19 de abril de 2021
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Ignacio Alberto Gómez Alzate

5 de noviembre de 2020
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
5 de noviembre de 2020

El pasado sábado despedimos, en la catedral Basílica de Manizales, a un hombre sencillo, de sentimientos nobles y corazón grande, que nació para servirle a los demás: Ignacio Alberto Gómez Alzate. Su fallecimiento, a los cincuenta y siete años de edad, cuando todavía tenía mucho para darle a una sociedad que lo admiró por su sensibilidad social, fue para familiares y amigos un golpe de esos que el peruano universal Cesar Vallejo califica en su poema “Los heraldos negros” como fuertes, secos, contundentes, que dejan un dolor profundo en el alma. La noticia de su muerte, que se regó rápido entre quienes le teníamos un afecto especial, fue algo así como un baldado de agua fría que, echado encima de sorpresa, logra paralizarnos el cuerpo. Es que “hay golpes en la vida tan fuertes”, escribió Vallejo.

¿Quién fue este hombre que a su paso por la vida ganó amigos por la nobleza de su corazón, por su rectitud como hombre público y por su entrega a causas que consideraba importantes para construir una sociedad más justa? Quiero describirlo citando dos poemas de Javier Arias Ramírez: “Que no se muera, no, que no se muera. Muera primero yo, después cualquiera. Pero un amigo, no, que no se muera”. Este es un quejido lúgubre que brota del alma para suplicar que la muerte no se lleve a un amigo, lanzado con voz triste cuando se tiene, postrado en una cama, esperando la muerte, a alguien que compartió con nosotros momentos de su vida. Ese quejido se lanza mientras el amigo, moribundo, escucha las voces de quienes sienten su próxima ausencia como un vacío que desgarra el alma.

“Tengo un amigo por el cual daría/ toda mi soledad y mi pobreza/. Son tan nobles sus manos generosas/ que han puesto una alegría en mi tristeza/, canta Javier Arias Ramírez, con su voz angustiada, en el otro poema. Este verso expresa todo lo que amigos y familiares queremos exaltar de Ignacio Alberto Gómez Alzate: que el hombre de quien el pasado sábado entregamos sus cenizas a la tierra siempre estuvo ahí, generoso, para tenderle la mano a quien lo necesitara. Eso fue Ignacio Alberto. Un hombre amable, cercano a la gente, que entendía la necesidad del otro y, por esta razón, no negaba el auxilio a quien se lo solicitaba. En Manizales mucha gente recibió su ayuda. Como odontólogo fueron muchas las personas beneficiadas con su trabajo. No les cobraba.

Con Ignacio Alberto Gómez Alzate viajó a la eternidad un ser humano de calidades excepcionales, un hombre que supo darse a los demás con expresiones de afecto, que se ganó con su sencillez un espacio en el corazón de sus amigos, que hizo de su vida una entrega constante al servicio de la comunidad. Alguien que sembró en familiares y amigos un sentimiento de admiración por su comportamiento como ciudadano y por su preocupación social. El alma se nos arruga ante la realidad de despedir al amigo noble, al hijo excelente, al padre cariñoso, al abuelo querendón. Quienes compartieron con él espacios en el Concejo de Manizales y en la Asamblea de Caldas saben que se fue un hombre íntegro, que se preocupó por el desarrollo de la región.

Quienes tuvimos la oportunidad de tener a Ignacio Alberto como contertulio, quienes recibimos su abrazo como testimonio de afecto, quienes fuimos testigos de su preocupación por los demás podemos decir que con él se fue un hombre bueno, que no hacía política por negocio, sino por el deseo de servir. Uno no quisiera que un amigo de sus calidades humanas se fuera así, de repente, sin darle un abrazo de despedida. “Nacho”, como cariñosamente le decíamos, estaba para grandes cosas. Como Secretario de Salud demostró su compromiso con la transparencia. Renunció a los pocos meses porque no se prestó para hacer un traslado presupuestal. De hacerlo, incurriría en el delito de prevaricato. En ese acto demostró que los principios morales estaban por encima de sus ambiciones políticas.

Quienes quisimos a Ignacio Alberto Gómez Alzate nos resistimos a creer que una persona con su vitalidad, con su alegría, con su optimismo, con su fe en Dios haya partido de este mundo cuando todavía podía esperarse mucho de él. Un ser humano de sus condiciones, que tenía palabras de apoyo para todos, que celebraba con alegría los triunfos de los amigos, tendrá reservado siempre un lugar en nuestro recuerdo. Su muerte fue como un hachazo certero sobre la corteza de un árbol inmenso que todavía tiene hojas para llenar de luz el mundo. Es un dolor que lacera el alma. La tristeza de Celina, su mamá, es la misma de quien estas líneas firma.  En sus amigos quedará, para siempre, el recuerdo de su sonrisa abierta, de su palabra franca y de su afecto sincero. Dios lo acoja en su santa gloria.