20 de abril de 2021
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Del milagro a la santidad

25 de diciembre de 2020
Por Jorge Meléndez Sánchez
Por Jorge Meléndez Sánchez
25 de diciembre de 2020

Si comienza uno con certezas, terminará con dudas; más si se acepta empezar con dudas, llegará a terminar con certezas.

Francis Bacon

Hasta donde el escritor Juan Esteban Constaín deje entrever los motivos de la santidad, parécenos advertir que, antes que un asunto de santos, es un oficio de seres humanos orientados por deberes, esos sí, santos, de responder a los creyentes de todas las latitudes, con la oportunidad de no hacer intercesiones a forasteros o a seres de difícil ubicación. La idea parece válida, para darle a la religiosidad una forma cohesiva, una imagen del reino de los cielos bajo advocaciones familiares, que parecen regresar a las formas romanas antiguas, con dioses tutelares o con la imagen de los progenitores, cuidando el entorno donde vivieron. No se trata de una herejía, el paso dado, sino una comprensiva recreación del nombramiento del Papa Francisco, hombre de renovado coraje para el liderazgo de un mundo, que se ha olvidado de lo más antiguo, como lo es la misma creación de la naturaleza, sin la cual, no hubiese aparecido la santidad de nadie, pues, no se realizarían actos y mucho menos juicios.

Empecemos por el título de la novela, la cual, podríamos no verla como “histórica” sino “contemporánea”. “El hombre que no fue jueves” (Literatura Random House, 2014), es una réplica de la obra de Gilbert Keith Chesterton, suprimiéndole el “no”, publicada en 1908, un siglo antes que la de Constaín. De hecho, se trata de una invitación más a la lectura de una y otra obra, relacionadas por la particular forma de hilarla, presentada por el autor colombiano.

Chesterton presentó las aventuras del poeta-policía Syme, en una misión fuera de lo común, pero, de seguro, paródica de Sherlock Holmes, o de Hercule Poirot, para “infiltrarse”, palabra del argot delincuencial, en nuestros días, en una organización criminal, donde los miembros tienen el “alias” tomado de los días de la semana. Domingo es el jefe corpulento y empoderado y Syme, Jueves. La organización anarquista, al mejor estilo decimonónico, pretende “cargarse” al Zar que va a encontrarse con el Presidente francés, y planea todo en un “desayunadero” frente a Leicester St. Las características novedosas del relato que transforma lo ilógico en viable, y la misma descripción de la trama, presentaron a Chesterton, con méritos suficientes para ser presentado como novelista.

Tenemos que mencionar con ligereza esta obra, no porque intentemos abordarla para la disección conceptual, sino por haber prestado el título a Constaín. Porque, sobrado es decir que, ese mismo año, publicó “Ortodoxia”, obra esclarecedora del británico, en relación a su espíritu polemista, que lo convierte en teólogo, en una afinidad con la religión Católica Romana, y que lo llevan a la conversión en 1922. Por la vía de la exploración intelectual de su oficio en la escritura, el “catolicismo” de Chesterton, no solo era novedad, sino verdadera inquietud para los anglicanos y para los agnósticos de todas las tendencias.

Un personaje con estas características sale de lo común y corriente, en el amanecer del siglo XX, siglo de escepticismo e irreverencia a la tradición religiosa, de toda denominación. La inocultable obra del converso explora historia, biografías piadosas, en fin, un multifacético a la orden de su tiempo. Sobresale la saga del padre Brown, verdadero espía de la conducta humana, no expuesta al orgullo de otros personajes, sino con la intención de mostrar al delincuente la esperanza de la confesión y el arrepentimiento; Monseñor O Connor, lo inspiró y fue catequizado por Ronald Knox.

De ahí los méritos de Chesterton, dignos de mencionar, pues, junto con Bernard Shaw, formó un dúo para la discusión con las “bondades” del humor, con la amistad sincera y sin interrupciones por las discrepancias; ejemplar en el tratamiento al prójimo. La opinión pública que los admiraba por igual, encontraba en Cherteston mucho consuelo en sus creencias. Entonces, para Costaín el proceso resulta válido y sometido a las decisiones humanas.

Al final de sus días, Chesterton anotaba que “no es natural contentarse con la naturaleza, el hombre es místico y muere como místico, sobre todo si ha sido agnóstico”. Por su pensamiento, se puede “alegar”, la santidad. Eso lo comprendió muy bien Juan XXIII, cuando buscó “la causa de la santidad”, a quien, Pío XI, en 1936, había clasificado como “héroe” de la Iglesia.

