24 de noviembre de 2020
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Jorge Emilio Sierra Volver a Descartes

20 de noviembre de 2020
20 de noviembre de 2020

 

(Introducción a la sección “Volver a Descartes -Un viaje por la metafísica cartesiana-”,

primera parte del libro “De Descartes a Morin” que acaba de publicarse en Amazon)

La filosofía cartesiana ejerce gran poder de atracción.

En primer término, atrae la figura de Descartes por su absoluta consagración a la filosofía y su vida plagada de inquietantes enigmas que hoy todavía son terreno abonado para los especialistas, pero atraen asimismo la universalidad de su pensamiento, no ajeno a las distintas preocupaciones científicas, y porque a través de él, de su obra, entramos en contacto con la época moderna que sigue siendo, a pesar de todo, la nuestra.

Atrás parecen quedar la filosofía escolástica y el sometimiento a la autoridad fundada en el dogmatismo para cederle el paso al libre examen, el moderno espíritu científico, el pleno ejercicio de nuestra facultad racional y, por ende, la igualdad entre los hombres, fruto de la razón que es común a todos nosotros.

O sea, bien se hace en reconocer a Descartes, según lo hicieron los enciclopedistas franceses, como uno de los artífices de la democracia moderna, que es acaso la mayor prueba de la vigencia de su pensamiento.

De sentido común

Sin embargo, hay algo que debemos subrayar desde un principio: aunque la cabal comprensión de algunos de sus textos sea una labor ardua, difícil, a Descartes es fácil leerlo, en líneas generales.

Ya muchas veces se ha hablado acerca de la belleza de su estilo, su brillante dominio del idioma y su cautivante manera de escribir respecto a complejos temas filosóficos o científicos.

Más aún, como él suele partir en sus reflexiones del sentido común para llegar a la verdad, torna accesible el ingreso a la sólida estructura de su pensamiento y nos permite entrar con paso firme a cualquier campo del conocimiento, siempre con el propósito de eliminar los prejuicios y avanzar en forma metódica, lo que garantiza el adelanto progresivo, constante, en toda investigación.

De otra parte, es evidente que su singular e incomparable forma de exponer los argumentos más abstrusos con una claridad que no podemos menos de calificar como asombrosa, así como aquella virtud de adelantarse a las objeciones y desmenuzar cada concepto o tesis, formando a cada momento verdaderos edificios racionales de acabada perfección, son nuevas razones que nos conducen a justificar la vigencia de la filosofía cartesiana.

Experiencia personal

Acercarse a Descartes es una bella aventura, por decir lo menos. Ya señalamos arriba hasta qué punto su filosofía ejerce enorme poder de atracción entre los lectores, aún los no muy versados en cuestiones filosóficas.

De ahí que a temprana edad nos hayamos familiarizado con libros como El discurso del método y compartamos, desde entonces, la necesidad cartesiana de llevar la duda hasta sus últimas consecuencias, desenvolvernos con el mayor rigor científico en el conocimiento, poner en tela de juicio las enseñanzas recibidas e ir en busca de la verdad hasta encontrarla, pero no la verdad que es producto de vanas especulaciones o juegos de palabras, sino aquella que manifiesta su contenido profundamente humano, donde se reflejan las intensas luchas libradas para alcanzarla.

Es decir, el espíritu humanista, el mismo que nos habla en un lenguaje personal y biográfico que con mayor razón nos compromete, es lo que inicialmente nos acerca a Descartes por la defensa de la individualidad a través de la firme conciencia de rebeldía en pleno ejercicio de nuestra libertad, un llamado que no podemos evitar, mucho menos en nuestro tiempo.

Así, pues, llegamos a Descartes en un primer momento. Todavía hoy sentimos el estremecimiento que provocaron en nosotros las incipientes lecturas, cuando de la mano del sentido común soñamos alguna vez con repetir la hazaña del filósofo o en no traicionar al menos sus principios.

Un cambio radical

Fueron, sin embargo, pasando los años. Y con el tiempo, a medida que se ampliaba el conocimiento de la filosofía cartesiana, poco a poco empezamos a entender que el citado subjetivismo o individualismo cartesiano era o es mucho más de lo que inicialmente creíamos. Nos explicamos: la visión individualista se trasciende hasta descubrir que en el fondo de la conciencia humana está Dios, a quien siempre se llega.

