3 de marzo de 2021
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Al cierre: dudas y preguntas

22 de diciembre de 2020
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
22 de diciembre de 2020

I

He recibido críticas y objeciones de muy queridos amigos por excesivo, monotemático, quizá reiterativo. Y a algunos de mis conceptos. Imagínense las de los que no lo son. Bienvenidas. Mi propuesta fue la de dar  miradas plurales. Sobre asuntos controversiales que hacen públicos, no creo que se deba aceptar solo una visión, como la única e indiscutible. Mi terreno es la dialéctica. Las ideas opuestas, bien argumentadas, llevan a una síntesis, de la que surge una nueva tesis y así en adelante, de acuerdo con un esquemático  hegelianismo.

La columnista Adriana Villegas como es natural, también las ha recibido, no con la misma disposición, porque han sido más los apoyos. Aunque escribió una sola, su eco y resonancia en otros medios, en organizaciones, bloques, colectivos, asambleas, y sus  explicaciones, pueden no tenerse por excesivas, aunque sí ciertas reacciones, como la de la posibilidad de que la autora fuera “imputada” o la de solicitarle al Ejército que diera excusas públicas.

Yo apenas he opinado en las columnas que me permite el diario

virtual Eje 21, de que se mire a los soldados, que se les oiga, pues  fueron los acusados de la periodista en primera instancia, por sus cantos. De que no son los únicos ni los primeros que entrañan “violencia simbólica”, porque antes han existido y hoy se escuchan, se difunden, se corean, se escenifican y se bailan muchas otras canciones, también violentas. Por lo que la indagación y la pedida corrección, deben ir más allá de los solos batallones. Y si abarca o no  letras de cantos o músicas de conciertos populares.

Niego que los cantos de los soldados sean “cultura institucional”. Que el machismo y la violencia que implica sean tradición latinoamericana, incluso universal,  lo aceptamos. Que los ejércitos y nuestro ejército hayan sido históricamente machistas, como la misma historia, es indudable. También los es que desde hace años ha habido una apertura en todos los ejércitos, sin que el de Colombia sea una excepción, y que en él hay mujeres, con igual o mayor talento, valor y disposición al sacrificio que los hombres. De la capacidad heroica de las mujeres da cuenta la historia, en la pocas veces registrada, en  la todavía  oculta y en la cada vez más desvelada para admiración y asombro.

Parte de mi concepción, de la que se puede disentir, la he basado en mi experiencia con los jóvenes que han sido carne de cañón de todos los ejércitos, en sus propios territorios, por casi tres lustros en la Legión del Afecto. Aprendí y sigo aprendiendo con ellos. Hasta uno que ha seguido estos escritos, Leandro Rojas, me envió un mensaje bastante crítico con los míos del que entresaco estas frases, “… unos soldados que dan la vida por la patria y  en  una mínima equivocación, se vuelven victimas del periodismo… los pulverizó con su discurso sin tener en cuenta factores de fondo como sus vivencias o sentires frente a las  realidades pues no todos tenemos la misma mirada… No sé cual sea la intención final…”

“Siento desazón ante la mediocridad de quienes copian y pegan, o el facilismo (de) pedir que envíen audios por wasap, en vez de entrevistar…”, dijo en un twiter Adriana Villegas en punzante sátira al periodismo que  llama “facilista”.  Paradoja o ironía, también nos dijo que en su habitación, vio un video, oyó  cantar a los soldados, “los grabé con el celular y publiqué la columna”. Sin asomarse ni a verlos.

¿Quién se interesa por los soldados? ¿Qué sabemos de ellos? ¿Quién los mira siquiera?   Están en la mira de todos si  cometen faltas y en la mira de los enemigos para exterminarlos en alguna  “emboscada traidora”, o caen bajo la mirilla del fusil de los violentos a los que se les ha convencido de  “que no haya piedad para ellos”.  Solo se miran entre sí, se hacen amigos y camaradas en el soportar, en el arrojo, en el dolor, en el sufrimiento y entre las lágrimas cuando  ven que a su compañero se le escapa la vida. De sus actos heroicos nada sabemos. Solo en el campo, en los territorios desolados donde hacen presa de la vida humana, son únicos testigos los que estaban con él y sobrevivieron,  o ninguno.

Muchos terminan con la bandera sobre el ataúd y una tácita promesa  de olvido. Son hijos del pueblo, pero “los soldados tienen un nombre”, nos recordó en página magistral de 1956, el estadista manizaleño que fue Fernando Londoño y Londoño. Son muchas las que se han escrito sobre la naturaleza del soldado en  la literatura griega y en todas las literaturas. En el siglo XX se me vienen los  nombres de Remarque, Psichari, Hochhuth, y entre nosotros Max Grillo, Rueda Vargas, Canal Ramírez, Alberto Lleras, el poema de Guillén, en fin, que comprenden mejor los que lo son o fueron orgullosos protectores de la geografía y la vida de los colombianos. 

