24 de enero de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El Ruiz y Armero hace 35 años

22 de noviembre de 2020
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
22 de noviembre de 2020

En el siglo XVI el Cumanday era conocido como Sierra Nevada de Cartago y sorprendió a conquistadores y nativos con una violenta erupción, el 12 de marzo de 1595. La historia fue narrada con mucho detalle, por el cronista Pedro Simón, en su obra “Noticias Historiales”, donde escribió que “el día y el año dichos, habiendo salido el sol muy claro y despabilado a dos horas de su luz, que sería como a las ocho, salió de este volcán un tan violento, ronco y extraordinario trueno, y tras él otros tres, no tan recios, que se oyeron en distancia de más de 40 leguas en su circunferencia y mucho más a la parte que soplaba el viento. Tras los cuales comenzaron a salir tan crecidos borbollones de ceniza una noche muy oscura de tempestad y sin luna, y comenzó a caer envuelta con piedra pómez tan menuda como arena, que fue acrecentándose poco a poco, hasta ser como  menudo granizo […]  Duró esto como dos horas, habiéndose aclarado algo y luego se oscureció con un nubarrón tan espeso que no se podía leer una carta […] No cesó de llover de esta ceniza en toda la noche de suerte que a la mañana estaba toda la tierra cubierta de piedra pómez y ceniza […] Los ganados bramaban por no hallar que comer; las vacas no daban leche a sus becerros […] Los ríos y quebradas corrían espesos, de suerte que los peces que tenían, huían de una parte a otra sin saber a donde […] Creció en aguas el río Gualí, el cual y su compañero que corre al sur, que llaman el de la Lagunilla y se originan ambos de la nieve que se derrite en este cerro, corrían tan cuajados de ceniza que más parecía mazamorra que agua. Salieron ambos de madre, dejando la tierra por donde derramaron, tan quemada, que en muchos años después no producía ni aún pequeñas hierbas”.

Desde finales del siglo XVI empezó a ser conocido como Nevado del Ruiz, posiblemente por don Alonso Ruiz de Sahajosa, miembro del cabildo y persona notable en Ibagué quien, hacia 1567, tuvo alguna relación con la zona nevada. Parece que el volcán permaneció quieto durante muchos años pero, en 1695, se decía que El Ruiz era “un espantoso volcán de fuego”. Se reportan varias erupciones posteriores entre las que se destaca la del 14 de marzo de 1805; este día entre la una y la tres de la tarde “el cielo, de una gran pureza, se oscureció de pronto”, porque cayó una ceniza negra de olor sulfuroso, lanzada por un volcán del Páramo del Ruiz, que cubrió toda la región.

La inundación del Lagunilla

Pero en 1845 hubo una tremenda catástrofe que se conoce como la inundación del río Lagunilla; fue narrada por Ramón Guerra Azuola y publicada en la revista Repertorio Colombiano, en 1882: “A mediados de febrero de 1845 las aguas del río Lagunilla se agotaron y su cauce quedó seco […] un ruido como de gruesa artillería se había dejado oír hacia la cordillera, y la consternación y el espanto se habían difundido en la comarca, cuyos habitantes huyeron amedrentados en todas direcciones. Sólo unos pocos menos avisados, o más cansados de vivir, permanecieron en sus chozas riéndose como unos idiotas del susto de sus compañeros. Cinco días duró la angustiosa expectativa, tiempo en el cual las abundantes aguas, estancadas por el derrumbamiento de un cerro, formaron un gran lago en las cumbres de la cordillera. La fuerza progresiva del líquido tenía que triunfar, y triunfó; al ceder el dique el llano se vio inundado repentinamente por una enorme corriente de barro que arrastraba piedras, pedazos de roca y corpulentos árboles, arrancados de raíz. El estruendo de este cataclismo se oía desde muy lejos e hizo temblar de espanto hasta a los más animosos. Mientras tanto los imbéciles que no quisieron alejarse con tiempo de las vegas del río, fueron arrastrados por la corriente y perecieron. Más de mil cadáveres se encontraron, unos encima de los árboles o en los techos de las casas y, los más, sumergidos en el lodo y ahogados […] Pasaron silenciosos los años en esas soledades, con las lluvias que fertilizan y los calores que hacen germinar las plantas. El hombre volvió a poner sus industriosas manos en esos terrenos, y éstos, como para recuperar el tiempo perdido, se apresuraron a cubrirse con una lujosísima vegetación”.