Desde este punto de vista, nuestra visión de la filosofía cartesiana cambió por completo. Y hay algo más: a partir de ahí pudimos alcanzar un mayor y mejor entendimiento de los diferentes problemas que aborda Descartes, entre otras cosas porque la ciencia, en sus múltiples ramificaciones, es posible y está garantizada en su veracidad por Dios, como ser absolutamente sabio y veraz que es.

Guiados por dicha concepción, comprendimos que Dios es el objeto de la metafísica; que de su inmutabilidad se deducen las leyes del movimiento, las cuales rigen al universo; que por doquier constatamos el poder y la bondad divinos, y que el adecuado comportamiento moral del ser humano se basa en amarlo y aceptar su santa voluntad.

En síntesis, ahora pensamos que toda tentativa de interpretar la filosofía cartesiana no es válida sino en la medida en que lo concerniente a Dios sea esclarecido, motivo por el cual nos decidimos a enfrentar ese reto, por más que ello implique referirse, de una u otra forma, a la totalidad del sistema cartesiano.

El plan trazado

Mucho tardamos en identificar el orden que seguiríamos en el desarrollo del problema planteado. A decir verdad, lo fuimos encontrando a medida que nuestra investigación avanzó, clarificándose más y más según profundizábamos en el sistema cartesiano.

En efecto, la filosofía de Descartes nos permitió hallar el orden requerido, pues sus obras están estrechamente ligadas en sus principios básicos, repitiéndose a cada paso, con leves modificaciones.

De este modo, al final nos convencimos de que, antes de entrar en forma a analizar su concepción de Dios, debíamos esclarecer las  posiciones del autor sobre religión y fe, teología y escolástica, moral y metafísica, temas que nos conducen por diferentes caminos a la divinidad, según podremos verlo en el primer capítulo.

A continuación, abordamos el punto central, neurálgico: las pruebas de la existencia de Dios, expuestas en el orden de las Meditaciones metafísicas, abriéndose cada una con una síntesis, tras la cual viene el análisis detallado de los argumentos que son definitivos en la formulación de la prueba respectiva. Tal procedimiento obedece al propósito de darle un carácter didáctico a la presentación de las pruebas, para facilitar su comprensión.

En cuanto al capítulo final, trata de manera rápida sobre la existencia de los seres materiales y, en especial, de su conocimiento a partir de la mencionada concepción de Dios, vista en detalle a lo largo de las páginas precedentes.

Preguntas para responder

Pero, ¿qué sentido tiene -se preguntará- hablar de Dios en Descartes, cuando estamos en pleno siglo XXI, época signada por el materialismo absoluto, el racionalismo llevado a su máximo esplendor y, sobre todo, los extraordinarios avances científicos que nos dan respuestas satisfactorias para cuantos interrogantes nos hacemos, ratificando a diario el poder del hombre sobre la Tierra y alejándonos por completo de Dios, tanto que la humanidad ya vive en un mundo sin Dios, al decir de san Juan Pablo II? ¿Qué sentido tiene, en realidad?

Recordemos que Descartes es uno de los fundadores no sólo de la filosofía moderna sino también de la ciencia moderna. Pero él, a diferencia de muchos filósofos o científicos actuales y de sus fieles seguidores, prefirió llevar el conocimiento racional hasta la metafísica, al conocimiento mismo de Dios, buscando en último término la conciliación entre fe y razón, religión y ciencia, por medio de su Teología Racional (ya no sólo la Teología Revelada que el cristianismo ha seguido, por lo general, durante más de dos mil años).

Fue un científico, en fin, que puso a Dios como tema central de sus reflexiones, enunciando pruebas racionales de su existencia (mucho más que las de santo Tomás de Aquino a la sombra de Aristóteles) y viéndole como fundamento de las leyes científicas que rigen al universo, incluida nuestra naturaleza humana.

No hay que considerarlo, entonces, padre del ateísmo contemporáneo, ni mucho menos. Al contrario, por medio de su filosofía, que veremos en las páginas siguientes, podemos llegar al conocimiento de Dios, “que es el comienzo de la sabiduría”. He ahí el camino que nos espera.

(*) Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua