23 de noviembre de 2020
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Desamparados

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de noviembre de 2020
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
19 de noviembre de 2020

No eran muy valiosos, pero era de lo poco que le quedaba para poner en venta y reunir unos pocos centavos de más, de supervivencia, ante la carencia de ingresos y las nulas perspectivas de llegar a tenerlos. A esa edad no es posible llegar a tener ni esperanzas, que son gratuitas. Los llevaba dentro de una bolsa colgada a su hombro derecho. Mientras el comerciante a quien se los ofrecería atendía a otros clientes, ella esperó descuidadamente. El chico la observó de lejos. Corrió en línea recta y se fue hasta donde estaba ella, ágilmente, con fuerza le arrebató la bolsa, sin que opusiera la menor resistencia y continuó corriendo sin detenerse a mirar atrás. Sabía que parar era exponerse a que lo capturaran en pleno mercado y estaba pensando en la seguridad de haberse hecho a unas valiosas piezas, por el porte elegante de la dama que los llevaba consigo. Se fue directo al lugar que conocía que compraban de todo lo robado, especialmente objetos valiosos. Quien tenía a su cargo la vigilancia de la oficina del jefe de ese centro de delincuentes, le dijo que no lo iban a recibir, que no insistiera que el patrón estaba demasiado ocupado en cosas importantes. El muchacho siguió hacia la oficina y de manera imprudente ingresó. El jefe lo recibió obligada y malamente, muy rápidamente miró lo que le estaba ofreciendo y le dijo que no valían nada, que se fuera de ahí de inmediato. Llamó al guardaespaldas y le pidió que lo sacara a las buenas o las malas del lugar. Al salir las emprendió contra el de seguridad y como no podía enfrentarlo por tamaño personal, le tiró al suelo la moto nueva que hacía unos momentos le había admirado. Ahí tuvo que correr mucho más, pues le iban a cobrar los daños.

Se perdió por las calles de esa ciudad a orillas del mar italiano y llegó a la casa donde estaba el tutor a cuyo cargo lo habían dejado, cuando fue llevado como un refugiado más, llegado en esos barcos pesqueros rudimentarios, en los que la población huía de uno de los muchos conflictos internos que desde siempre han vivido los países africanos. En Senegal esa confrontación civil lo había dejado huérfano y sin rumbo en la vida. En la playa encontró que muchas personas se subían a ese barco con destino a cualquier parte o a ninguna parte, llegar a donde les permitieran llegar y ser un refugiado más, sin que tuviera el menor concepto de que era eso y porque se daba. Apenas era un niño con muchas ganas de crecer, de ser grande, de hacerse hombre. Fue llevado a casa del doctor Coen, un defensor convencido de su infancia, de su inocencia y del necesario proceso de orientación que con el menor se debía tener para tratar de encausarlo de alguna manera. Coen, con su exceso de bondad y tolerancia, lo iba llevando, pero cada día entendía que esa responsabilidad le quedaba grande, por ser un hombre muy ocupado y vivir solo, sin la compañía de una mujer que hiciera las veces de ama de casa. Ese niño no podía ver la puerta abierta porque de inmediato se iba para la calle. Al llegar a casa con la bolsa conteniendo los dos candelabros, lo interrogó por su origen y el muchacho apenas hizo un gesto de carencia de importancia y no le dijo nada. Coen conocía esos candelabros, que no eran valiosos, pero sabía del aprecio que su dueña tenía por ellos, como el que se tiene por esas cosas que se van quedando en casa y pasan a ser parte de la cotidianidad y lucen como adornos de un lujo que no lo es, pero trata de aparecerlo. Tomó la bolsa y se fue hasta casa de su dueña y se los devolvió, diciéndole que los había llevado un menor de edad a quien tenía como refugiado en su residencia, pero para quien carecía de tiempo. La dama le hizo el reproche sobre el ladronzuelo y le subrayó que por poco la tira al suelo y le hubiese causado daño, por lo endeble de su cuerpo a su edad. Coen en todo momento insistió en que se trataba de un ser desamparado, que apenas era un niño y que necesitaba protección, paciencia y guías vitales.

