24 de noviembre de 2020
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Jorge Santander Arias, poeta.

6 de noviembre de 2020
6 de noviembre de 2020
Imagen tomada de PressReader

Dentro de las figuras de las letras caldenses, ocupa destacado sitial el nombre de Jorge Santander Arias, ligado al periodismo y al diario La Patria, con lazos imperecederos. Quienes lo conocieron y fueron sus amigos y contertulios, no dudan en reconocer su erudición, su imaginación desbordada en la tertulia, en su inspiración, su humor cáustico y su facilidad asombrosa para abordar en sus escritos desde los temas más elementales, hasta elaborados pequeños ensayos sobre los filósofos y los escritores de reconocimiento en Europa y Latinoamérica, que no se sabe cómo, llegaban sus obras oportunamente a su escritorio de la redacción de La Patria. Ahora, la U. de Caldas, con una brillante página introductoria del médico y escritor Orlando Mejía Rivera, ha reimpreso su libro «SUBRAYADOS», que es la selección de los centenares de columnas que publicó en el diario regional, entre los años cincuenta y setenta del siglo XX. En este espacio, rescatamos la poesía de Santander Arias, gracias a un corresponsal y amigo de Eje 21, quien nos da a conocer dos poemas del libro «Óbice», editado en 1951, cuando Santander tenía unos 28 años de edad, que compartimos con nuestros lectores y que reflejan un aspecto quizás desconocido de esta figura caldense. «Óbice», poemas con prólogo de José Vélez Sáenz, » El Juicio Particular» y «Subrayados», son sus obras editadas.

ELSA

Déjame que te entregue esta tibia ternura.
Permite que mis sueños se mezclen con los tuyos
y que el frío se duerma en nuestras cuatro manos.

Vuelta en dúctil dulzura mi primera aspereza,
eternamente busque nuestra tenaz pasión,
muy antes de que inicien los pájaros el éxodo.

Elsa, duermo a la vera de todos tus recuerdos,
me huelen tus canciones al olor de tu pelo
a tu aroma reciente de aurora florecida.

En la misa, tu indicas el lugar de las flores,
y crece mi silencio cuando narro tu nombre
en las preces que se alzan en columnas de incienso.

En tu velo se prende la luz de las vidrieras
y en tus salterios suben mis salmos predilectos,
hacia el nácar y el nardo de la Mesa de Cristo.

Amemos eso, amada; la conjunción del lirio
con la mano del santo; el cáliz y la ofrenda,
la Fuerza del Altísimo hecha manjar del Pobre.

Todo a Dios vuelve, Elsa, por todos los caminos,
mi silencio, tu llanto, nuestros dos corazones,
y la unción que logramos poner a nuestras almas.

Y el fulgor extraviado de mis ojos hambrientos,
tendrá dos luces nuevas, dos formas inmortales,
dos sapiencias, dos vidas y una sola armonía.

LOS MUERTOS TIENEN ALAS

He dicho que los muertos tienen alas.
Y sí, dice el silencio, inconmovible apóstol.
Ellos yacen y sienten, huelen y confraternan,
y quizá, después mueren…

Tienen los muertos alas. Yo lo he verificado.
Aspiro a lo absoluto y ellos están tan vivos.
Buscan nuestra ternura con ímpetu ferviente,
y saben nuestra vida…

Los he visto. Trasladan a montañas la amplitud de los lagos.
Hacen hervir las horas y agitan esquilones,
plenos de sol y sombra. Son feroces infantes.
Te lo juro: he sentido su compás rumoroso.
Y aún viven: te lo juro…

Alas tienen. En la noche me mueven y me auscultan.
Hacen locos horóscopos con mi faz y mi llanto.
Intervienen y cesan. ¿Y, todo eso es la muerte?
Hay alas; tienen vida…

Las busco en el sendero perfecto de la noche;
las encuentro logrando los aromas baldíos,
bebiendo en los corales el fortuito descanso;
y son ellas, ellas…

Tienen alas, las tienen, arden en mis sienes, rampantes.
Y vigilan, tenaces, mi gozoso solsticio.
Tienen alas, las tienen. Y son tiernas y prontas.
Y están muertos…