Cuando el viajero don Manuel Pombo llegó al Nevado del Ruiz, en febrero de 1852, escribió en su diario sobre la inundación del río Lagunilla, que el terreno se elevó tres metros y 20 centímetros en cerca de 14 leguas cuadradas, “de modo que el material que bajó del Ruiz puede estimarse en 300 mil metros cúbicos de tierra”. Don Manuel siguió investigando este tema por algún tiempo y años más tarde escribió que “La parte del Valle de Mariquita que tiene este mal vecino, ha sido víctima de él en tiempos pasados y está amenazada de serlo en los futuros. Indica esto también que la cordillera irá aplanándose y los valles que reciben sus despojos irán elevándose, hasta producir cambios en los climas y en la configuración de estas comarcas, imposibles de prever” (Obras Inéditas de Don Manuel Pombo, 1919).

La catástrofe de Armero

Desde el mes de septiembre de 1984 el Nevado del Ruiz empezó a dar señales de una posible erupción y los geólogos comenzaron a notar un incremento en la actividad sísmica. El 11 de septiembre de 1985 una lluvia de ceniza cubrió el antiguo Caldas y el Tolima, produciendo pánico general. Las personas que veían la columna de vapor y las bocanadas de ceniza eran conscientes de la inminente erupción. El 25 de septiembre el Representante a la Cámara Hernando Arango Monedero hizo un llamado al Gobierno, en un debate en la Cámara, y advirtió sobre la tragedia que se aproximaba. Pero no le creyeron, y el Ministro de Minas, Iván Duque Escobar, lo llamó apocalíptico y dramático. No le quedó más que dejar una contundente  protesta: “Esto se resume, señores Ministros, señores Representantes, señor Presidente, en una sola palabra, Responsabilidad. Que no se diga mañana que no se advirtió […] porque ustedes serán testigos de lo que estoy diciendo […] Que no se diga aquí que no es necesario tomar una acción de inmediato. Dios quiera que esto nos sirva de lección, para que no nos tomen por sorpresa ésta y otras tragedias de mayor o de menor cuantía […] Que Dios nos tenga de su mano”.

Y las alarmas aumentaron porque el 7 de octubre otra lluvia de ceniza aumentó la confusión. Al día siguiente ya se conocía el estudio sobre las zonas de riesgo y los titulares de la prensa nacional aumentaban la angustia. El 13 de noviembre otra espesa lluvia de ceniza presagiaba la inminente erupción del volcán. A las seis de la tarde la Cruz Roja de Ibagué alertó a la ciudadanía de Armero. A las 9:15 de la noche el radioaficionado Carlos Jaramillo anunció que había estallado el volcán. El mismo fatal aviso entregó el periodista Hernán Castrillón, en el noticiero TV Hoy. La gente de Armero no sabía que hacer porque el alto Gobierno no estaba preparado para una catástrofe de estas dimensiones. A las 11 y 20 de la noche 90 millones de metros cúbicos se precipitaron sobre esta ciudad de 50 mil habitantes, y la impactó a una velocidad de 300 kilómetros por hora. Por otra vía el río Chinchiná descendió del Nevado dejando desolación y muerte, pues se llevó las casas que encontró en su recorrido. Esta tragedia dejó un saldo trágico de 25.000 muertos y 50.000 damnificados. El Ruiz avisó sobre la inminente explosión, pero no le hicieron caso.