La causa fue encargada al padre Amleto Giovanni Cicognani, desde 1958, pero una “pluma fantasmal” escribió al margen en un lenguaje anglosajón antiguo, unas observaciones que pararon el proceso. Aquí incluye Constaín el humano terror a las fuerzas, esas ya políticas, que se muestran en todo proceso. El “abogado del diablo” ataca el proceso y hasta puede convencer.

Entonces, hora de retomar el proceso. Eso lo ordena el Papa Benedicto XVI, intelectual de vuelo y muy admirador del británico. Con ese mandato, aparece la revisión documental, la cual vive permanentes amenazas de “ladrones de escritos”, por tratarse de reservas siempre notorias en el archivo Vaticano. Al renovarse la causa, requieren las luces de un especialista y piensan en la profesora Cinzia Crivellari, y ella, a su vez, piensa en Percy Thrillington, un joven que se pasea por los canales venecianos con curiosa especialización lingüística y que tomó el pseudónimo del álbum de Thrillington, por aquello de “A la espera de un milagro”.

El proceso de revisión remite al año 1929, cuando Pío XI, invitó a Chesterton a Roma. Nadie sabía el motivo de la invitación. Tratándose del Papa, nada de preguntas impertinentes.

Según Constaín, el Papa admirador del británico, autor del libro “Por qué soy Católico”, se había enterado por uno de sus asistentes, de la vocación primera del escritor, por los misterios de ultratumba, mediante la Tabla Ouija, para sesiones espiritistas, aunque abandonó semejante asunto, el asistente insiste en el desvío juvenil. Para un Papa interesado en popularizar la causa de los santos y, más aún, de canonizar a santos como Belarmino, el inquisidor que se lució con Galileo, le llamó la atención una posible forma de agilizar los procesos mediante la técnica adoptada. La multiplicación de los santos resultaba bien, para crear la multitud instalada en la gloria de Bernini.

La novela construida, toca ese tema “tabú”, y empieza una trama que ilustra con conocimiento histórico, con deleite de los paisajes italianos, con los marcos urbanos y por qué no, con la recreación de la historia de la Iglesia. No se trata de un hereje, ni de un sacrílego y mucho menos de conservador vergonzante; es un autor que conoce el ambiente y el tiempo en que se desenvuelve, su emoción. Con humor y con relatos complementarios de otras supuestas causas de santidad, de pronto no todas tan incluyentes, muestra un proceso de santidad que “no llega a ser jueves”, no logra filtrarse en la cadena de la santidad.

La novela contiene todo el proceso, con ejemplar modalidad, pues dos cosas misteriosas, de origen humano, se atraviesan con todas las posibilidades de interferir. Una es la nota que aparece y lo convoca como auxiliar del mismo proceso; otra la “correlación de fuerzas” que van apareciendo, a pesar de que todos hacen fuerza por la aceptación del candidato. En realidad podemos decir: “Qué buen homenaje a Chesterton”.

Tocar el proceso de los santos, se presta para mal entendidos. Inmiscuirse en semejante procedimiento, multiplica las prevenciones del lector y, al fin, termina rendido cuando la misteriosa anotación en el documento de 1958, pertenece a un seminarista jesuita, estudiante en España y oriundo de un país sudamericano donde existe la Sociedad Chestertoniana de Buenos aires. Algo interesante en un país que da un mensaje intelectual de su conservadurismo, abierto a toda discusión, lo que ya engrandece la tradición, y pretende mantener las generaciones lectoras, que tano lustre dan a las naciones sureñas del continente latinoamericano. Muy buen homenaje al Papa entrante, tolerante y predicador del mensaje franciscano que tanto fascinaba a la era victoriana, por recordarle que la caridad resultaba consustancial al cristianismo de todas las presentaciones.

La novela es una muestra de asimilación borgiana y, al final, resulta que el lenguaje “enredado y arcaico”, corresponde a Borges y se le dan los créditos. La construcción del argumento recurre a la ilustración histórica para mostrar al nuevo Papa de Roma. Tal vez, concluiríamos con el mismo Chesterton: “Paradójicamente, cada santo convierte y encanta a las generaciones que más claramente lo contradicen”; como quien dice, Santo Tomás tenía razón expansiva al siglo XX.