El doctor Coen conocía muy bien a Madame Rosa, mujer de 86 años, en quien se conservaban muchas huellas de su extraordinaria belleza que él había conocido de tiempo atrás y de cuya compañía puede entenderse haber disfrutado. Esa madame ahora vivía de lo poco que devengaba cuidando hijos de prostitutas que debían dejarlos en sus manos para poder ir en busca de esos pocos pesos que con el cuerpo se ganan cuando se vive del trabajo sexual. En ese momento tenia dos de esos niños, uno de unos once años y otro de apenas cinco. El mayor era hijo de una dama que lo había dejado allí para poder seguir viviendo, luego de su separación. El menor era hijo de una mujer transgénero, hermosa y rubia, con una voz más gruesa que la de cualquier hombre. Coen le propone a Madame Rosa que le cuide a ese niño que le había robado los candelabros en la plaza de mercado y le ofrece pagarle. La negativa es precisa y contundente: la respuesta es no, no estaba dispuesta a velar por un pequeño ladrón. Incontrolado e incontrolable. Coen negocia, va subiendo la oferta de pago, hasta cuando ya en la puerta de salida, despidiéndose logra que ella se trance por la suma de 750 pesos mensuales, con la advertencia precisa e inconfundible: se lo cuidaría por dos meses y ni un día más.

El niño se queda con sus pocas pertenencias. Su cuidador asignado, el doctor Coen, le advierte a su nueva protectora, Madame Rosa, que el niño es de Senegal y es Musulmán, ante lo que la expresión de ella no puede ser distinta a la del rechazo, pues ella es una judía convencida, mucho más después de haber sufrido los dolores, las angustias, los maltratos, las torturas y las criminales prisiones durante el régimen Nazi en Alemania, donde fue uno de los muchos prisioneros marcados en el brazo derecho con un número tatuado e imborrable que aún conservaba. Ese dinero se lo iba a ganar, pero no iba a ser fácil.

La dama la pregunta el nombre al recién llegado y este, de manera descortés y a regañadientes, le responde que se llama Mohamed, pero todos le dicen Momo y que no le gusta que lo llamen por su nombre, porque es demasiado largo y la gente se entera de una vez de su r religión, en la que no tiene mucho interés. Ingresa a la casa. Ella lo lleva a donde están los otros dos niños. Momo se tira en la primera cama que encuentra. El niño que tenía asignada esa cama le pide que se baje de allí. Se niega. Trata de quitarlo a la fuerza, pero el recién llegado es más fuerte y no lo logra. Ingresa la Madame y le ordena que se baje de esa cama, que no es suya y que la acompañe, que lo va a llevar a la habitación que le asignará. Lo lleva y le pregunta como le parece y el chico contesta: es una pocilga. Ella con sentido de autoridad le responde que sea lo que sea, será su lugar de residencia durante los dos meses del arreglo de cuidado con el doctor Coen.

El chico hace lo que le da la gana. No obedece. No le importa nada. No tiene el menor sentido de afecto con nada, ni con nadie. Lo mandan a la escuela y se desvía hacia donde están los malandros traficantes de drogas. Un día lo envían a hacer una diligencia. Lo hace bien. Confían en él y le enseñan a distribuir sustancias sicotrópicas en el mercado de las calles de la ciudad. Le dan unas mínimas indicaciones que no necesitan repetirle, pues todo lo capta de inmediato, al punto de que terminan llamándolo el sabelotodo. Da tan buenos resultados en el negocio, que el patrón de inmediato despide a quien lo cuida y distribuye y le dice que el chico en una semana, ha recaudado más que lo que él ha podido entregar en un mes. Y a eso se dedica, sin reclamar pago de inmediato, pues lo explotan de manera infame. Cuando al fin le pagan se compra una bicicleta nueva que alguna vez había visto en una vitrina y que lo hace soñar. Sale montado en ella y se pasea como si fuera un Príncipe por la ciudad. Se piensa un ganador.

La Madame desconoce los pasos de Momo y por eso no duda en llevarlo a la rienda de su amigo, quien vende toda clase de objetos de plástico, ante la debacle que sufriera su negocio de venta de alfombras de lujo. Lo recibe como ayudante y se da cuenta de lo mal trabajador que es, ya que le dedica más tiempo a la venta callejera de drogas, con la excusa de que está yendo a la escuela, que nunca le gustó y en la que se siente discriminado, porque él mismo se discrimina de los demás, por lo oscuro de su piel y ese temperamento difícil y cada vez más complicado.

La relación con la Madame no es sencilla. Muy compleja. Hace caso cuando lo obligan. La relación con los otros dos niños tampoco es buena. No quiere socializar con nadie. Vive en un ambiente en que todos son desamparados, gente sin futuro, con miras en metas hacia muy cortas distancias. No logra acercarse a nadie. Es como que estableciera una barrera que no puede ser superada por nadie. En un momento el niño luce desesperante, angustiante para quien observa su vida. Sus expresiones no pasan de ser burlescas o de fastidio con los demás. Madame mantiene su palabra y se consuela con que apenas será por dos meses, sin entender que ciertamente esos dos meses de vida no le quedan, pero está en la lucha de responder por lo que ha asumido como manera de obtener unos magros ingresos de supervivencia.

