23 de noviembre de 2020
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A 35 años del desastre de Armero Armero, el mayor aprendizaje para la gestión del riesgo de desastres

13 de noviembre de 2020
13 de noviembre de 2020

La avalancha que arrasó la localidad de Armero el 13 de noviembre de 1985 le dejó al país enseñanzas sobre cómo gestionar el riesgo de desastres.

Así lo asegura el profesor Omar Darío Cardona Arboleda, asesor en gestión del riesgo de desastres de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales.

Los colombianos recuerdan la tragedia de Armero –ocurrida hace 35 años– que según el docente, “más allá de haber sido un evento natural que causó miles de muertes, se convirtió en el momento de reflexión y en el que los entes nacionales se preguntaron ¿qué se puede hacer, cómo se puede hacer y ¿qué se estaba haciendo para reducir el riesgo en el país?”.

“En 1985, Colombia se dio cuenta de que no contaba con un sistema de prevención y atención de desastres. Había ruedas sueltas, cada institución trataba de hacer lo que imaginaba y podía. Tras esta tragedia se centralizaron los esfuerzos no solo intentar para responder ante la naturaleza, sino también para intentar anticiparse y prever el riesgo desde la planeación del ordenamiento territorial”.

En temas de gestión del riesgo se habla de un antes y un después de Armero. Antes de que sucediera este desastre, el país no contaba con el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, que se creó después de ello mediante la Ley 46 de 1988, por medio del decreto 919 de 1989 se reglamentó el Sistema Nacional para la Prevención y Atención de Desastres.

Dicha Ley se modernizo, armonizó y actualizó mediante la Ley 1523 de 2012, que adoptó la Política Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres y estableció el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres vigente.

Gracias a esto, el país tiene hoy tres líneas de trabajo en este tema que deben fortalecer: conocimiento del riesgo, reducción del riesgo y manejo de desastres.

Medir para decidir

“Para decidir hay que medir, lo que no es dimensionado no puede ser administrado; por eso, el primero de ellos es muy importante ya que es fundamental conocer el riesgo para que los gobernantes locales y regionales tomen decisiones y minimizar el riesgo ciudadano”.

Esto incluye identificar los peligros o amenazas, determinar el grado de vulnerabilidad de los elementos expuestos ante los fenómenos en sus áreas de influencia, y también comunicar sobre el riesgo; esto involucra conocimiento técnico-científico, además de trabajo comunitario, información pública y divulgación.

El segundo componente permite, una vez evaluado el riesgo, saber qué se debe hacer para reducir la vulnerabilidad y lograr que las comunidades sean más resilientes. Esta resiliencia es la capacidad que se debe tener para anticipar, prevenir, resistir, responder y recuperarse ante los desastres.

El tercer componente es el manejo de desastres, que incluye todas aquellas acciones que involucran la preparación, la alerta, la respuesta y las fases de rehabilitación y reconstrucción.

Manizales, modelo de gestión del riesgo

Antes del desastre de Armero la UNAL Sede Manizales ya era líder en la gestión del conocimiento técnico y científico, aunque no se hablaba mucho de los temas sociales, de la percepción del riesgo por parte de las comunidades y sus reacciones y de la planeación de territorio considerando dicho riesgo.

“En este sentido, la Universidad comenzó a hacer aportes importantes y se convirtió en el alma técnica de Manizales, determinante en el proceso de la toma de decisiones del municipio en materia de gestión del riesgo”, recordó el profesor Cardona.

Por ejemplo, en Manizales la UNAL lideró un proyecto de más de 8.000 millones de pesos en gestión integral del riesgo. Esta estrategia se soportó en la sobretasa ambiental que se cobra con el impuesto predial. Además los ciudadanos de estratos 3, 4, 5 y 6 pueden pagar un seguro voluntario de vivienda (también por medio del impuesto predial) por un valor inferior al de un seguro convencional, que permite además, mediante un subsidio cruzado, cubrir a los estratos 1 y 2, que no están en capacidad de pagarlo. “Esto no lo tiene ninguna otra ciudad en América Latina”, destacó el ingeniero Cardona.

Además, la Universidad tiene el manejo de las redes de monitoreo hidrometeorológico: “poseemos estaciones en toda la ciudad que nos permiten saber cómo está lloviendo en cada instante y en cada barrio y analizar la posibilidad de deslizamientos o inundaciones. Pocas ciudades del país tienen una instrumentación tan densa como la que tiene Manizales través del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA)”.

La red sísmica es otro gran aporte, ya que desde la UNAL se cuenta con una red de acelerógrafos que cuando se presenta un terremoto permite conocer inmediatamente no solo la intensidad del sismo en cualquier lugar de la ciudad, sino también los daños que deben haber ocurrido en las edificaciones.

Agencia de Noticias UN – Unimedios