23 de noviembre de 2020
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Con el doctor a cuestas

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
20 de noviembre de 2020
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
20 de noviembre de 2020
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Eje 21 publicó en estos días un artículo que se refiere a Jorge Santander Arias como poeta. Con tal ocasión, rescato la página que en honor del gran escritor caldense publiqué, en junio y julio de 1974, en La Patria y en el Magazín Dominical de El Espectador.  *

Poca gracia deben causarle a Jorge Santander Arias los movimientos que se han formado para que la Universidad de Caldas lo designe «doctor honoris causa». El claustro docente, que desde hace mu­cho tiempo ha debido tomar la iniciativa, sin apre­mios y sin el incordio de respetables memoriales del momento, se siente sin duda incómodo ante el tar­dío reconocimiento que hará de un honor que hubie­ra sido más destacado de haberlo conferido por pro­pia idea.

Para nadie es un secreto que Jorge Santander Arias representa un patrimonio de la cultura y es uno de esos genios que nacen por generación espon­tánea, uno de esos cultores del espíritu que entran solos en el campo de la inmortalidad, sin ostenta­ciones ni el apoyo de caducos pergaminos. No se sabe qué admirarse más en él, si su vastísima erudi­ción, fortalecida por una silenciosa voracidad de biblioteca, o su innata predisposición como artista movido por misteriosas irradiaciones que le arrancan páginas de desconcertante sabiduría, unas veces impulsadas por el gracejo y la sátira, y otras forjadas con los rigores del más exigente tallador de piedras preciosas.

Con razón se le considera un esteta del pensa­miento, orfebre en su propia universalidad del saber humano. Es, como lo proclama un intelectual a quien debe creérsele, a más de brillante periodista, el me­jor ensayista del país. Posee, como pocos, ese quis­quilloso talento para afilar los aconteceres más tri­viales y moldearlos en sapientes píldoras de consu­mada estrategia. El suceso ordinario, la noticia procaz son tratados con la maestría del filósofo que es capaz de arrancar una chispa donde solo había esterilidad. Ignora la frase ramplona y desconoce la cursilería, terreno tan próximo al humor mal dosificado. Y se profundiza, en cambio, con el lenguaje que brota con la fluidez del manantial, o con la es­pontaneidad de un vocabulario muy característico suyo, porque a nadie imita, y que, no por elevado a veces, es jamás torturante, para serlo, al contrario, sonoro y majestuoso.

Tal el Santander Arias a quien no conozco en persona, pero que leo y admiro. Es, para este asiduo lector de La Patria, un personaje familiar, algo metido en el cerebro, con su barbilla torcida que le pinta el periódico, sus anteojos de catedrático taciturno y su talante doctoral. Resulta una figura cer­cana y distante al propio tiempo, quizás ahora algo costreñida en el físico, si él mismo goza con los doce kilos que acaba de perder, o de ganar, en saluda­bles invasiones plásticas.

Conciso, penetrante, mordaz. Cada concepto, ca­da ficción, cada pincelada, son obras del talento. Oigámoslo: «Sus ojos son desconcertantes, grávidos de opalescencias, mestizos entre felinos y acuosos; acusan manchas subrogadas de verdinegros absolu­tos en mitad de la pupila, y a veces semejan aguas muertas que no reflejan nada y que se tragan todo». Describiendo el alma de Liz Taylor a través de sus ojos de gata, diríase que ha estado cerca de su cuerpo. ¡Bendita agudeza que permite inun­dar los terrenos de la prohibición!

¿Para qué estériles doctorados, por más honrosos que sean, si él ni los necesita ni los reclama? ¿Por qué, en cambio, no recopilar sus notas periodísticas, profundos tratados del catedrático que hay en él? Y esto para no hablar de sus demás incursiones literarias, a buen seguro escondidas y polvorientas en los anaqueles de su biblioteca. Hacerle mérito publicando sus obras es mejor homenaje que poner­lo a subir las faldas de Manizales con un doctorado a cuestas.

En el mundo hay demasiados doctores, pero pocos doctos. O si no que lo desmienta el embolador de la esquina. Y es que estos títulos extemporáneos joroban a la persona. No hace mucho García Márquez,  camino de los Estados Unidos, a donde viajaba a re­cibir el «honoris causa», se burlaba del «adiós, doctor Gabito» con que lo saludaban los choferes de Barranquilla, y le comentaba a su amigo: «¿Ves có­mo maman gallo? Son como yo: no creen en los doctores».

Recuerdo a mi paisano boyacense, partero sin cartón y el médico de moda de las damas, que se había olvidado doctorarse y que por eso mismo, como tegua de prestigio, provocaba la envidia de sus colegas. En un seminario médico al que había concurrido con fingida cortesía pero con natural recelo, uno de sus envidiosos se acordó de herirlo al calor de las champañas, y en subida disertación sobre el ejercicio profesional terminó brindando por los «médicos sin cartón». El aludido, que aparte de saber manejar con destreza el bisturí y de hacer prolífica a la humanidad, también había aprendido a ser incisivo, devolvió el hervor de la champaña con refinada elocuencia: «Y yo brindo por los cartones sin médico».