrevivir  su presente, como sea.

 

Pienso que todavía es propicio ese encuentro, y confío en que de darse,  más allá de un frente a frente entre una periodista de prestigio, vocera de grupos feministas, culta, ofendida y delatora, y un grupo de reclutas groseros, machistas, de escasa o elemental escolaridad, podrá ser el mutuo descubrimiento de una mujer, comprensiva, sensible, curiosa, quiera Dios sencilla, y  de unos muchachos, casi adolescentes, muy humildes, ingenuos, de una bondad que es otra distinta a la de ciudad, curiosos, creativos algunos con ingenio e inteligencia – es probable que autores de esas y otras letras – y que a los seres que más aman, los que más falta les hace, a quienes echan de menos día y noche mientras dura su servicio, es por sobre todos a su madre y al hijo si lo tienen, y les sigue la  novia, aquellos que dejaron una con todas las incertidumbres.

Será un mutuo asombro. El de los soldados de haber sido acusados del crimen de misoginia por lenguaje coral, creador de hipotéticos  crímenes futuros, que nunca han pasado por su mente, y el de la periodista de ver que sus ofensores son de origen campesino, de pueblos pequeños y aislados, de comunidades desplazadas, y  bachilleres de los barrios populares cuando no marginales. La naturalidad y espontaneidad de ese acercamiento, es inevitable que se afecten en un  principio, dado  el sitio en que se lleva a cabo, que a ella –dijo- le asusta,  a pesar de serle familiar, por ser su vecina por años,  y de  su profesión, que -se presume-  ninguno debería arredrarla  para ejercerla;  a ellos, el ser el lugar de su reclutamiento, estar uniformados, y con sus superiores pendientes de su proceder. Lo primero que verán es a una señora de clase alta, doctora muy importante, porque se los dijeron, ya saben que vive cerca, y de inmediato comparan o asocian con la pobre y lejana zona deprimida de la que  provienen. Y ella, a los “enemigos”, o que han dado “el primer paso” para serlo.

El primer paso para borrar esas prevenciones es de creer que lo dará Adriana Villegas, que ha escrito novelas, hace pedagogía con estudiantes y está provista de los elementos para que al instante se dé cuenta que tras los uniformes hay unos jóvenes maravillosos, llenos de sueños, desamparos, tragedias vividas y esperanzas. Con madres heroicas y hermanas o novias, que les dan piso para mantenerse en pie. Le presentarán el que escribió esas letras o le dirán que las debieron escribir otros que ya  pagaron  el servicio y que al llegar se limitaron a escucharlas y a seguirlas, cerciorándose  de que no es posible que lleven 70 años cantando lo mismo o parecido, que  esas varias generaciones precedentes debieron entonar otras muy distintas –también vulgares- , ya que  la música y las letras de un Maluma eran inconcebibles cuando cantaba un Leo Marini, o más acá cuando un Sandro.

Darán por supuesto que la periodista sabe del cantante antioqueño,  que lo ha escuchado, que conoce sus canciones o alguna y le preguntarán si le gustan y por qué no le gustan y le contarán que a ellos sí, lo mismo que a sus amigas y  también a las mujeres que conocen, que se las saben, las acompañan cuando las oyen, no faltan en sus rumbas y las bailan. Deducirá que solo las imitan, las adaptan, las deforman, las llevan al extremo. La periodista, bien informada, tendrá en cuenta la queja que hacía el compositor guajiro Romualdo Brito, que falleció el pasado 20 de noviembre, quien sentía haber compuesto  “El Santo Cachón”, su canción más famosa, por “la cultura de la infidelidad que se hizo una moda”, y no ocultó su disgusto porque “hoy se está grabando una música que maltrata mucho a la mujer”. Y mencionó las que cantaba Diomedes Díaz. Hay quienes tenemos en la retina, el recibimiento que le hicieron sus paisanos y paisanas cuando salió de la cárcel sin importarles la causa.  Se da  una cultura popularizada que agravia la dignidad de la mujer. No una cultura institucional.