II

La acusación a los soldados me hizo acordar de Monsieur Jourdain, el personaje de El Burgués Gentilhombre (Acto II, escena IV) de Moliere, a quien su profesor de lengua, del buen hablar, le explica que éste depende de la manera de decir,  si es  prosa o poesía, y se sorprende al constatar que él hablaba en prosa e ignoraba que estuvo cuarenta años haciéndolo sin saberlo, por lo que agradece a su maestro que se lo haya hecho saber. Con sentimiento contrario,  creo que más o menos les debe estar pasando a los soldados, que después de llevar un  tiempo coreando de forma maquinal sin mucha conciencia unas letras ociosas, agresivas, que suponen privadas, como descarga de su fantasía en la que se dan confianza, les revelan para su sorpresa y mayor tragedia su gravedad,  y que por ello son machistas, violentos, misóginos y potenciales feminicidas.  Al desconcierto por esa sindicación, que los hace creerse culpables, suman el sentirse inermes y temerosos entre dos juicios que no comprenden.

Pero es paradojal  que la que se ha arredrado es doña Adriana. Hay  el famoso dicho de “mató al tigre y … se asustó con el cuero”. Porque le pidieron sustentar y ampliar su denuncia, lo que es normal, ha pedido blindaje y se lo ofreció la Flip. Los responsables del Batallón  comenzaron a proceder como saben, como pueden y como tienen que hacerlo. Iniciar una investigación. Sin embargo, con un gesto  distinto y a todas luces cordial, en nada parecido a “un juicio”, contó ella en un medio nacional que la “llamó un comandante del Batallón” y en típicos términos que identifican a los  “rolos”, popularizados en programas como el hace poco evocado “Yo y Tú”, significando apertura, humildad si se quiere  y  es obvio, respeto, le aceptaba todo a la periodista diciéndole: “sí mi doctorcita, claro  mi doctorcita”, y la reacción de la doctora, para decirlo con sus palabras y me perdona, fue sin “ninguna conciencia” tampoco, de una  actitud y un modo de hablar. Tanta hiperestesia complica las cosas.

Y con un ademán distinto que tiene un  calificativo, la periodista expresó que todo ya lo dijo en el escrito y que no tenía más que decir. Les amarró las manos. Más todavía, según lo cuenta, el comandante le manifestó personalmente “que estaba agradecido” (sic) con su columna, “que era una enorme oportunidad” (sic). Ante esa lúcida nobleza, por así  llamarla, le contestó que solo estaban esperando que les pidieran perdón. Y a la vez, ha expuesto que “tenía la confianza de que podíamos manejar esto razonablemente”. Y qué mejor que el encuentro personal, que el dialogo. No se entiende que ese agradecimiento y  esa que el  comandante mismo llamó “enorme oportunidad”,  que no significó otra cosa que la de reconocerle  “que el problema existe”, que lo quieren “asumir” y se proponen “atenderlo”, que es lo que a la postre solicita la señora Villegas, las desatendió por un diminutivo. No hay una dignidad de la mujer o del hombre. La hay de le especie humana.

Más razonable, doña Adriana dice en otra declaración o en la misma, que “la solución no es punitiva, sino pedagógica”. Claro que sí.  Si se trata de un problema semántico,  nadie lo puede solucionar  mejor que una pedagoga. Lo es menos, dejar esa pedagogía en los coroneles, que poco o nada saben de tal ciencia, y que emplean, como todas las profesiones, una semántica muy particular. “Toda la filosofía de la naturaleza esta en el habla humana”, cita Edith Hamilton. Es escritora y por serlo y como vecina, bien podría escribirles unas letras a esos coros, más enaltecedoras, o proponer un  concurso entre los soldados de todos los batallones, que incluya a quienes hayan prestado servicio militar y sientan orgullo de haberle servido a Colombia. Los hay buenos músicos y los ha habido.

Críticas de tirios y troyanos, responden a la tendencia muy nuestra y muy de hoy,  de leer o escribir ad hominem y hay quienes han juzgado así estas glosas. Debo aclarar que es por la atención dada a lo que escribió y ha dicho la periodista, por lo que he expresado estas ideas que con respeto difieren de la suya. Habría disentido igual, si otro columnista hubiera sido el autor. Fui con  curiosidad a la presentación que de su libro hizo Adriana Villegas y asistí con interés a una conferencia suya. Solo que al confesarse abogada, aumentó cierta confusión que no viene al caso. Apliquemos lo del teatro griego, escuchando  de nuevo a Hegel: “Lo que constituye el elemento esencial de la tragedia, es una disputa en la que cada bando tiene derecho a nuestra simpatía”. Solo creo que es necesario comprender  –y en el contexto, como lo exigen las ciencias sociales y de la comunicación-, explicar, persuadir si se quiere, y no censurar, reprimir, prohibir y condenar, que son las fórmulas de las ideologías más extremas.