Con una excelente fotografía, una trama sencilla, nada compleja, apenas con un fill back de desarrollo del argumento, es la última película del director italiano Edoardo Ponti, en la que lleva por segunda vez al cine el libro del francés Romain Gary, del mismo nombre: “La vida ante sí”, que ya fuera filmada en 1977, aunque con un desarrollo de guión un poco diferente. El elemento central de la narración se conserva. Ponti logra mantener al espectador pendiente de cada paso que sigue, que a veces luce bastante obvio, pues no trata de crear figuras que de alguna manera fuercen a quien la mira a tener que armar elementos adicionales de comprensión de lo que le están contando.

La fotografía tiene un gran enfoque espacial, temporal y emocional, con un manejo espectacular de las escenas oscuras y una dramática que duele y congela los huesos, cuando Madame sentada en el patio de su casa se queda paralizada en medio de un torrencial aguacero y los dos niños grandes que cuida, tratan de que se ponga de pie y se entren, sin que los oiga, sin que los entienda, sin que sepa nada de donde está o que sucede. Momo se burla de ella, le hace gestos de ridículo, le muestra el trasero, pero todo es en vano. Esa mujer con tantos años encima, a quien le chorrea la lluvia por la cara, parece una estatua, con la boca abierta, en una fotografía que habrá de pasar a la antología de las muchas escenas inolvidables que ha logrado con sus actuaciones Sophía Loren, quien es la protagonista de la obra a sus 86 años, demostrando que sigue siendo la diva italiana, quien desde hacía diez años no actuaba y lo hizo esta vez por estar dirigida por su segundo hijo con Carlo Ponti, Edoardo, cuenta con una bella banda sonora compuesta por Gabriel Yared, que cierra con una hermosa canción en la voz de Laura Pausini.

El guión de la cinta, montada en la plataforma de Netflix desde el pasado 13 de noviembre, es de Uno Ghiti, Edoardo Ponti y Fabio Natale, tiene una duración de 94 minutos, que se hacen bastante breves por la calidad del filme, y cuenta, además con las actuaciones de Ibrahina Gueye, el niño africano que hace el excelente papel de Momo, creíble y puesto a prueba en un personaje muy difícil de interpretar para alguien tan joven, como que apenas tiene 12 años, igualmente actúan Rabak Karini, Massimiliano Rossi y un papel extraordinario de Francesco Cassano. Este mismo libro fue filmado en 1977 por Mosé Muzrahi, con el nombre de “Madame Rosa”.

Edoardo Ponti nació en Ginebra, Suiza, el 6 de enero de 1973, es el segundo hjjo del matrimonio del productor Carlo Ponti con la actriz Sophía Loren, quienes tuvieron una descendencia de cinco, siendo el mayor Carlo, quien es un destacado director de orquesta en los Estados Unidos. Eduardo cursó estudios de arte y cine en la Universidad del Sur de California, de donde se graduó con honores. Es un director acostumbrado a cuidar de todos los detalles, como que fue criado en medio de sets de cine, acompañando a sus padres en las grandes producciones que ambos le dieron al arte visual italiano. Es un director de cine que es hijo directo del cine. Tiene un talento que se deja ver en esta producción.

Edoardo ya ha dirigido películas como “Perfectos extraños”, de 2002, “La voz humana” de 2014, “Camina y vámonos”, de 2011, “Aurora” de 1984 y “La vida ante si”, producida en el 2020 y estrenada con la ayuda de las redes streaming que se han convertido en las grandes aliadas de los aficionados al cine que en medio de la pandemia soportan resignados el cierre de todas las salas de exhibición.

Ver de nuevo en las pantallas a Sophía Loren con sus grandes dotes histriónicas es un verdadero placer y hacerlo al lado de un muchacho que no se duda llegará a ser un gran actor, es una manera de poder asistir a las novedades del séptimo arte, como ocasión necesariamente sustituta en esa ausencia terrible que padecen quienes han hecho del cine una manera de saber, ver, aprender, sentir emociones y compartir espacios humanos, que ahora no han sido eliminados, pero si se encuentran en suspensión indefinida.

Vale la pena sentarse a ver con atención la película de Edoardo Ponti “La vida ante si” y darse cuenta de como viven los que andan por el mundo en el desamparo de quienes todo lo han perdido y ya no tienen tiempo para ilusiones o simples esperanzas. No existe más que el presente y parece muy breve, a más de la precariedad de que se encuentra revestido.