22 de abril de 2021
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Tras las huellas de Edgar Morin, Padre del Pensamiento Complejo

27 de noviembre de 2020
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
27 de noviembre de 2020


(Fragmento de “Tras las huellas de Morin -Un texto sencillo sobre Pensamiento Complejo-“,

primera parte del libro “De Descartes a Morin” que acaba de publicarse en Amazon) 

Otra revolución copernicana 

Según Edgar Morin, uno de los más importantes pensadores del último siglo en el mundo y a quien suele llamarse Nuevo Descartes de la filosofía francesa, el origen de la universidad actual se remonta a principios del siglo XIX en Prusia (Alemania de hoy) por iniciativa de Humboldt con el debido apoyo del rey.

Ahí están los fundamentos de la educación universitaria en sentido estricto (no la nacida durante la Edad Media, según aclara), cuya manifestación por excelencia es la especialización en diferentes ciencias o campos del saber, fenómeno que él celebra por los significativos cambios, positivos en gran parte, que ha generado.

“Es una revolución copernicana”, admite.

La universidad así entendida, con facultades o departamentos, se convirtió en modelo universal, adoptado por todos los países y con mayor razón en los tiempos que corren, marcados por la occidentalización aún de regiones tan extrañas y distantes como el continente asiático, cuyas milenarias culturas son bastante ajenas al pensamiento occidental, por obra y gracia de la globalización.

Reforma de la educación

¿Resultado de dicho proceso? Ante todo, saberes sin comunicación entre sí, desintegrados, que es una tendencia creciente, cada vez mayor. Es el problema de la especialización, en definitiva.

No debemos continuar por ese camino, en su opinión. ¿Por qué? Es claro: conduce a la desintegración del conocimiento, del ser humano, de la vida práctica en general, por lo cual resulta indispensable la reforma de la educación, de la enseñanza universitaria, científica.

No se trata, sin embargo, de dar al traste con la especialización, ni mucho menos con las disciplinas existentes en las universidades, sino más bien de relacionarlas entre sí y romper con su aislamiento o separación, estableciendo la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad que él reclama a cada momento y, de manera especial, en sus decenas de libros, convertidos en best sellers por profesores y estudiantes.

Una reforma educativa, insiste. Que resuelva, por tanto, los problemas de la especialización o fragmentación del conocimiento. Pero, ¿cómo? A través de lo que llama, en su obra más leída, Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, adoptado por la Unesco para trazar las pautas educativas en el mundo entero.

Conocer al conocimiento

Son siete caminos, en verdad. Que empiezan, como es apenas lógico, con la reforma del conocimiento, cuya naturaleza es preciso primero conocer, es decir, conocer al que conoce, fase que en los círculos académicos se denomina Teoría del conocimiento o Epistemología, paso obligado de la reflexión en el pensamiento moderno, a partir de Descartes.

Hay que conocer el conocimiento y, al conocerlo, descubrimos sus errores o ilusiones que debemos corregir; por consiguiente, hay que reconstruir la realidad, interpretándola en forma correcta, entre otras cosas porque el conocimiento no es sólo un reflejo, como si la mente del hombre fuera un espejo o se tomara de ella una fotografía, fiel copia de lo que existe.

No. Basta una prueba, que enuncia a continuación: en mis ojos,  las personas que están más cerca se ven más grandes, pero las más lejanas se ven pequeñas, aunque el tamaño de todas sea más o menos el mismo.

Eso demuestra que el conocimiento de los sentidos (la vista, en este caso) nos lleva al error cuando la razón no interviene para corregir la falsa percepción, si bien la razón también se equivoca en ocasiones, presentándose los consabidos errores intelectuales.

Tal criterio confirma, de una parte, que aún los conocimientos más sencillos, elementales, exigen una reconstrucción a partir del sujeto, poniendo de manifiesto la complejidad del proceso cognitivo, y, de otra parte, que la realidad es compleja, no con la simplicidad que muchos suelen considerar desde la visión limitada, parcial y parcializada, de las especializaciones científicas.

Arremete así, por enésima vez, contra el conocimiento fragmentado que se imparte en nuestras universidades, formulando el principio por excelencia de su Teoría sobre el Pensamiento Complejo.

Humanismo contemporáneo

¿A quién se educa? Se educa al hombre. Pero, ¿quién soy yo o quién es usted, cualquiera de nosotros? El asunto es complejo, de veras. Y es que el hombre también lo es, demostrándose así, una vez más, la plena validez del Pensamiento Complejo.

No basta, por tanto, definir al hombre como un ser racional, pues todos sabemos, por nuestra experiencia personal, que en él, o sea, en mí, existen igualmente elementos irracionales, de modo que no somos sólo seres racionales, como se ha pretendido desde Aristóteles hasta el racionalismo nacido con Descartes. Otro viejo paradigma que se va a pique por la reforma educativa y del conocimiento a que venimos aludiendo.

Más aún, si nos atenemos a las conclusiones últimas de la biología y la misma sicología, debemos admitir, según Morin, que el ser humano no existe -“Somos una suma de pedacitos”, precisa-, cuya unidad surge por obra del pensamiento en ejercicio del citado proceso de reconstrucción.

¿Qué tan válido es decir, por ejemplo, que el hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma, elementos que aparecen separados de creer a la biología y la sicología, ciencias que los estudian en forma aislada, sin relación entre sí, consecuencia lógica de las especializaciones y de la ruptura existente entre las ciencias humanas y las ciencias naturales, también de vieja data?

¿O acaso se justifica dejar a un lado la dimensión social del ser humano tanto en la sicología como en la biología, que es igualmente común en los medios académicos? Eso confirma, sin lugar a discusión, que el conocimiento científico, al menos como ahora se enseña a través de las especializaciones, no es pertinente, acorde con la realidad, al dejar por fuera elementos básicos, imprescindibles.

Del arte y la literatura

¿Cómo negar, de otra parte, la importancia del conocimiento que del ser humano se tiene por medio de la literatura o la poesía, del arte en sus ricas expresiones, que tanto se menosprecia desde el conocimiento científico, el cual presume de ser el único verdadero? ¿La educación del futuro no debería comprender este fascinante mundo de la creación artística, en la que a veces se conoce más al hombre que desde cualquiera de las ciencias?

Por último, está la visión del hombre como fruto de la evolución y, por ende, como un ser de la naturaleza, a cuya protección está obligado si quiere -si queremos, mejor dicho- sobrevivir en el planeta. No obstante, además de identificarnos como seres naturales o de la naturaleza, poseemos otra identidad, humana en sentido estricto, que se refleja en valores como la libertad, la igualdad y la justicia, incomprensibles a la luz del análisis biológico o físico, por avanzado que sea.

“La hominización -dice Morin en Los siete saberes– es fundamental para la educación del hombre porque nos muestra cómo la animalidad y la humanidad constituyen juntas nuestra condición”.

Ahí, en dicha concepción propia del Pensamiento Complejo, se encarna el auténtico humanismo contemporáneo, manifiesto en otra de sus frases: “La educación del futuro deberá ser una enseñanza primera y universal, centrada en la condición humana”.

(*) Escritor y periodista. Filósofo de la U. de Caldas con maestrías en Ciencia Política y en Economía de la U. Javeriana